miércoles, 6 de junio de 2018

Justo a tiempo.


Ya se le nota la edad, me dijeron. Hablábamos de mi viejo amor que, al parecer, ya no era mi amor y solo se había quedado en viejo. Ya se le nota la edad. Quien me lo dijo tal vez quería reconfortarme pero solo logró herirme. Recordé los días en los que nos amábamos a hurtadillas, soñando con tener una casa, un perro, un jardín y una valla blanca que nos protegiera de miradas ajenas. Sabíamos que ese amor jamás sobreviviría al escrutinio  de los demás y sabíamos que jamás conseguiríamos realizar esos sueños. Pero qué nos costaba soñar despiertos, desnudos, entre sabanas calientes y revueltas, empapadas  de sudor y sexo. Ya se le nota la edad, me dijeron justo al irse. Justo a tiempo, pensé mientras acariciaba a mi perro, justo a tiempo. Odio que me vean llorar.

miércoles, 31 de enero de 2018

El cumpleaños. Parte V y última.



                    Cuando salieron a la calle el sol les cegó. Las puertas de las casas estaban cerradas y las calles desiertas, por lo que Manolito llegó a la conclusión de que sería la hora de la siesta. En su pueblo había dos cosas sagradas: la romería de la Virgen del Perdón y la siesta. Y nadie se saltaba ninguna de las dos. Ellos eran los únicos que caminaban por las calles; bueno, ellos y un perro negro y famélico, de los que los de la ciudad abandonan en las cercanías del pueblo y que seguramente  seguía el olor de los bocadillos de panceta. Su padre iba delante de él. Iba a buen paso, como si, de repente, le hubiera entrado toda la prisa que no parecía tener en la tasca. Sin decirse palabra se subieron al coche de su padre y se fueron alejando del pueblo. Manolito empezó a ponerse nervioso. Los bocadillos llenaban el coche de su olor a fritanga, y el calor y los baches de la carretera empezaron a darle náuseas. No se alejaron mucho del pueblo. Apenas llegaron a un descampado, su padre paró el coche y ambos se bajaron. Su padre abrió el portabultos y sacó una desvencijada silla de playa. Ellos nunca habían ido a la playa, pero ahí estaba él, enorme, borracho, y sentado en la silla a rayas. Soltó el amarre que mantenía la bota de vino sujeta al cinto y echó un trago largo. El vino se le escapaba por las comisuras de la boca y le caía en la camisa, pero eso a él no parecía importarle. Tráeme la bolsa de los bocadillos. Su voz sonó extraña. No sabría decir si era por la evidente borrachera o porque, esta vez, no había gritado. Cuando se la acercó, su padre cogió un bocadillo y le dio otro a él. Con la boca llena de comida le dijo que hoy era el día en el que se le iban a acabar las tonterías y mariconadas. Que sabía que no era culpa de él; al menos no del todo, que era su madre, que siempre quiso una niña, la que lo mimó consintiéndole todo, pero que él era su padre y no iba a permitir que ni él ni nadie lo avergonzara, así que, a partir de ahora, él se encargaría de su educación. ¡Come! El grito, por inesperado, le asustó como nunca antes. Empezó a comerse el bocadillo. Trataba de masticar y tragar, pero las arcadas se lo impedían. Masticaba con los ojos cerrados y las lágrimas corriéndole por la cara, por eso no vio venir el bofetón. 
                     No era la primera vez que le daba un tortazo. Pero, la verdad, siendo el día de su cumpleaños y habiendo insistido en pasarlo con él, no se lo esperaba. Tal vez por eso, por primera vez en su vida, el enfado le pudo al dolor y se levantó del suelo como si tuviera un resorte. Estaba cegado por las lágrimas, el polvo y  la ira y se lanzó sobre su padre. No sabía qué le dolió más, si el bofetón, las palabras humillantes o ver cómo se reía a mandíbula batiente, despatarrado en la silla de playa. Y así, con las piernas abiertas, el bocadillo en una mano y la silla enredada entre los dos, cayeron al suelo. Estaba claro que lo había pillado por sorpresa. Estaba claro que la sorpresa iba a durar un suspiro. Y en ese suspiro su padre se levantó y se lo sacudió como si fuera la hoja de un árbol. Por un instante ambos se miraron con los ojos inyectados en sangre. Manolito sabía que le esperaba una paliza de muerte, pero en ese mismo momento no le importaba nada. Su padre lo agarró por el cuello y lo lanzó sobre el coche. El coche era un trasto viejo que andaba más por inercia que por la fuerza de su motor. Tenía un faro tuerto, la chapa parcheada y reparcheada, las ventanillas no se abrían y las puertas apenas cerraban. Por eso, cuando Manolito cayó sobre el portabultos este se abrió. Aquello parecía una ferretería. Su padre guardaba allí todo lo que pudiera necesitar para hacer algún apaño. Antes, cuando no era un borracho impenitente, decían que era un buen maestro de albañilería. Ahora solo le encargaban chapuzas y poco más. Manolito pudo ver la llana, la paleta, un cubo de goma, una pala y unas cuantas herramientas más. Pero también vio, en el fondo del portabultos, la escopeta de caza de su padre. Hoy era jueves y estaba abierta la veda, así que probablemente la metió pensando en dar unos tiros por ahí y ver si así llevaba un par de conejos -o lo que pillara despistado- a casa. No pudo ver más. La mano enorme de su padre lo agarró por la nuca y empezó a zarandearlo mientras le gritaba. Manolito sintió mucho dolor. Un dolor tan grande que creyó que de esta se acababa y al final, su padre, le rompería el cuello. Pensó en que, al menos, ya no tendría que sufrir más desprecios y palizas de él, pero también pensó en su madre, en qué sería su vida sin él para ser su paño de lágrimas, como lo era ella de él. Y eso le dio fuerzas para darle una patada en las partes bajas de su padre. Por primera vez le escuchó un grito de dolor y no de cabreo. Manolito echó a correr. Su padre le gritaba que no fuera un cobarde, que se comportara como un hombre, aunque fuera tan afeminado como una nena, y poco a poco se empezó a levantar mientras seguía vociferando insultos, maldiciones y blasfemias. Al alzar la cabeza se quedó callado de golpe. En vez de ver la cara de Manolito desencajada por el miedo vio los dos ojos negros de los cañones de su escopeta. Miró la cara de su hijo. Fue lo último que vio. Cuando se disipó el humo del disparo, su padre seguía allí, pero su cabeza no. Manolito levantó la silla donde su padre estaba sentado y se sentó él. La escopeta la dejó en el suelo a su lado. No sentía nada. Ni miedo, ni ira, ni remordimientos, nada. De repente vio que el perro negro y famélico se acercaba con el rabo entre las piernas. Lo llamó y le dio el bocadillo de panceta. El perro lo devoró en un segundo y luego se sentó a su lado. Manolito empezó a acariciarle el lomo mientras miraba como caía la tarde. Fíjate, le dijo al perro, al final mi viejo tenía razón y este ha sido mi mejor cumpleaños.


sábado, 27 de enero de 2018

El cumpleaños. IV parte.



                  Manolito no supo calcular cuánto llevaban en la bodega. Lo único cierto es que ya empezaba a tener hambre y no sabía qué hacer. Le daba algo de miedo interrumpir a su padre mientras hablaba y reía a todo pulmón al tiempo que bebía vaso tras vaso de un vino tan fuerte que desde donde estaba podía oler el tufo a vinazo barato, pero qué diablos, era su cumpleaños, tenía mucha hambre y había sido él el que había insistido en que lo celebrarían juntos, así que se armó de valor y dejó el refugio de la columna en penumbras para acercarse y tirarle de los bajos de la chaqueta. Su padre se giró y lo miró con cara de extrañado, como si se estuviera preguntando qué pasaba y qué demonios hacía su hijo en la taberna, pero en seguida pareció recordarlo todo. ¡Coño, Manolito, es verdad, es tu cumpleaños, carajo, y vamos a celebrarlo como Dios manda! Se volvió y le pidió al tabernero que le llenara la vieja bota de vino que a veces sacaba de detrás de la puerta y que le hiciera tres o cuatro bocadillos de panceta, pero cargados, eh, que te conozco, bandido, y pegó una carcajada atronadora. Manolito odiaba la panceta. Odiaba que la grasa empapara el pan dejándolo como baboso y, sobre todo, odiaba encontrarse esos trozos de cartílago correoso que eran imposible de masticar, pero no le dijo nada a su padre. Prefería comerse lo que fuera antes de ser, de nuevo, objeto de sus burlas. Eso le hacía más daño que los cogotazos, los cachetones y alguna ocasional patada en el culo que se llevaba cuando estaba enfadado, borracho, o las dos cosas a la vez. Se comería la panceta antes de escucharle cómo le decía nenaza, niñito de mamá o que le preguntara por qué llevaba pantalones, como los niños, si él debiera llevar una bonita falda con volantes. Lo odiaba. Odiaba esas burlas y odiaba a su padre, pero su madre le decía que, en el fondo, no era un mal hombre, que cuando quería era amable, cariñoso y hasta le hacía algún regalo sin venir a cuento. Cuando quería... Manolito no recordaba que quisiera muy a menudo. En realidad, no recordaba que hubiera querido nunca, pero él creía y quería a su madre sobre todas las cosas, y si ella le decía que a los padres había que respetarlos, él lo haría le costara lo que le costara. Era la parte de que también había que quererlos la que le era imposible de cumplir por mucho que su madre insistiera en ello.
(Acabará en el próximo capítulo)


jueves, 25 de enero de 2018

El cumpleaños. III parte.



                     Los dos caminaban en silencio. Manolito cavilaba sobre qué tendría en la cabeza su padre y, sobre todo, qué significaría para él aquello de celebrar el cumpleaños juntos, como dos hombres. Él no era un hombre. Él quería jugar con sus amigos, soplar las velas de su pastel, abrir los regalos rompiendo como un loco los papeles que los envolvían, romper la piñata y ponerse malo de la tripa comiendo golosinas. Lo que no quería era celebrarlo como un hombre, fuera eso lo que fuera. Su padre se paró en seco y los dos entraron en una tasca. Dentro reinaba una sombra fresca y un ruido incómodo: el de decenas de voces rudas como la de su padre riendo, hablando a gritos y brindando por las razones más absurdas. Manolito tuvo miedo. Una noche, en casa, se bebió el resto de una botella de vino que su padre había dejado en la mesa. Fue una tontería, pero quería saber qué era eso que transformaba a su padre en el energúmeno que llegaba tambaleándose e iracundo cada noche. Fue una mala idea. Vomitó como nunca lo había hecho y estuvo malito con el estómago revuelto al menos tres días. Manolito rezaba para que a su padre no se le antojara que bebiera con él y buscaba a toda velocidad en su mente cómo escapar de allí. Pero no hizo falta. Su padre se acodó en la barra y el camarero le puso delante una botella y un vaso sin cruzarse ni una palabra entre ellos. Él no sabía qué hacer. Parecía que su padre se hubiera olvidado de su presencia; incluso hasta de su existencia. Mejor, pensó Manolito, y se mantuvo en la penumbra apoyado en una de las columnas mugrientas del local. 
(Continuará).

martes, 23 de enero de 2018

El cumpleaños. II Parte.



                      Manolito, mi niño, levántate. Hoy tu padre quiere salir contigo a celebrar tu cumpleaños. La voz de su madre no parecía la voz de su madre. Era más baja, más apagada, menos vibrante que cuando lo levantaba a diario y, desde luego, no tenía la alegría que él esperaba escuchar en el día de su cumpleaños. Él no preguntó por la tarta, por los regalos, por sus amigos, por la fiesta. No preguntó por qué, de repente, su padre quería hacer cosas con él. Cosas que no implicaran gritarle que se callara, que se fuera a su cuarto, gritarle que era un inútil, bueno para nada, que era un niñito de mamá, o que no fuera para darle un sopapo sin más explicación que la que él ya sabía por qué era, y si no lo sabía, se merecía otro, por tonto. Se levantó, se vistió de espalda a la puerta para que su madre no lo viera llorar y, sobre todo, para no verla a ella llorando. En la casa había un silencio que recordaba al que había en el cementerio cuando iban a ver la tumba del abuelo, y casi el mismo frío a pesar de estar en junio. Su padre entró de repente. Ya olía a alcohol aunque aún faltaba mucho para las diez de la mañana. Sin decirse nada salieron juntos de la casa. Su padre delante, saludando a algunos vecinos y mirándoles el culo a muchas vecinas. Andaba con ese aire chulesco y desgarbado que le caracterizaba, con las manos en la espalda y la gorra echada para atrás para que se le viera el flequillo. Siempre estuvo muy orgullosos de su pelo. De hecho, era, según decía cuando estaba de humor, el secreto de su sex-appeal. También llevaba su eterno palillo en la esquina de la boca. Manolito se preguntaba si también creería que eso le daba sex-appeal o se daba cuenta del asco que provocaba en los demás cuando se lo sacaba para chuparlo y volvía a ponérselo en la boca antes de hablar.
(Continúa).

sábado, 20 de enero de 2018

El cumpleaños, I parte.

                    

                      Su madre le había prometido hacerle la mayor fiesta de cumpleaños que nadie hubiera visto en su bloque, con tarta de chocolate, piñata, un payaso y muchos compañeros del cole como invitados. Durante noches soñó con ese día. Se veía rodeado por una inmensa montaña de regalos y siendo el niño más popular del edificio. ¡Tal vez hasta de la calle! La impaciencia lo mataba pero cuando se levantó el día en el que cumplía los diez años, en vez de escuchar el ajetreo de cacharros y platos en la cocina, oyó a su madre llorando en el dormitorio y la voz cascada y bronca de su padre gritándole que él era ya un hombrecito y que, por tanto, se habían acabado los pasteles, las piñatas, los payasos y las tonterías de la niñez. A partir de ahora él se haría cargo del muchacho y lo primero que iban a hacer es celebrarlo como el hombre que empezaba a ser. Su madre suplicaba pero su padre zanjó la discusión con el sonido de un bofetón. Él conocía perfectamente ese ruido porque era el que escuchaba cada vez que su padre volvía tarde y bebido, y algo no estaba como él quería: la cena, los cojines en el sofá, o la tele puesta en un canal que a él no le gustara. Daba igual. Cualquier cosa le servía de excusa, si es que la necesitaba, para hincharle la cara a su madre a bofetones. Y él los oía aunque se tapara la cabeza con su almohada. Era un sonido seco que jamás podría olvidar. Su madre entró lentamente en la habitación, con los ojos húmedos y la cara roja, tratando de aparentar que nada de lo que había pasado había ocurrido en realidad, y le dio dos besos como para despertarlo. Ella sabía que él estaba despierto; él sabía que ella lo sabía, pero los dos actuaban siguiendo un acuerdo tácito. Solo era la forma en la que ambos trataban de sobrevivir. Lo abrazó como si fuera a ser la última vez que se vieran. Él la abrazó aún más fuerte. Ninguno quería que el otro lo viera llorando.
(Contínúa).

domingo, 14 de enero de 2018

Juan con miedo.



                        Lo primero que perdió fue la esperanza. Y si ustedes se preguntan si se puede vivir sin esperanza les diré que sí, que se puede. Es una vida triste y oscura, pero se puede. Fue a los catorce años. Intentó declararse a una compañera de clase, pero cuando se acercó a ella vio el desprecio en sus ojos y siguió de largo. Ese día, cuando perdió la esperanza, acabó todo y empezó todo. Lo recuerda perfectamente. Hacía calor, era junio y el curso estaba prácticamente acabado. Lo que para otro solo hubiera sido una anécdota para contar entre risas y copas cuando fuera mayor, a él le marcó para siempre. Luego, como si de una de esas figuras hechas con piezas de dominó se tratara, que si cae la primera le siguen todas detrás, detrás de la esperanza cayó la ilusión y detrás de la ilusión todo lo demás. Diría que fue de fracaso en fracaso, pero es que para fracasar al menos hay que intentar algo, lo que sea. Y a él le pudo más el miedo que el propio fracaso. El miedo, esa emoción que te convierte en un héroe o en un ser abyecto, a él lo convirtió en la persona miserable que es hoy, tan llena de rencor y miedo, que es incapaz de sentir otra cosa. Por eso, cuando el negociador le pidió que pensara en la vida, en que solo tenía veinte años, en todo lo que se iba a perder si seguía con aquello, una sonrisa incontrolable se dibujó en su cara. La misma que tenía cuando, sin más avisos, apretó el botón que hizo volar todo a su alrededor.