jueves, 19 de enero de 2017

Caramelos de nata.



                 La última vez que se vieron fue en la alberca del pueblo. Tenía poco más de diez años y estaba de vacaciones en casa de los abuelos. Él le había regalado un caramelo de nata y ella le correspondió con un beso pegajoso en la mejilla. Ese mismo día su padre murió en un accidente de trabajo y una semana más tarde su madre se lo llevó a la ciudad. En los años siguientes se echó novia, se casó, tuvo dos hijas y se divorció, pero jamás volvió al pueblo. De ella solo recordaba su nombre, sus ojos azules, el sonido de su risa, que le gustaban los caramelos de nata y, de vez en cuando, la húmeda sensación de que ese último beso seguía aún, pringoso, en su mejilla. Ella recordaba de él los hoyuelos que se le formaban al sonreír, las canciones que tarareaban juntos, la tibieza de sus manos y el rubor que le dio cuando le besó en la cara el día en el que su padre murió. Ninguno de los dos volvió a comer jamás aquellos caramelos de nata. Ambos seguían soñando con encontrarse algún día y darse un atracón de ellos juntos, cogidos de la mano y sentados en silencio en la piedra de los enamorados, la que estaba junto a la alberca del pueblo donde ella le dio ese beso lleno de amor y azúcar.

martes, 17 de enero de 2017

Cosas que no puedo hacer.


              No puedo correr una maratón; ni creo que pueda nunca. Tampoco viajar al espacio, ¡y eso que siempre parezco estar en las nubes! No puedo ir a los Estados Unidos ni visitar Disneylandia, pero tampoco estoy seguro de  querer hacerlo. No puedo entender las películas de Bergman o los versos de Shakespeare a pesar de haberlo intentado durante toda mi vida. No puedo dejar de sentirme culpable por casi todo. ¿Qué quieren que les digan? Herencia de una familia tradicional católica y de ese código genético semítico que llevo en la sangre. No puedo dejar de enamorarme de todo lo que es hermoso. ¿Pero es que alguien puede? No deja de asombrarme que cuando un hombre parece que alcanza la mayor cota de estupidez posible, otro hombre va  y lo supera. No puedo dejar de sentirme solo. Pero lo cierto es que tampoco me molesta esa sensación. No puedo dejar de soñar, aunque mis sueños sean de a céntimo la docena. No puedo dejar de pensar, y eso que sé que el que no piensa tanto es más feliz, pues ni aún así. No puedo dejar de inventarme otras vidas y luego contar esas historias. Supongo que en fondo todos necesitamos un punto de fuga ante tanta locura.

lunes, 16 de enero de 2017

El Chato y Ruso.



                  En mi barrio no se vive ni bien ni mal; en mi barrio se sobrevive y unos lo hacemos mejor que otros. Allí hay gente a la que no se las conoce por el nombre que sus padres les impusieron sino por los que la vida les fue dando. En mi barrio, (y salvo que vivas en Ciudad Jardín, en el tuyo también) hay alguien al que llaman el Negro, el Chino, el Chato, el Pelúo o el Boliche. El Chato de mi barrio es un hombre mayor, aunque no creo que nadie pueda calcular su edad ni que él mismo la sepa. El pelo descuidado y sucio, la cara resoleada, la ropa tres tallas mayor que la que debiera usar y un cuerpo tan desgarbado, que más que caminar va arrastrando su miseria con él, tampoco ayudan mucho a ello. El Chato y yo no somos amigos; no tenemos nada en común salvo vivir en el mismo barrio. No tiene dónde caerse muerto porque sus únicas propiedades son su persona, la ropa que lleva, sus piojos y el Ruso, su perrillo, un mil leches pulgoso que lo sigue a todas partes y que escucha atento todas sus historias cuando están sentados junto a la tapia del cementerio, el Chato bebiendo para matar el frío o para enterrar a sus fantasmas y el Ruso royendo cualquier hueso maloliente cogido de la basura de algún local de comidas. Hoy me he tropezado con el Chato a la salida del mercado. Estaba sentado donde siempre, a la sombra del edificio, con los ojos rojos y la cabeza entre las manos. Nunca me había fijado en sus manos. Eran grandes y con unas uñas con mugre añeja. Sin embargo, el Chato no contestó mi saludo. En mi barrio todos nos saludamos, seamos de los que sobrevivimos mejor o peor. Esa regla siempre se cumple y el Chato, además, era un relaciones públicas profesional; de eso conseguía el vino que le servía para tener siempre el alma algodonada y los sentidos entumecidos.  Cuando me iba me soltó como quien dice algo que le ahogaba que el Ruso se le había muerto. No levantó la cabeza para decirlo, apenas si alzó algo la voz; lo justo para ser audible. Me quedé parado sin saber qué hacer o decirle. Cómo se consuela a un hombre tan castigado por la suerte que solo olvidaba su existencia cuando se miraba en los ojos de un perro tan apaleado por la vida como él mismo.

viernes, 13 de enero de 2017

El conserje y la camarera.



                Lleva treinta y dos años en ese trabajo, pero la mayoría de los que pasan por delante de él no sabrían decir el color de su pelo o si lleva gafas o no. Para ellos solo es Rodríguez, el conserje. Y aun eso lo saben porque lo leen en la plaquita que lleva en el pecho. Se ha pasado la vida buscando a alguien que se pare a hablar con él un minuto al día aunque sea para hablar del tiempo. Penélope lleva veinte años sirviéndole el café y Rodríguez ni siquiera sabe su nombre ni se da cuenta de si está más gruesa o se ha cambiado el peinado. Para él es solo la camarera que le sirve un poco más de café o le pone la porción mayor de la tarta de queso. Jamás la reconocería en la guagua o en la cola de un supermercado a pesar de que ella le sirva ese café extra o le ponga más tarta de lo normal buscando que él levante los ojos del plato y le mire a la cara para poder sonreírle y decirle, por ejemplo, que hoy está haciendo más frío que ayer o que en este puente la lluvia iba a fastidiar a la gente. La vida está llena de camareras y conserjes anónimos que se buscan a ciegas sin encontrarse jamás.

jueves, 12 de enero de 2017

La lógica absurda de la felicidad.


                   Mi abuelo, Ben Al-Munir, era un pastor de camellos cuando los ingleses mandaban en mi tierra. Era un hombre rico. Tenía más de 70 camellos. Vivía en una cabaña de barro, grande, fresca en las horas de calor, cálida cuando hacía frío. Mi abuelo, Ben Al-Munir, era feliz. Tenía una gran familia: tres mujeres, 20 hijos, 74 nietos. Yo soy su nieto número 60. Mi padre, Kaled Ben Al-Munir, tenía tres barcas y se dedicaba a la pesca y a la búsqueda de perlas. En casa siempre tuvimos comida suficiente, pescado fresco, carne y leche de camella, dátiles, higos, y los niños, golosinas de trigo hervido y miel de palma. Todos éramos felices. Mi abuelo, Ben Al-Munir, murió tres años después de la proclamación de la independencia y de que nos convirtiéramos en el Emirato de Abu Dabi y de que el petróleo que guarda nuestro desierto nos cambiara la vida a todos. Hoy tengo en mis rodillas a mi primer hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir. Él no será pescador ni camellero. Yo tampoco lo he sido. Compro oro, electrónica, y objetos de arte por todo el mundo y los distribuyo por los emiratos. Tengo una mujer y dos hijos y vivimos en una mansión rodeada de jardines, con una piscina enorme, a 100 metros de donde mi abuelo, Ben Al-Munir, criaba camellos y a poco más de un kilómetro de donde mi padre, Kaled ben Al-Munir, pescaba. Tengo cinco coches y en casa nos atienden media docena de empleados atentos a cualquier deseo mío, de mi mujer Saima o de mis hijos. Pero en noches como esta, cuando miro al cielo y veo las mismas estrellas que veían mi abuelo y mi padre, en mi corazón, en vez de esa alegría que les hacía cantar para nosotros los pequeños y bailar a nuestras madres y hermanas, siento un vacío tan grande que ni la mansión, ni los cinco coches, el jardín, la piscina o los seis sirvientes pueden llenar. Por eso, mi hijo, Nahir Omar Ben Al-Munir, jamás recordará haberme oído cantar riendo y batiendo palmas o a su madre bailando al son de nuestra música, con los pies descalzos, en la arena del desierto que vio nacer a mi clan. Será rico, tendrá estudios,  pero jamás sabrá disfrutar de esas cosas que no cotizan en bolsa, que no puedo comprar o vender, que no va a aprender en la universidad inglesa o americana a la que lo mandaré, y que hacían tan feliz a su abuelo o a su bisabuelo y que yo, su padre, añoro cuando miro al cielo estrellado o veo como Alá usa el viento para escribir su poesía en la arena del desierto.

miércoles, 11 de enero de 2017

El todoterreno.



                          Nadie debía saber la verdad. Esa frase, repetida hasta la saciedad por Lola, sonaba una y otra vez en mi cabeza. Nadie, ¿me oyes?, nadie. Pero qué diablos pasaría si, al final, esto se hiciera público, si trascendiera lo que hemos hecho. No dejaba de preguntármelo pero Lola insistía: sería nuestro final, ¿comprendes?, nuestro final. Es verdad que Lola es bastante tremendista y normalmente no le hubiera hecho mucho caso, pero algo me decía que, esta vez, tenía razón. ¿Cómo íbamos a permitir que esto fuera de aquí para allí en boca de nuestros vecinos y amigos? Seríamos los apestados, el hazmerreír de todos. No, es mejor lo que Lola ha ideado. Total, al fin y al cabo, después de este viernes, jamás nos volveremos a ver con ellos. Mejor que nadie se entere de nada. Y cuando lo sepan, si llegan a saberlo, ya no estaremos ni en la isla. Porque, a ver, qué ganaríamos con hacer público que como nadie nos financiaba el todoterreno con el que Lola se había encaprichado acudimos a un prestamista, que nunca pudimos hacer frente a la hipoteca que nos hizo sobre el piso por el dinero que nos dejó, más un montón de intereses que, según dijo, era como si se lo hubiéramos pagado por adelantado el primer año, y que, como pasado ese año no teníamos esa cantidad, antes de que lo subastara, se lo vendimos por 18.000 euros en efectivo. Con ese dinero podemos empezar una nueva vida en otro lado y nadie tiene por qué dudar que lo vendimos por 180.000.- euros. Total, un cero más o menos... ¡Ay, Lola, qué sería de mí sin ti!

martes, 10 de enero de 2017

El viejo camino.



                       Llovía tanto que parecía que, al fin, Dios había escuchado mis ruegos y había mandado un nuevo diluvio universal para limpiar el mundo de tanta mentira, de tanta hipocresía y basura. O tal vez lo había mandado para limpiar mis pecados, esos pecados que me llevan persiguiendo desde hace tantos años y que cada día que pasa me hundían más en la tristeza y el remordimiento. Subí el volumen de la radio del coche; no quería pensar más. Solo quería concentrarme en esa lluvia que caía tan fuerte que los limpiaparabrisas del coche no daban avío para quitarla. El parabrisas de mi coche parecía una pantalla de cine donde mi vida pasaba como una película en blanco y negro al ritmo de la lluvia. En mi vida había visto a un villano tan despreciable como lo era yo en esa película. Cómo odiaba a ese tipejo sin alma ni corazón, sin escrúpulos de ningún tipo, preocupado solo porque cada día que pasase su poder aumentara a costa de quien sea o de lo que sea. Los débiles eran la madera precisa para que ese tren no parara. La lluvia arreciaba con ganas. La carretera era apenas una sombra entre otras sombras. Me daba igual. La conocía de memoria. De hecho podría recorrerla con los ojos cerrados. Lo único que no reconocía era aquella voz que decía algo sobre un coche que había ido a demasiada velocidad por esa carretera sin luz a pesar de la lluvia y que se había salido en una curva para estrellarse contra un árbol. Esa voz... Debía ser algún locutor en la radio. En realidad no me importaba. Estaba demasiado cansado y, a pesar de que ya no oía la lluvia, prefería seguir así, con los ojos cerrados y aferrado al volante de mi coche.