viernes, 21 de abril de 2017

La carrera.



                     Cuando se encontraron por primera vez en la Facultad de Derecho de la ULPGC eran dos perfectos desconocidos. Juan acababa de llegar de Sevilla y Andrés venía de la Aldea. Compartieron cuarto en el pequeño piso de estudiantes donde vivían otros dos chicos más: Julián y Marcos. Julián jamás acabó la carrera. El suicidio de su madre lo sumió en una profunda depresión y fue dejando de asistir a clases hasta que, un día, al volver al piso para cenar, vieron que sus cosas ya no estaban allí. Se había marchado sin despedirse. Marcos se echó novia rica y ambos dejaron la carrera para atender los negocios de la familia de ella. Juan y Andrés, sin embargo, aprobaban año a año, al menos hasta quinto. Ese año a Juan se le atragantó Filosofía del Derecho y Andrés la suspendió intencionadamente. Querían acabar juntos la carrera y, una vez licenciados, encontrar trabajo juntos. Tardaron dos años más en encontrar trabajo. La crisis y el hecho de que le dieras una patada a una farola y cayeran doscientos abogados no facilitó para nada esa labor. Dentro de seis días celebrarán su quinto aniversario en la empresa. Al final lograron el trabajo y ambos están en la misma sede. Juan prepara los pedidos en Telepizza y Andrés los reparte. Allí trabajan con Pedro, un graduado en empresariales que se turna con Andrés en las labores de reparto. Los tres comparten el mismo piso que Juan y Andrés alquilaron cuando, doce años antes, con dieciocho años recién cumpliditos, soñaban con acabar Derecho y trabajar en el mismo despacho.

miércoles, 19 de abril de 2017

La razón.



              Se veían a diario y él soñaba despierto con desnudarla lentamente y acariciar su cuerpo, rozándolo apenas, hasta hacerla gemir y retorcerse de deseo. Se preguntaba a qué sabría su piel, cómo olería su cuello y se desesperaba por saborear su lengua. Ansiaba abandonarse entre sus brazos y sentir sus pechos, rotundos, rozarle erizados el suyo. Pero cada vez que estaba a punto de ceder ante el deseo, la razón le advertía de que muchos sueños acababan en pesadilla. Por eso, a pesar de que cuando se acercaban tanto que sentía el olor de su boca o que notaba el calor de su cuerpo a través de la ropa, el miedo a que todo quedara en otro fracaso, uno más en su vida, hacía que se alejara lo antes posible con cualquier excusa estúpida dejándola con la rabia y la frustración de ser rechazada de nuevo, aunque fuera sutilmente, y quedándose él con la sensación de que, a lo mejor, un poco de locura puede que no fuera tan mala.

domingo, 9 de abril de 2017

El semidiós



             Se sentía genial. Podría volar si quisiera. Nada era capaz de vencerlo, de eso estaba seguro. ¿Dormir? Eso era para los débiles, no para él. Él era fuerte, un líder. Es más, si viviera en la antigua Grecia, sería un semidiós. Nada podía con él, nada, excepto el culo de aquel tráiler al doblar la curva y la combinación de alcohol y medicinas que llevaba dentro. Era inmortal, le dio tiempo a pensar mientras el golpe le reventaba la cabeza contra el cristal del parabrisas y el coche se convertía en un amasijo de chatarra que envolvía su cuerpo roto por decenas de sitios.

viernes, 7 de abril de 2017

Marina y Carlos.

  
                       Se ven cada mañana en el desayuno. Entre el café con leche, el zumo y las tostadas se cuentan cómo han pasado la noche mientras que sus ojos se iluminan con un amor incontenible, adolescente e ilusionado. Mientras pasean por el parquecito cogidos de las mano hablan de sus planes, de sus temores y, escondidos detrás de un roble, se dan un beso casi furtivo después de cada vuelta. Llevan sesenta años casados pero cuando se miran a los ojos, Marina solo ve al joven que la conquistó y Carlos solo puede ver a esa chica tímida de la que se enamoró cuando ninguno de los dos tenía el rostro con arrugas y el corazón destrozado. Solo en esos momentos se olvidan de que ya no viven en su casa sino en esa fea residencia donde los obligan a dormir en pisos diferentes

jueves, 6 de abril de 2017

Don Nicolás.



                Todos sentían lástima de él. ¡Pobre hombre, con lo inteligente que fue! Como si tener alzhéimer fuera quedarse tonto. Él oía y callaba. Ellos pensaban que cuando estaba horas con la mirada perdida en algún punto del infinito, estaba perdido en busca de sus recuerdos. Nada más lejos de la realidad. Nunca estuvo más vivo su pasado, solo que la mente, su maravillosa mente, aquella amiga que parecía que le había traicionado, su único bien y fortuna -como le gustaba decir a veces- había comprendido que no merecía la pena recordarlo todo. ¿Para qué recordar cosas que, aunque a los demás le parecían imprescindibles, a él, ahora, le eran totalmente nimias? No, su mente era sabia, más que él, más que todos. Jamás había sido más feliz que ahora, cuando sentía tan vivamente el recuerdo del contacto de su mano en la de su padre o el olor tan rico de la comida que hacía su madre cada domingo, en medio de una batalla de cacerolas que hacían chup-chup o de la radio donde ambos -su madre y él- escuchaban el sermón de las siete palabras en Semana Santa mientras ella se peleaba con todo para dar de comer a tantos.

martes, 4 de abril de 2017

Adrián y Ana.

                  

                  Empezamos a odiarnos de la manera más simple y natural posible: azotando al otro con el látigo de la indiferencia. Dejó de importarte lo que yo decía, hacía o sentía, y por mi parte, me empezó a dar igual qué tal habías pasado el día, si habías comido o no o si llegabas a una hora u a otra. De hecho, casi prefería que llegaras más tarde; menos tiempo que tenía que soportarte. Luego, los roces incómodos del principio se convirtieron en verdaderas batallas de una guerra que, por necesidad, tú y yo acabaríamos perdiendo. Después empezaron las putaditas: yo gastaba toda el agua caliente justo antes de que te fueras a duchar y tú llegabas con tus amigotes cuando sabías que yo estaba peor vestida o sin maquillar. Una mañana la cosa explotó, y cuando te gritaba porque jamás me ayudabas en casa, te hiciste el machito y, como siempre, empezaste a desmontar las hojas de la ventana del salón para hacer que la ibas a limpiar e irte luego con la excusa de una cita de negocios que habías olvidado, dejándolas a medias para que yo terminara de limpiarlas y las colocara. No era la primera vez que me lo hacías aprovechándote de que tengo un vértigo patológico y que, por tanto, estarían así, apoyadas en la pared del salón, hasta que a tí te diera la gana de colocarlas de nuevo. 
               Me di cuenta de tu jugada cuando vi en tu cara, reflejada en el cristal de la ventana, esa sonrisa estúpida que pones cada vez que tramas una cabronada. Por eso no me viste acercarme ni te esperabas el empujón que te di. Lo primero que oí fue el ruido de los cristales de la ventana al romperse; luego, el ruido sordo de tu cuerpo fofo al reventarse contra la entrada del edificio. Te lo dije, Adrián. Te lo dije cuando aún no éramos enemigos y no nos odiábamos: era un disparate desmontar esa ventana tan pesada en un piso once. Te aventuré que cualquier día te ibas a caer y me dejarías viuda. Sin embargo, jamás te avisé de que puede que te empujase yo. Ahora tengo que calmarme y poner cara de sorpresa y de dolor para cuando venga la policía. Esas aceitunas picantes tuyas me ayudarán. Sí, esas que comprabas a pesar de mi úlcera, fingiendo que lo hacías por despiste y no para putearme. Ya noto cómo la acidez y el dolor me corroen. Qué bien, justo a tiempo: la policía está tocando en la puerta y yo no puedo evitar que las lágrimas por este dolor de estómago que me está matando aneguen mis ojos; ya parezco la perfecta viuda.

martes, 28 de marzo de 2017

El heredero.

               

                    Siempre fue un borracho. Como su viejo. Y puede que como el padre de su viejo, pero a éste jamás lo conoció. Necesitaba más del alcohol que de la comida, del aire o, incluso, de una mujer. Tal vez por eso ninguna duraba mucho a su lado. La vida, sin esa media docena de bricks de vino, era algo doloroso e insoportable. No recordaba un solo día en el que no hubiera bebido. Ni de pequeño. Su viejo, que ojalá se estuviera pudriendo en el fondo del infierno,  en una caldera bien caliente, casi nunca llevaba comida a casa pero siempre se las apañaba para traer algo de beber y para darle, entre trago y trago, una buena paliza. Unas veces traía un vino ácido que le revolvía las tripas apenas lo probaba, otras era algo parecido a un brandy que le quemaba las entrañas al entrar y que, al vomitarlo, se las volvía a quemar al salir. Las palizas, sin embargo, siempre se las dio con aquel viejo cinturón de cuero negro, el mismo  que hoy  sujetaba su pantalón. Nunca tuvo más deseo ni ambición que la de ver reventar a su viejo. Cuando esto ocurrió, una Nochebuena cualquiera, imposible acordarse de en qué año, empezó a celebrarlo por su cuenta. Cuando despertó, en medio de su propio vómito y en un portal abandonado, le dolía tanto todo que tuvo que salir corriendo a comprarse una botella de algo fuerte que aliviara ese dolor. Ahora ya no sabe si sigue bebiendo para celebrar que su viejo reventó de una puñetera vez aquella Nochebuena o para que el dolor de estar sobrio desaparezca, aunque sea por unas horas. Al menos yo no tengo un chaval al que dejar esta puta herencia, se decía a diario mientras brindaba por ello con el peor de los vinos posibles.