martes, 16 de agosto de 2016

El zapato de verano.



                       Un zapato de rejillas de color beig tostado. Esa era la imagen que le venía a la mente cuando cerraba los ojos y la nostalgia le comía el alma: la de un zapato de rejillas en un escaparate donde el sol de la tarde cegaba al reverberar en el cristal. Era absurdo, lo sabía. Él nunca había tenido un zapato así. Y menos de ese color garbanzo cocido. Pero ese zapato, solo un pie, el derecho, lo miraba orgulloso, altivo, alzado sobre su trípode de exposición en un escaparate donde era el protagonista, el centro indiscutible de todas las miradas. Es cierto; él nunca había tenido un zapato así, fresquito, ideal para el verano, cómodo, porque tenía toda la apariencia de serlo. En realidad él nunca había tenído zapatos, ni de verano ni de ningún otro tipo. ¿Para qué necesita zapatos alguien que nació sin piernas? Pero algunas noches, cuando la nostalgia pesaba más que el dolor, más que el cansancio, más incluso que la propia desesperación ante la certeza de haber desperdiciado su vida, cuando cerraba los ojos bien apretados para no ver su fracaso, lo que su mente añoraba por encima de cualquier cosa era aquel zapato de rejillas de color beig tostado tan cómodo y poder saber qué se sentiría al usarlo.

viernes, 12 de agosto de 2016

Platón.



                                 Yo una vez tuve una novia, un perro que se llamaba Platón y hasta estuve a punto de ser funcionario, pero nunca pude con las oposiciones, ¿sabe usted?, por eso estoy aquí. ¿Platón? Es que era un perro muy sabio, tranquilo, siempre te miraba como si estuviera meditando sobre lo que veía o lo que le decías. Porque Platón entendía todo lo que le decía, de eso no le quepa duda. Y te respondía con la mirada. Jamás vi una mirada así, ni en animal ni en humano. Platón. ¡Cómo lo echo de menos! No se imagina qué solitaria y dura es la vida sin la compañía de un amigo como él. ¿Mi novia? Sí, sí que tuve. Clarita. Lo nuestro no funcionó. Era imposible que funcionara, ¿sabe usted? Ella quería casar con un funcionario y yo nunca pude con las oposiciones. No sé, me despistaban tantos libros, tantos conceptos, tantas leyes. A mí siempre me ha gustado más ver cómo se mueven las estrellas por el cielo cuando es noche cerrada, mirar pasar a la gente y tratar de entender por qué son las cosas como son. ¿Ve usted? Para eso Platón era único. Nos sentábamos juntos en una ladera, yo le iba comentando mis ideas y él me miraba y me respondía con su tranquilad y con esa sabiduría que ni yo, ni usted, y perdóneme que sea así de franco, jamás tendremos. Cómo iba a cambiar esta vida por la de un triste puesto de funcionario en algún triste ministerio, preso por un horario de 8 a 3 y preso por la tristeza y la apatía el resto de mi vida. Por eso estoy aquí. Yo sé que usted lo comprende porque, aunque no es Platón ni tiene su mirada, es verdad que tiene su sonrisa y eso me reconforta.

jueves, 11 de agosto de 2016

El viejo capitán.

                       

                            Recorría las terrazas buscando esas galletitas que ponen con el café y que los clientes dejaban sin consumir. Las cogía con el mayor disimulo, como si se hubiera levantado de esa misma mesa momentos antes y hubiera olvidado algo en ella. Los camareros hace tiempo que saben que muchos días se alimenta solo de ellas y cuando lo ven por la zona, al ir a recoger la cuenta del cliente, dejan alguna galleta de más en el plato. Le llaman el viejo capitán porque de joven heredó dos colts del 45, una hacienda en un país de centroamérica y media docena de perros de presa. A veces, cuando las tardes flojean de clientes, lo invitan a un café con leche con la excusa de que les cuente historias sobre revoluciones de las que nadie oyó nunca hablar y donde él, con sus dos colt al cinto, rodeado de sus perros, capitaneaba a un grupo de rebeldes. El viejo capitán presumía, con la mirada perdida en el humo de su pipa, de haberse unido siempre a las causas perdidas.

jueves, 21 de julio de 2016

La dosis prescrita


                                              Me aparté el pelo de la frente. Lo tenía empapado de sudor, como todo mi cuerpo, como la cama entera. Las sábanas se me enrollaban como un mal sudario. No lograba apartarlas con las pataditas que lanzaba de vez en cuando. Siempre perdía el combate. Sábanas: 6 yo 0. Volví a apartarme el pelo de la frente mientras trataba de fijar la mirada en el cuadro de la pared del fondo de mi habitación mientras intentaba contener las arcadas que iban y venían, cada vez más frecuentes, cada vez más fuertes. Era un cuadro horroroso. Supongo que cuando lo compré no debió parecérmelo; al menos, no tanto. Pretendía reflejar un muelle con el agua sucia, en algún suburbio desvaído entre nieblas. O algo así. El dolor y las fatigas me nublan una vez más la vista. Ya no resisto más. Al menos hoy no. Alargo la mano y alcanzo el botecito de las pastillas mágicas, esas que me suben a un falso nirvana, esas que el médico se resistió tanto a recetarme, esas que siempre me advierte seriamente que jamás he de superar la dosis prescrita, esas que yo rehúyo siempre que puedo, esas que hoy serán, sin duda, mis mejores amigas. Tomaré dos. No, mejor tres¡Y que le den mucho a la dosis prescrita! Cierro los ojos y poco a poco noto como el dolor se va diluyendo y con él las náuseas, y con ellos, yo mismo. Pero ya no me importa. Ya no me importa nada. Hasta el cuadro de mi habitación ha dejado de parecerme tan horroroso y las sábanas han dejado de ser ese sudario incómodo para convertirse, de repente, en un fabuloso vestido de gala. Realmente la vida es maravillosa.

lunes, 18 de julio de 2016

El calendario.



                  Ya sé que me echas de menos, hijo. Y yo a ti; te lo juro. Pero cada vez me cuesta más sentarme a hablar de cosas que antes me parecían interesantes y que ahora, y no sabría decirte la razón, me parecen aburridas o estúpidas. Tal vez se deba a que la mayoría con los que antes pasaba las horas hablando están ahora en la otra frontera y no en esta. Y para hablar con ellos no necesito hablar. Ya, hijo, ya; ya sé que eso es una contradicción en sí misma, pero así es cómo me siento. Cada hoja que cae del calendario se lleva con ella a un amigo querido, a una antigua amante, a un hermano, a una hermana... Es la guadaña inexorable que siega sin importarle si es primavera o invierno. Simplemente arrasa con su cosecha. Y a mí me deja cada vez más solo, cada vez más triste, cada vez más mudo. Porque hablar, ¿para qué?, dime, ¿con quién? Perdona hijo, sí, claro que estás tú. Pero tú has de vivir tu vida y no la vida de los muertos. No, no te engañes, querido: yo ya estoy muerto; solo que aún no nos hemos dado cuenta de ello. Mira, hoy es 26, tal vez cuando caiga la hoja de este mes para dejar paso a otro sea mi turno y me toque irme con ella. Igual entonces, en el otro lado, cuando me reencuentre con mis amigos, mis amantes, mis hermanos, tus abuelos, vuelva de nuevo a hablar.

miércoles, 13 de julio de 2016

Gramática para la vida.


               No supo muy bien cómo, pero un día, poniendo un examen de gramática a sus alumnos, descubrió que era él quien tenía que aprender a conjugar correctamente su vida abandonando el uso del tiempo pretérito y dejando de utilizar los yo hubiera o hubiese, para poder tener, al fin, un presente en el que fuera y poder llegar así, poco a poco, a tener la posibilidad de vivir algún día en un futuro donde poder decir, sin miedo ni mentiras, yo soy asíQué cosas tiene la gramática, pensaba, mientras con el rabillo del ojo miraba cómo copiaban los dos de siempre y los anotaba en la libreta negra de los suspendidos.


lunes, 20 de junio de 2016

Dos de azúcar.



                                Usted hubiera hecho lo mismo. Sí, gracias, acepto ese café. Pues eso, que usted, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo. Dos de azúcar, gracias. Y puede usted buscar las excusas que desee: el insomnio invencible que hace que lleve ni sé cuánto sin dormir más de una hora por noche, y aún esa, de puro agotamiento; sus ronquidos, que me taladraban el cerebro como una barrena mecánica; el calor que está haciendo, que tiene al país medio loco, o incluso puede buscar razones más profundas e indemostrables, razones genéticas. Da igual. ¿Cómo? Sí, claro, qué tonto. Esa labor es la de mi abogado; usted está aquí para otra cosa. Lo sé. Ya le digo que no duermo nada hace semanas y estoy algo torpe. Sí, claro que tanto café no es bueno, pero es eso o caer rendido. Acabemos ya, la maté por algo más simple que todo eso: ya no la soportaba más. No soportaba que me mirara como un bicho raro; no soportaba su forma de masticar, con la boca abierta, enseñando toda la comida; no soportaba que anduviera de aquí para allí por toda la casa revolviendo entre mis cosas, desordenando mis papeles, buscando vaya usted a saber qué; no soportaba su risa estúpida y chillona cuando veía telecomedias o que se pusiera a llorar por cualquier cosa sin motivo ni razón. No, ¿odiarla? No. Ese es un sentimiento muy fuerte y yo hace tiempo que no siento nada, solo un cansancio mortal. Simplemente ya no la soportaba más, así que anoche, mientras roncaba como un motor diessel a punto de calarse, cogí mi almohada y la asfixié. Ya, ya sé que en este país existe el divorcio, tengo insomnio, no amnesia. Pero ella era muy católica y eso para ella hubiera sido un pecado terrible y la hubiera hecho sufrir tanto... ¿Cómo? Sí, algo sufrió cuando la ahogaba, pero no fue mucho, créame. Si te sientas en el pecho de alguien y aprietas bien fuerte una almohada contra su cara, no tarda en morir. ¿Y sabe qué? Después de hacerlo me sentí muy bien, en paz, más tranquilo que nunca antes en nuestros diez años de matrimonio. Dígame que usted no hubiera hecho lo mismo por conseguir esta calma. ¡A lo mejor, hasta puedo dormir algo más esta noche! ¿Podría traerme otro café, por favor? Con dos de azúcar, sí.