lunes, 5 de diciembre de 2016

La visita.



                      ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? Era la enésima vez desde que se levantó que había hecho la misma pregunta. Su vida se centraba en que llegara el jueves. El resto de la semana era una especie de trámite para ella. Comía, se aseaba, se vestía y permanecía sentada delante de la televisión sin apenas intervenir en las conversaciones de las demás esperando a que llegara la noche para acostarse. Así día tras día. Hasta que llegara el jueves. Ese día se despertaba impaciente para que le llegara la hora de asearse y vestirse, apenas desayunaba y se sentaba mirando hacia la entrada, impaciente, preguntando a todos los que pasaban por su lado si de verdad era jueves, temerosa de haberse equivocado empujada por el deseo. ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? La asistenta se aleja para atender a las otras ancianas que la miran con un fondo de envidia en sus ojos casi glaucos. Todas tienen familia, pero no todas tienen la suerte de doña Marta que sabe que, aunque sea una vez a la semana, los jueves, tendrá visita.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Las vitaminas.





                           Ya debería estar acostumbrada pero cada día me cuesta más tener que levantarme tan temprano. No sé si lo que me está matando es madrugar, la rutina o saber que te echo de menos, aunque antes moriría que reconocerlo. Es irónico. Tantos años odiándote y publicando este odio por ti y ahora, esto. Nota mental: pedir hora en el médico para una analítica. Seguro que mis niveles de algo están bajos. ¿Qué dirían de mí mis empleados? Me ponen como ejemplo cuando viene otra mujer llorando por el cabrón de su marido. Perdón, es la costumbre. No es nada personal. Sabes que nunca hubo ese tipo de rencillas entre nosotros, que simplemente un día descubrimos que ni tú ni yo soportábamos más dormir en la misma cama, desayunar juntos y darnos ese beso de despedida cada mañana con el automatismo de dos vecinos que se saludan sin mirarse en el ascensor. ¿Qué les digo? ¿Que nos equivocamos? ¿Que cuando coincidimos en los cumpleaños de los niños veo en tus ojos la misma tristeza que veo cada mañana en los míos? ¿Qué ahora, a los cincuenta y tantos, después de diez años del divorcio, tu ausencia se me hace más insoportable que aquellos silencios? Sería el hazmerreír de todos. No, prefiero callar y seguir así. Levantándome temprano, muriéndome de cansancio, de rutina y, tal vez, de alguna vitamina que me falte.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Paaaaaapi.


                                                 Siempre se había burlado de aquellos amigos que llegado a los cincuenta empezaban a salir con una morenaza de infarto que les llamaban paaaapi y que podrían ser, en efecto, sus hijas. Los encontraba  patéticos. Hasta que apareció Lizbeth. Ella no le llamaba paaaapi, pero sí que le hacía sentir como un viejo degenerado que presumía de novia mulata y cañón, levantando envidias ajenas y pasiones propias. Y aquello le gustaba. Por eso, cuando Lizbeth decidió cambiar de amorcito, él se sintió como un mago de pacotilla al que ya no le salía ni el truco del conejo en la chistera. Eso se soluciona con un buen bailoteo, una botella de ron añejo, una cartera bien gorda y otra morenaza, le dijeron y él siguió el consejo. Desde entonces, es Anette la que le ilumina los ojos diciéndole: ay, paaaaapi, cada vez que él dice alguna tontería. Sabe que todo es mentira; que en el fondo él no es más que otro cincuentón con barriga que trata de huir de la soledad y del miedo comprando la ficción de una juventud perdida con regalos y una visa oro. Pero se consuela pensando que con un poco de suerte, el ron, el cochino frito, el bailoteo y los meneos que le mete Anette en la cama gracias a esa pastillita azul milagrosa, el buen Dios sea misericordioso con él y le mande un buen infarto -uno de los gordos- antes de que ella se marche y ya no tenga que buscarse a otro amorsito que le diga paaaaapi. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

El desayuno.



                             Ya sé que para ti solo soy la mano que empuña el paño que limpia la mesa a la que te sientas o la voz que te pregunta mientras sonríe qué vas a tomar hoy. Es una tontería. Siempre pides lo mismo: café cortado con leche fría, dos tostadas con mermelada de melocotón y un zumo de naranja, colado, por favor. Siempre tan seria, tan elegante, tan centrada en la lectura de esos papeles que traes, que nunca levantas la cabeza para mirarme. ¡No sabes cómo te lo agradezco! No sabría qué decirte si me llegas a reconocer. A veces me da la tontería y tengo la tentación de decir tu nombre o de dejarte, junto al café, la foto que nos hicimos hace ya una vida, cuando éramos tan jóvenes que creíamos que el futuro nos pertenecía solo a nosotros. Pero luego veo tu cara, tan seria, tan triste a veces, y la foto de tu familia en la cartera cuando sacas la tarjeta para pagar, que me doy cuenta de que, entre tú y yo ya solo hay un café cortado con leche fría, dos tostadas y un zumo de naranja, colado, por favor, servido con la nostalgia de una tarde de amor ante un mar que, ese sí, nunca cambió.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La herencia.



                       Un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas. Eso es lo que me dejó mi padre al morir. Hacía años que no nos veíamos, ya sabes, las discusiones entre padres e hijos a veces no tienen más solución que la que le ponga la muerte. Cuando entré en su apartamento me vino de golpe un mundo entero de recuerdos y sentí que me ahogaban las emociones. Allí había pasado sus últimos años. Allí, en aquella silla, que fue lo único que supe reconocer de lo poco que había en el apartamento, lo habían encontrado muerto días atrás. La policía me dijo que estaba con la cabeza apoyada en los brazos encima de la mesa. Les dije que ese gesto era muy suyo. También me dijeron que debajo tenía unas viejas cartas dirigidas a mí con la tinta corrida, como si hubiera llorado sobre ellas. ¿Llorar mi padre? Me cuesta creerlo. Quisieron darme las cartas, pero las rechacé. Era la segunda vez que lo hacía. Tampoco quise recogerlas cuando me las traía el cartero años atrás. No sé qué me ponía en ellas. Da igual. Ahora él está muerto y mi herencia es un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas que jamás resolveré.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Los sin nombre.


                           Pide en los semáforos de Mesa y López. Llama la atención su aspecto aseado, la forma en la que se aferra un macuto donde debe llevar toda su vida, y la serenidad con la que pide: siempre con una sonrisa, le den o no. A veces se acerca a pedirme un cigarrillo y hoy le  pregunté si me aceptaba un café. ¡Cómo no, jefe! Y hasta un bocadillo, que llevo aquí desde las siete y aún no he comido nada. Es la crisis, sabe usted: la gente ya no echa sino cinco céntimos, a veces diez... y eso el que da algo. ¿Puedo pedirme un donuts, jefe? Sí, creo que me queda algo de familia. Seguramente en Porriño, en Galicia. Yo era un buen marino, pero ya ve, la droga, una mujer... Lo típico de los tópicos que a veces se hacen carne y hueso y que en mi caso se hicieron carne para que yo pinchara en hueso. Y aquí me quedé, varado como esos barcos llenos de orín que están abandonados y casi hundidos en los pantalanes del muelle grande. Y eso que yo, para pagarme mi vicio y el de ella he trabajado de todo, que los gallegos seremos cualquier cosa menos gandules. Oh, pues mire, he sido peón de obra, temporero, taxista sin licencia, matón de los que cobran deudas, y hasta de portero de una casa de niñas llegué a trabajar. Claro que eso fue lo peor. Ahí me hundí más en la mierda. ¿Ahora? No, dejé todo eso atrás. Ella me dejó por un viajante catalán con más posibles y yo dejé la droga porque no tenía ya con qué conseguirla. Bueno, en realidad la dejé porque ya no me era divertido y casi me mata una noche de reyes. ¿Puedo pedir otro café con leche? ¡Gracias maestro! Calentito, por favor. No, no quiero saber de mi familia ni creo que ellos quieran saber de mí. Somos malos recuerdos uno para los otros. Mejor no menear las aguas negras, que apestan. En fin, jefe, gracias por el desayuno, pero he de volver a mi trabajo, que si no se me coloca otro y ese semáforo, aunque no sea una maravilla, no es malo y céntimo a céntimo me da para ir escapando. Gracias, de verdad. No, no. Por el desayuno no; que también, sino por pararse a hablar conmigo. Sé que cuando pasa me mira y eso, aunque no lo crea, me devuelve la dignidad. La gente, jefe, nos da o no nos da, pero nunca nos mira a la cara o a los ojos. Yo creo que en el fondo temen verse reflejados en nosotros y eso les aterra, ¿sabe jefe?, es entonces cuando de verdad me siento un asco como ser humano y no cuando alargo la mano para pedir.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El parque.



                          De pequeño iba caminando al cole. Solo eran cinco manzanas y un pequeño parque donde tenía prohibido pararse a jugar. De camino al colegio iba tocando los timbres de las casas que tenían puertas grandes de madera. Los tocaba y salía corriendo hasta la siguiente casa con un gran portón. Cuando llegaba al parque apretaba el paso de su carrera. Le habían dicho que allí vivía el hombre malo y eso le aterrorizaba. Hoy duerme en ese parque y pasa en él la mayor parte del día. De vez en cuando ve pasar a algún niño corriendo delante de él como alma que lleva el diablo y se pregunta si también habrá venido al colegio pulsando los timbres de las casa del camino.