martes, 19 de febrero de 2019

El cenicero.


                     Se despertó como siempre; con la boca pastosa y sabiéndole a mil demonios. Tengo que dejar de fumar, pensó, mientras encendía el primero del día con la vista perdida en el limbo caótico de su dormitorio. Retrasaba todo lo que podía el momento de levantarse. Sabía que en cuanto lo hiciese sentiría todos sus huesos aplastados por un enano con una gran maza. Nunca pudo explicar la razón de lo del enano. Hacía años que sabía que el dolor era artritis reumatoide. ¿Pero, entonces, lo del enano? ¡Vaya usted a saber!, pensó mientras se encogía de hombros y se rascaba el muslo justo en la parte que este cambiaba de nombre por otro menos elegante. Miró el calendario que colgaba de una pared que una vez pintó de beig y que hoy tenía ese color sucio e indefinible que solo se consigue con años de dejadez y poca limpieza. 19 de febrero, martes, San Bonifacio de Lausana. Como cada año, agradeció en su interior que sus padres no siguieran la costumbre de ponerle el nombre del santo del día que nació y optaran por el de su padrino: Rafael. Sesenta años cumplía, pero la imagen que de él reflejaba el cristal del postillo del balcón era la de un anciano decrépito y desaliñado; vamos, lo que era en realidad. Sesenta años cumplía, y hacía diez que no veía a su hijo. Ya no recordaba la ristra de excusas, al principio más elaboradas, que le había dado para eludir verle. ¡Si al menos su mujer estuviera viva! Ella era la única que lo metía en vereda. O tal vez no. Tal vez es que fuera ella el único vínculo que algún momento los mantuvo unidos. Diez años con sus navidades, semanas santa, veranos, cumpleaños... Al principio no le dio importancia. Cierto que también se trabajaba más las razones, falsas o no, que le daba para ir aplazando verse: una reunión de trabajo de última hora; la niña, Carmen, que había pillado la varicela; un conveniente dolor de lumbago; María, su nuera, que estaba insoportable ese día; que los amigos le habían regalado una entrada para ver al Madrid en el Bernabéu... 
                           Poco a poco dejó de creerse tantas excusas. Y no fue porque estas dejaran de tener sentido o porque se repetían en el tiempo. Tal vez fue porque  cuando quiso poner en práctica aquello de que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma debía ir a la montaña, notó que las excusas se convertían en patéticas, absurdas o la voz le temblaba como cuando era un niño y lo pillaba en mentira al preguntarle por las notas o si había cogido cinco duros de su monedero, a pesar de que le había dicho una y otra vez que si necesitaba algo que se lo pidiese. Se ve, llegó a pensar, que lo que necesitaba era precisamente eso: sisarle los cinco duros. Tal vez por la emoción; tal vez por no dar explicaciones sobre para qué los quería. Su hijo era muy inteligente, pero jamás aprendió a mentir bien. Sobre todo si creía que lo iban a pillar. 
                            Sesenta años. Los diez anteriores se había molestado en adecentar la casa. Es verdad que por entonces no estaba tan desastrada y ese cabronazo del enano que se dedicaba a machacarle los huesos uno a uno tampoco se tomaba tan a pecho lo del martillo. Compraba una tarta de merengue y limón, la favorita de su hijo aunque el cumpleaños fuera el suyo. Compraba tres o cuatro CDs de música que sirviera de fondo a las conversaciones y hasta encargaba comida preparada en alguna cafetería cercana. Quería que todo saliera bien  que su hijo, su nuera y la nietecilla se sintieran cómodos. Como cuando su mujer vivía. Por entonces comenzaron la excusas de último minuto. Al principio solo le molestaba la putada que le hacían al pobre. ¡Qué cabrón el jefe, llamarlo a última hora porque había una reunión con no sabía quién y él,  precisamente él, su hijo, era el único en quien confiaba para que el negocio saliera. En fin, ¡qué se le iba a hacer! Al final era él quien se esforzaba por consolarlo quitándole importancia al asunto. ¡Venga, hijo, el trabajo es lo primero! ¡Ni que fuera este el último cumpleaños que celebrarían juntos! 
                         Lo fue. Bueno, en realidad fue el anterior. Ese fue el primero en que dejaron de verse. Poco a poco fue comprendiendo la realidad. Al principio se negaba a aceptar la evidencia. Después se rebeló contra lo que era patente. Y ya, diez años después, había dejado de importarle. Poco a poco dejó de pintar la casa, de arreglar el grifo del fregadero, que goteaba, de afeitarse a diario. Poco a poco cambió la tarta de merengue  y limón por una botella de John Haig y un paquete de Marlboro. Encendió otro cigarrillo mientras se imaginaba qué pasaría si este año, precisamente este, su hijo y la nieta aparecieran por la puerta. María hacía tres años ya que se había marchado con un Alemán que conoció trabajando como traductora para la misma empresa en la que su hijo llevaba veinte años dejándose los cuernos. Bueno, tal vez la metáfora no fuera la más delicada, pero el caso es que ella había dejado atrás toda su vida anterior: su marido, la ñiña, la hipoteca, dieciocho años en común. Sin duda es más fácil empezar si se va ligera de equipaje. Se imaginó la cara de sorpresa, incredulidad y asco de su hijo y le asaltó la risa, pero el humo del cigarrillo se le fue por el gallillo viejo y la tos le hizo llorar. Porque fue la tos. ¡Puñetero tabaco! Un día de estos tendría que dejar de fumar, se dijo  mientras se servía un culillo de John Haig para desayunar y revolvía entre un montón de ropa arrugada tratando de encontrar una camisa que estuviera limpia; o al menos no muy sudada, carajo, que no todos los días se convierte uno en sexagenario, se dijo mientras, de nuevo el humo le hacía llorar al metérsele en los ojos. Decididamente, debería dejar de fumar, pensó mientras trataba de apagar la colilla en un cenicero atiborrado de ellas.

jueves, 14 de febrero de 2019

Antoñita la partera.


                      Ayer enterramos a Antoñita la partera. No puedo evitar pensar el frío que estará pasando la pobre, con su cuerpo tan menudo en ese ataúd tan grande. Antoñita fue partera pero ella jamás tuvo hijos. Supongo que eso es lo que llaman ironías de la vida. Nació en 1929 y su padre siempre decía que ella había salido tan pequeña porque nació en el año del hambre. ¿Pero cuándo no ha habido hambre en esta tierra castigada por Dios? Durante su infancia apenas pudo comer algo más que la leche que mamó de las tetas de su madre y algún puñado de gofio que, por pena, algún vecino les daba para que pudieran comer algo ese día. Antoñita fue la quinta niña que tuvo su padre. Las cuatro anteriores y otros dos varones habían muerto antes que ella viniera al mundo. Unos por enfermedades; otros, simplemente de hambre. Una mañana de mayo, tal vez porque ya vivían junto al cementerio, el cura le ofreció a su padre el trabajo de enterrador cuando el titular del puesto emigró a las américas en el Elvira. Maestro Perico aceptó sin dudarlo y a partir de ese momento la gente empezó a llamar a su familia "la del hola y del adiós". Ella los traía a la vida y su padre los despedía de ella. 
                  Antoñita estaba guapa dentro de su caja. Por primera vez en su vida se la pudo ver maquillada o con los labios pintados. Su padre, no sé si porque era el enterrador y no le parecían apropiadas esas frivolidades por su trabajo, o porque Antoñita era la única hija que tuvo y temía que si se arreglaba se casara y lo dejara solo en su vejez, jamás se lo permitió. Decía que, para traer niños al mundo o para consolar a las familias de los que se iban de él, lo mejor era hacerlo con la cara que Dios nos dio; sin afeites ni mentiras. Maestro Perico dejó de enterrar un día de difuntos. Lo encontraron apoyado en la valla de atrás del cementerio, helado y blanco como la nieve que empezaba a caer, con el pinganillo de la radio en el oído. Los domingos que no tenía faena se sentaba allí para oír tranquilo Carrusel Deportivo y luego se iba a Casa Paca porque el trabajar de enterrador, según él, no estaba reñido con las cosas del fornicio. Además, recalcaba cuando veía alguna sonrisa socarrona entre los parroquianos de aquel local, él hacía años que era vuido por lo que lo suyo no era por vicio sino por necesidad, que no por estar siempre con muertos significaba que él lo fuera también. Que le preguntaran a la Juani, murmuraba entre dientes mientras se pedía otra copa de aguardiente de yerbas. Para enterrarlo, el cura del pueblo tuvo que pedir un favor al cura del pueblo de al lado para que nos prestara su enterrador. Antoñita lloraba desconsolada. Creo que jamás se había parado a pensar en quién enterraría a su padre cuando llegara el momento. 
                         Y ayer le tocó a ella. Nadie lo supo nunca, pero un verano, hace muchos años, tantos que me cuesta recordar cuántos, el último día de las fiestas del pueblo, ambos nos fuimos al pajar de don Ambrosio, junto a la era comunal. Yo estaba tan nervioso que parecía borracho. Ella... no sé si ella estaba bebida, nerviosa o simplemente ansiosa. Aquella fue la primera vez de los dos. En su caso me atrevería a jurar que, además, fue la única. Los dos nos arrepentimos apenas acabamos. Fue un error; un gran error que acabó, nueve meses más tarde en la inclusa de San Ramón Nonato. Que ella fuera partera fue, en este caso, una suerte increible. Nadie supo nada. Nunca. Al "error" las monjitas lo bautizaron con el nombre de Miguel. Las veces que vi al chiquillo no pude evitar pensar que tenía la misma cara que sus hermanos, mis otros hijos, los que tuve con Inés Montilla. Ines era una buena mujer, no muy lista, es verdad, pero buena y entregada hasta el día en que una neumonía se la llevó junto a Dios. Bueno, supongo que sí, que estará junto a Él. Miguel fue creciendo y, como la mayoría de los niños que lo hicieron en la inclusa, acabó de cura. Los otros acababan en la calle o en la cárcel. Después de todo, no acabó tan mal. O eso me digo siempre para acallar un extraño sentimiento de culpa que me agobia cuando lo veo. Como ayer en el funeral, serio, casi emocionado, hablando de Antoñita, de su vida de sacrificio y entrega a los demás. A cada rato su mirada se cruzaba con la mía y me parecía ver en ella un reproche; tal vez una chispa de rencor. Pero no. Es imposible. Don Miguel es un cura amable y bonachón y es imposible que supiera que la pobre Antoñita, por quien celebraba esta misa de córpore insepulto, fue su madre, y menos aún que yo soy su padre. Entonces, ¿por qué esa mirada, tan fría, tan dura, tan velada por una cortina húmeda, como si quisiera llorar pero se contuviera con todas sus fuerzas, me sigue helando el corazón?
                         

martes, 12 de febrero de 2019

Mentiras.


                       Todos somos unos mentirosos y tal vez yo sea el mayor de cuantos conozco. Desde luego, no soy el único. Sin embargo todos nos convencemos de que somos honestos, sinceros, dignos de confianza, para poder superar los retos de cada día, de cada vida. Yo no. Ya he dicho que soy un mentiroso y no me averguenza reconocerlo. Es más, puede que esta sea la única verdad que habré dicho en muchos años. En todos los que mi memoria alcanza a recordar. Pero no fue la mentira lo que me llevó aquí. En todo caso, fue una mala mentira, no una mentira a secas. Por eso acepto mi castigo, porque la mentira en la que me pillaron fue tan burda que era indigna de mí. Ahora tengo que hacer lo de siempre, mantener el tipo fingiendo, como solo años de experiencia me ha enseñado a hacer, y actuaré como si nada de esto me afectara. Con suerte, al acabar el día, igual me consideran un héroe o el martir de una causa en la que hace tanto, tanto, que no creo, que hasta dudo de que haya creído en ella alguna vez.

miércoles, 6 de febrero de 2019

La bicicleta

                         Aquel año su primo se burló de él por seguir creyendo en los Reyes Magos. Tenía siete años y desde la primera semana que empezaba el curso, él también empezaba su carta a los Reyes. Aquel año solo puso una cosa. Una bicicleta Chopper dorada. Era cara, ¿pero acaso no se había portado como un santo durante todo el año? Él mismo se encargó de echar la carta al buzón de correo. Ya era grande y llegaba a la ranura. La mañana de Reyes se levantó casi de madrugada y corrió al salón. Allí, encima del sillón, había una montaña de regalos: un balón de reglamento, un juego de soldaditos, un sombrero de cow-boy con sus pistolas de mixtos, unas botas de fútbol. ¡Y nada menos que de la marca El Gallo! Pero por más que miró, no vio la bicicleta Chopper por ningún lado. Se volvió a la cama y fingió tener dolor de tripa para justificar su llanto ese día y no tener que levantarse. Este año sus nietos le preguntaron a su padre por qué el abuelo siempre está malito y triste la mañana de Reyes. Él, desde la cama, escuchó a su hijo decirles burlón que debe ser una tradición de su infancia. Su hijo, pensó mientras trataba de contener esa tristeza que le ahogaba, sacó el caracter de aquel primo que, casi setenta años atrás, se había burlado de él. Nunca le dijo a nadie que, desde entonces, cada madrugada del 6 de enero se levantaba esperando ver esa bicicleta Chopper dorada y que cada año se volvía a la cama llorando de decepcion.

martes, 5 de febrero de 2019

Manos.


               Le sostenía la mano entre las suyas. Era una mano mínima, más pellejo y hueso ya que carne, fría como si la muerte también la tuviera agarrada al mismo tiempo que él. La acariciaba con cariño. Con el mismo cariño que ella le dio cuando él era un niño, un mocoso travieso e irreverente. Ella solía decir: "¡Este niño es la piel del diablo!", pero al mismo tiempo lo envolvía  de cariño como si fuera un chaleco de algodón de azúcar. Y ahora estaba allí.  O no. Realmente solo estaba su cuerpo, pálido y torturado, frío y encogido. Volvió a acariciar su mano. La misma que acariciaba su pelo, que le preparaba aquellos bocadillos de mortadela y queso o que le daba un par de cuadraditos de chocolate Tirma con almendras. ¿De verdad era la misma mano? A ratos lo dudaba, Su mano era pequeña, sí, pero vigorosa y jamás estaba quieta más de unos segundos. Aquella mano que ahora acariciaba le recordaba más a los exvotos de cera que la gente lleva a las ermitas para agardecer a algún santo o a alguna virgen la curación de una enfermedad. Solo que no había curación para ella. 
             Sus dedos recorrían cuidadosamente aquel extraño mapa hecho de venas azules y moradas que adornaba su mano. La apretó con fuerza, como si quisiera despertarla, como si, con ese gesto, pudiera insuflarle algo de la salud que hacía tiempo la había abandonado. Y ahora era ella la que se iba. Y ahora era él quien tenía que ser generoso y dejarla marchar. A pesar de los recuerdos. A pesar del amor mutuo. A pesar del dolor insufrible que sentía él. Poco a poco fue soltando su mano y la colocó en su pecho junto a la otra. Cerró los ojos. Los cubrió con sus manos. No quería llorar. En realidad, sí que quería hacerlo; solo que no quería que lo vieran llorar. Así, llorando en silencio, escondiendo las lagrimas con sus manos, unas manos que se habían quedado impregandas de su aroma, se durmió él. Así, tranquila y acompañada por quien quiso más que a su vida, se marchó ella para siempre, con esa discreción que la caracterizó mientras vivió. 

lunes, 4 de febrero de 2019

Garbanzo negro

        Firmaba sus viñetas con el seudónimo de 《Garbanzo negro》. Era un verdadero genio haciendo un humor ácido, descarado, y sencillo sobre cualquier tema que estuviera de actualidad. El público lo adoraba y eso hizo de su viñeta la sección más vista del periódico. Una mañana la viñeta no llegó. Fue cuando, al llegar a su casa y abrir el armario para dejar su abrigo no vio la ropa de Verónica. En la cómoda, sus calcetines echaban tanto de menos a los pinkies de ella que, de pronto, notó que sus bordes empezaban a deshilacharse. Sentado en la cama pensó que así se sentía él sin ella, como un calcetín  viejo y deshilachado. Poco a poco sus viñetas dejaron de hacer reír al lector y fue sustituido por un dibujante más joven que firmaba, este sí, con su nombre. A él, el director, no sé si por amistad o porque, en el fondo, él también se sintió alguna vez como un calcetín viejo y deshilachado, agarrado al gollete de una botella de whisky para no caerse del mundo, le encargó la sección de necrológicas. Nunca, nadie, escribió unas esquelas con más entrega. La gente empezó a comentar que más que a la tristeza, leerlas movían a una cierta esperanza, que no parecían esquelas sino poemas de amor y dolor, Hoy la sección de necrológicas es la más leída del periódico y el chico de las viñetas lo mira con un nada disimulado rencor en las reuniones de la empresa murmurando entre dientes que ojalá pronto le encarguen escribir a él su esquela.

viernes, 1 de febrero de 2019

Un día más.


              Todo en él era falso: la marca de su ropa y la de su calzado -bien visible, por cierto- ; el reloj, que era objeto de más de una mirada de envidia, su sempiterna sonrisa, que parecía tatuada en una cara con un broncedo perfecto; demasiado perfecto, sin duda, para ser natural. Todo. Todo en él era falso, menos la soledad y la tristeza que le corroían por dentro y que trataba de esconder detrás de una pose que cada día le costaba sostenerla más que el anterior. Sí, soledad, tristeza y miedo a que, cualquier día, alguien se de cuenta de la verdad y entonces tenga que reconocer que toda su vida era una gran mentira aupada en otras más pequeñas.
Mientras tanto sonreía y procuraba que su ficción aguantara un día más. Al menos un día más.