lunes, 23 de octubre de 2017

El Corte.



            A mi grito de "¡siguiente!", entraste. No sé si no me reconociste -treinta años dan para mucho y cambia el aspecto de cualquiera- o bien optaste por hacerte el loco. Te observé de un solo vistazo y me dolió el alma. Allí estabas tú, con un Rolex made in China destellando en tu muñeca, vistiendo un traje gris que me dio la impresión de que era donado o prestado, vaya usted a saber por quién; con unos zapatos que, evidentemente, eran más pequeños del número que gastas y una camisa dos tallas más grande de la que necesitas y en la que llevabas anudada impecablemente, eso sí -siempre fuiste muy quisquilloso con esos detalles- una corbata con la punta algo desflecada que tratabas de mantener escondida abotonando la americana. Menos mal que ahora están de moda los hippster, debiste pensar. Al menos yo así lo hice al ver la barba de semanas que lucías. ¡Y gracias a que en El Corte Inglés sigue siendo posible ponerse un buen perfume con la excusa de que lo estás probando antes de decidirte a comprarlo! Porque a la vista de cómo vestías, supongo que el último dinero que destinaste a perfumería fue ya hace mucho tiempo. Desde luego, vestido y arreglado de esa manera no serías portada del Esquire, pero nadie podría negar que estabas haciendo todo lo posible por salir de la charca inmunda en la que chapoteabas y en la que debías vivir desde hacía algún tiempo. Mientras cruzábamos las típicas frases de cortesía en el saludo me preguntaba qué diablos te habría pasado y, sobre todo, qué demonios buscabas allí. Evidentemente la primera respuesta a esto último era simple: el puesto de trabajo que la empresa ofrecía. Pero eso es como decir que almorzabas un bistec; era una respuesta correcta pero incompleta. Normalmente el bistec va acompañado por otros alimentos y tú, Alberto, al que solíamos llamar "el Grande", buscabas algo más que una simple nómina a fin de mes. O tal vez no. Tal vez las cosas eran más simples y lo único que buscabas era comer tres veces al día.
             Durante un segundo dudé entre darme a conocer o no. Al fin y al cabo, tú, Alberto el Grande, Marín, Alba y yo fuimos durante tantos años el cuarteto más famoso de la facultad. Sin embargo, algo me decía en mi interior que no lo hiciera y, por primera vez en mi vida, hice caso de esa vocecilla que siempre estaba tocándome los cojones. Bien, usted dirá, te pregunté casi a bocajarro apenas nos saludamos y te acomodabas en la silla.  Sudabas. Tú jamás sudaste, pero ahí estabas ante mí, con casi cincuenta años y el tufillo que siempre acompaña a los fracasados. Es un olor peculiar pero que, por mi trabajo, reconozco incluso con los ojos cerrados. Te liaste a hablar diciéndome no sé bien qué sobre planes, proyectos, metodologías y no sé qué más papanatadas. En el fondo buscabas un milagro. Estaba seguro. Aunque ni siquiera tú lo supieras de manera consciente: buscabas un milagro. Porque solo un milagro te devolvería a la vida. No, no exagero; respirabas, te movías, comías (seguro que poco y mal), bebías (¿habías vuelto al alcohol?, sinceramente, no me gustaría), llorabas y reías (seguro que más de lo primero) y sudabas (Dios, ¡cómo sudabas!), pero en realidad eras un cadáver.  Mientras hablabas revisé tu CV. Estaba lleno de fallos, incorreciones, mentirijillas y exageraciones. Vamos lo que uno espera ver en un CV. De repente estuve a punto de decirte que Alba estaba bien, mejor que bien. Que estaba de puta madre. Que hacía lo que quería con su vida. Que había abierto un atelier de decoración muy  chic y que se codeaba con el must de la sociedad madrileña y que jamás te nombraba, pero no lo hice. Sí, siempre fui un cabrón sin sentimientos, pero había algo en ti, tal vez tu mirada, antes chispeante y ahora triste y apagada, o en tu voz, temblorosa a ratos, que me impidió darte la puntilla y humillarte allí mismo. No me preguntes por qué. Me estaré haciendo viejo, carajo, pensé mientras te pasaba al departamento donde ibas a estar un mes a pruebas. Puede que no superes ese mes, pero al menos en ese plazo comerás caliente y si eres lo suficientemente hábil como para no cruzarte conmigo o no demostrar que me recuerdas, tal vez, solo tal vez, sigas trabajando por aquí. Yo, por mi parte, tardé en olvidarte lo que tardé en gritar: "¡siguiente!", y fijar mi atención en un pibón de cara delgada, piernas infinitas y un escote donde podíamos perdernos la amargura que me dejó tu recuerdo y la mía propia, que siempre disimulaba detrás de una sonrisa bien ensayada, un perfume de calidad y una manicura de lujo.





jueves, 19 de octubre de 2017

El billete.


             Le costó mucho. En realidad tardó meses en decidirse, y al final, en una mañana sosa y aburrida de septiembre, lo hizo. Al principio se sintió mal, como si en vez de acabar de salir de la ducha estuviera sucio, sudado y desastrado. Subió al ascensor con la cara enrojecida por algo que no supo definir bien. Tal vez fuera vergüenza o tal vez ansiedad, y murmuró un "...días" apenas audible cuando Berta, la del 5º lo saludó en el ascensor. Le costaba poner los ojos en otra cosa que no fuera las puntas de sus carísimos mocasines de ante marrón. Justo hoy, cuando cumplía cincuenta tacos, se atrevió  a huir de su clásico y venerado gris o negro y se atrevió a mezclar blancos, rojos y marrones en las prendas que llevaba, se sacó la camisa del pantalón y, después del primer ahogo nervioso, se dio cuenta de que sin corbata se respiraba mejor. Va a ser verdad -pensaba- que hasta el más pintado cae en la tontería de la crisis de la mediana edad. Eso sí, jamás en su vida se sintió tan libre como esta mañana, vestido con una camisa de lino roja que por fuera de un pantalón de algodón blanco y sus queridos mocasines -esta vez marrones en vez de negros- sentado en la cafetería del aeropuerto, tomando una cerveza bien fría mientras miraba curioso los destinos que iban saliendo en la enorme pantalla tratando de decidir para cuál de ellos iba a comprarse un pasaje solo de ida.

martes, 17 de octubre de 2017

The runner



                    No pienses, no pienses, no pienses... Sobre todo nunca pienses. Sé listo: mantén la mente en blanco, compañero. Corría por la ciudad cuando aún no había amanecido del todo. Corría hasta que lo paraba la extenuación mientras en su cabeza repetía, con cada paso que daba, el mismo soniquete: no pienses, no pienses, no lo hagas, amigo. Solo respira y corre; solo corre y respira. Al principio lo único que escuchaba era el latido de su corazón que se iba haciendo más rápido y sonoro en la medida que corría más lejos o más rápido, pero después empezó a correr escuchando música para acallar cualquier pensamiento. Siempre deseó saber tocar algún instrumento, pero no tardó en renunciar a ello. Dios o la vida le regaló dos hermosas orejas, solía decir medio en broma medio en serio, pero ningún oído para la música. Las calles pasaban cada vez más y más deprisa dejando atrás, al mismo tiempo, casas, coches, personas, árboles, pero por más rápido que corriera, no lograba dejar atrás esa melancolía que lo tenía preso ni la sensación de que, hiciera lo que hiciera, decidiera lo que decidiera, acabaría equivocándose se nuevo. Por eso su mente repetía una y otra vez aquello de corre, corre y no pienses, sobre todo no pienses. Corre, solo corre; más rápido, más lejos, hasta que logres olvidarla de una santa vez o al final caigas reventado. Su mente siempre fue más fuerte que su corazón, el mismo que ahora amenazaba con explotarle en mil pedazos dentro del pecho. Vamos, se dijo de nuevo, vamos, más rápido, más lejos, y sobre todo, no pienses, nunca pienses, solo corre, compañero; solo corre.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Sara



                    Estaba totalmente seguro de que tenía mujer y un hijo, Sara y Ezequiel, de que se había casado en una pequeña ermita rural y de que había llevado a Sara a ver el mar por primera vez como viaje de novios.  Pero por más que revolvía la casa de arriba a abajo no encontraba nada que apoyara su creencia. Sin embargo, a pesar de ello, estaba absolutamente convencido de que aquello era así. Por eso, un sábado acudió a la policía a denunciar su desaparición. Y cuando la policía le dijo que, según los archivos, él jamás había estado casado, denunció a la policía ante un juez, y luego a este ante la prensa cuando su Señoría dio por buena la versión de la policía. Estaba absolutamente convencido de que alguien, una mano negra, conspiraba contra él y su ira adquiría niveles violentos cuando algún periodista, en alguna tertulia, resaltaba que no solo no había pruebas físicas de la existencia de su supuesta familia sino que de las que sí había era de su paso por diferentes centros de salud mental. ¿Qué sabrían ellos? ¡Claro que había estado en un hospital mental! Allí fue donde conoció a Sara. Se escaparon juntos una noche, en verano, y la llevó a ver el mar. Ella le dijo que era como el estanque del tío Paco, en el pueblo, pero sin un muro cochambroso que lo rodease. Allí fue donde ella le dijo que estaba embarazada de él y que quería llamar Ezequiel al niño. Allí, en aquella cala, se metieron los dos en el mar, y allí fue donde ella desapareció con Ezequiel, con su hijo. Hace ya tres años y desde entonces no ha parado de buscarlos, pero nadie quiere decirle dónde están o si de verdad existieron alguna vez.

viernes, 1 de septiembre de 2017

La alfombra persa.


               El pasado sábado mi hermana cumplía veintitrés años de matrimonio. Ella, para celebrarlo, le compró a mi cuñado un smart-watch de esos que tanto anuncia la tele. Él, por su parte, la obsequió levantándose de un tiro la tapa de los sesos. El forense nos dijo que había sido un disparo limpio, sin titubeos. Pero para ser un disparo limpio dejó su despacho hecho una guarrada y la alfombra persa que tanto gustaba a mi hermana hecha unos zorros, con tanta sangre y sus sesos desparramados en ella. Estoy de acuerdo con ustedes: mi cuñado tenía una curiosa manera de entender lo que era un regalo de aniversario. La realidad es que jamás acertó con lo que le regalaba. Para celebrar los cinco primeros  años le trajo un hermoso gato de angora sin pararse a pensar en la alergia mortal que tenía mi hermana hacia los animales con pelo. En otra ocasión le regaló un elegante foulard de seda que resultó ser acrílico. Nos dimos cuenta cuando a mi hermana se le hinchó el cuello y la cara por su alergia a los materiales sintéticos. Sin duda mi cuñado no era el rey de la observación ni del detalle. Sin embargo he de reconocer que, pasado el follón de los primeros días, jamás vi a mi hermana tan contenta con un regalo que le hubiera hecho el pobre hombre.  Fue cuando vino de la tintorería y le devolvieron la alfombra persa que tanto le gustaba tan limpia como si fuera el primer día. Mientras la extendía le oí comentar algo sobre que había resultado más barato la limpieza que el abogado del divorcio, y tremendamente más rentable para ella. Sin duda, después de veintitrés años de casados, mi cuñado acertó por una vez con el regalo que más ilusión le hacía a mi hermana.

martes, 27 de junio de 2017

Helado de limón. (Parte final).



             De repente me di cuenta de que lo que nos había mantenido unidos estos últimos años no había sido tanto el amor como una terrible pereza que no nos dejaba pensar y actuar. Como quien despierta de una siesta demasiado larga, estaba de mal humor pero decidida a no seguir durmiendo, dejé que trataras de explicar aquella situación. Tal vez hasta sea divertido, pensé. Total, yo ya había tomado mi decisión y solo quería saber si al final te comportarías como un hombre y reconocerías la verdad o tratarías de liarme y mentirme otra vez. Te estrujabas las manos cuando me dijiste que sí, que era verdad, que habías tenido un lío con tu jefa, pero que había sido solo una vez y aunque era cierto que el tonteo duró dos o tres meses, aquella era la única vez que se habían acostado. Yo te miraba a la cara tratando de leer en ella si mentías. Tú mantenías los ojos bajos y seguías estrujándote  las manos y sudando como si fueras un pollo ensartado en una brocheta de asador. 
               No sé bien qué me estabas jurando cuando mi pregunta, seca, restalló como un latigazo. Hasta a mí me sonó como un disparo en la noche. ¿Por qué? -te pregunté- ¿qué había cambiado para que hubieras tirado todo nuestro pasado y todo nuestro futuro por la borda? ¿Qué te hacía ella que no pudieras pedirme a mí? ¿Tan buena es en la cama? Tuviste el buen tino de no contestarme a eso último. Contestaras en un sentido o en otro hubiera sido tu perdición. Solo me dijiste que yo había cambiado mucho en estos últimos años. ¡Como si tú no!, pensé. Que cuando me conociste era como un exquisito y dulce helado de nueces de macadamia, de los de Häagen-Dazs, pero que con el tiempo me había convertido en un agridulce helado de limón de los de marca blanca de Mercadona, de esos que te dejaba la cara como la de un chino cuando lo comías, con la comisura de la boca hacia abajo y los ojos entrecerrados por lo agrio del limón. ¿Y ella? te pregunté. Ella había sido una granizada de fresa, que refrescaba pero al final era más el hielo que el sabor. Estuvimos en silencio mucho tiempo. Yo te miraba y tú fumabas y bebías como un condenado a muerte en espera de su ejecución. Conque un helado de limón, te dije. Por primera vez levantaste la cabeza para decirme que sí, cremoso pero agridulce, terminaste por decir.
               ¿Y ahora, qué? ¿Cómo sé yo que no seguirás comiendo otros sabores de helados por ahí? ¿Cómo sé que no te has quedado enganchado al de nueces de macadamia de Häagen-Dazs? Querida -me dijiste- mi jefa es una depredadora. Se encaprichó de mí, me persiguió y me consiguió, y justo después de ese día, perdió todo interés en mí. La foto la guardé para acordarme siempre de la estupidez que hice. Nos miramos un buen rato a los ojos. Fui yo la que rompió en mil pedazos la foto y la que pasó la página del álbum. Noté cómo suspiraste con alivio cuando comenté lo horrorosa que estaba tu prima Marta en esa foto de la primera comunión de Carlitos. Nunca más volvimos a sacar este tema, pero sé que a menudo te preguntas la razón de que no te hubiera hecho pagar con sangre aquel desliz. Yo también pero, al fin y al cabo, ¿quién no tiene algún cadáver guardado en el armario? Además, sinceramente, yo también odio el helado de limón.

jueves, 22 de junio de 2017

Helado de limón. (5ª parte)



                 Desde el sillón me mirabas con la copa casi acabada en la mano. No sé qué esperabas que hiciera; que empezara a dar gritos como una loca y a romperlo todo, que hiciera el equipaje -el tuyo, por supuesto- para quedarme a solas y castigarte en el mismo acto o que me fuera hacia tí y empezara a abofetearte. La verdad es que todo eso se me pasó por la cabeza pero al final me senté frente a ti con la foto aún en la mano y te pedí una copa. Necesitaba beber algo, y que fuera fuerte. Más fuerte que la ira que notaba crecer en mi pecho. Fuiste a darme la copa en la mano, pero al ver que no soltaba la foto la dejaste frente a mí. La bebí casi de un tirón. Entró como agua, pero al poco me empezó a quemar en las tripas. ¿Qué diablos me habías puesto? Miré hacía la barra de la cocina. Vodka, claro. Siempre bebes vodka cuando estás histérico. ¿Y bien?, pregunté. Empezaste a balbucear que lo sentías mucho, que había sido un error, que solo había sido una vez, que no sabías en qué pensabas. ¡Qué patético te veías! Espero que no te creyeras la sarta de mentiras que me estabas diciendo. Yo, desde luego, no lo hacía. No sé si fue el vodka, la rabia sorda o que, de repente me di cuenta de lo estúpido que te veías, con los slips ajustados, la camiseta manchada de pizza, el rostro enrojecido, el pelo alocado  y la copa temblorosa entre tus manos, pero de golpe me sentí tranquila y relajada, como si estuviera viendo un vodevil o siendo espectadora de un melodrama ajeno a mí. Te hice un gesto para que me sirvieras otra copa y mientras lo hacía no dejé de fijarme en ti. Es como si te viera por primera vez. Me pregunté qué diablos había visto en ti para haber pasado tantos años a tu lado. Sobre todo, me pregunté qué diablos habría visto ella para irse a la cama contigo. Por el sexo desde luego que no. Eras de lo más aburrido en ese campo. ¿Entonces? ¿Por qué había estado los últimos treinta años contigo? Y sobre todo, ¿por qué se había encamado contigo una mujer que con chasquear los dedos tendría a cualquier hombre y a muchas mujeres a sus pies. No lograba entenderlo.
(Continuará)