jueves, 18 de mayo de 2017

Rutina nocturna



                         Los escucho todas las noches. Esta casa tiene los tabiques de papel. Los oigo tratar de hablar. Siempre empiezan igual. Uno de los dos le dice al otro que tienen que hablar. ¿Ahora? ¡Y cuándo, si no nos vemos hasta esta puta hora, joder! Luego un ruido de platos que son casi lanzados al fregadero. El ruido de una silla al rodarse de mala forma y de inmediato huelo el humo de un cigarrillo recién encendido. A ver, dime. ¿Te lo tengo que decir? Entonces él da un bufido. Es que entre mis muchas virtudes no está la de leer la mente, ¿sabes? No, pero tampoco está la de escuchar a quien te quiere y quiere hablar contigo. Después siempre ocurre lo mismo: uno grita no sé qué y la otra alza la voz para contestarle. Puñetazos en la mesa, Gritos sin sentido y un portazo que da por finalizada la conversación. Yo me tapo la cabeza con la almohada. ¡Como odio que mis padres se peleen cada noche! Me gustaría saber qué habré hecho mal hoy para que se griten de esa manera. Y como cada noche, me quedo dormido llorando mientras mi madre enciende cigarro tras cigarro y desgasta un poco más la raída alfombra del salón con sus paseos de aquí para allá.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Susana.



                     Tenía unos pechos grandes, de esos que se bambolean con el mismo ritmo de su andar. También tenía una cara bonita, con unos ojos grandes y almendrados, y sus manos eran tan delicadas que parecían más de una madonna italiana que de una mujer de carne y hueso. Claro que nadie se fijaba en eso. En lo que se fijaban todos era en ese bamboleo sensual, casi pornográfico de sus enormes pechos. Los hombres -y algunas mujeres- lo hacían con la mirada lúbrica que nace de un deseo casi incontenible. Otras lo hacían con una mezcla de envidia y asco. Ella disfrutaba tanto de unas como de otras y, mientras se sentaba en una terraza para tomar un café, con las piernas cruzadas para lucirlas mejor y con la miradas de todos los que pasaban por allí clavadas en la rotundidad de sus pechos, pensaba en cómo era su vida cuando era culirasa, pechiplana y con una nariz ancha y chata que ocupaba casi toda su cara. ¿Cuántos de los que babeaban por ella la hubieran mirado entonces? ¿Cuántas de las que hoy la envidiaban y celaban lo hubieran hecho en esas época? Y mientras el camarero le decía que aquel caballero la había invitado, ella sonreía, se ajustaba el escote para que marcara más aún sus pechos e inclinaba la cabeza graciosamente para agradecer el detalle mientras calculaba la fortuna y el estado civil del sujeto. Esperaba que fuera rico y casado. Los solteros, por mucho dinero que tuvieran, no le interesaban. Daban muchos problemas. Y los pelados, como decían en su pueblo, le interesaban menos por muy guapos que estos fueran. Casado y rico, esa era la combinación ideal para ella y aquel tipo parecía tener las dos condiciones así que, con un leve gesto de su mano, lo invitó a compartir mesa mientras pedía otro café al camarero, encendía un cigarrillo, y ,con disimulo, se rozaba los pezones para que se endurecieran y marcaran más aún su busto.

martes, 16 de mayo de 2017

Sara.



            Todas sus mañanas eran iguales: preparaba el desayuno a los niños, los llevaba al colegio y luego se quedaba sentada en la cocina de su casa, a solas, mirando la pared de enfrente mientras desde el salón se escuchaba, bajito, un magazine de esos mañaneros, donde lo mismo se hablaba del último crimen mediático o se despellejaba a la familia de algún famosillo. Así día tras día, mes tras mes, de primavera a invierno. Al medio día preparaba el almuerzo para Juan. Los lunes y miércoles, pollo; martes y jueves pasta o arroz; los viernes siempre pescado; los sábados pizza y el domingo llamaban a algún restaurante chino que trajera comida a casa.  Algún día Juan llegaba con ganas de postre extra y la follaba, poco y mal, encima del sofá o apoyada en la mesa del salón. Sin quitarse la ropa. Apenas con las bragas bajadas y él con el pantalón y los calzoncillos por las rodillas. Después, sentado en ese mismo sofá, mientras se limpiaba con las servilletas del almuerzo, le pedía un cafecito cargado, porque ya sabes, cari, que después de follarte siempre me da sueño. Y ella le preparaba ese café mientras apenas contenía sus lágrimas de dolor e impotencia y se preguntaba, mientras sentía sus bragas húmedas con su semen, qué había pasado con su vida. Cuándo había cambiado ese Juan amoroso que se preocupaba por ella y que le hizo sentirse una reina -¿eso fue cierto alguna vez o se lo había imaginado?- y se había convertido en ese tipo con las uñas sucias, barrigón y calvo que dormitaba en el sillón esperando ese café de después del polvo.

viernes, 21 de abril de 2017

La carrera.



                     Cuando se encontraron por primera vez en la Facultad de Derecho de la ULPGC eran dos perfectos desconocidos. Juan acababa de llegar de Sevilla y Andrés venía de la Aldea. Compartieron cuarto en el pequeño piso de estudiantes donde vivían otros dos chicos más: Julián y Marcos. Julián jamás acabó la carrera. El suicidio de su madre lo sumió en una profunda depresión y fue dejando de asistir a clases hasta que, un día, al volver al piso para cenar, vieron que sus cosas ya no estaban allí. Se había marchado sin despedirse. Marcos se echó novia rica y ambos dejaron la carrera para atender los negocios de la familia de ella. Juan y Andrés, sin embargo, aprobaban año a año, al menos hasta quinto. Ese año a Juan se le atragantó Filosofía del Derecho y Andrés la suspendió intencionadamente. Querían acabar juntos la carrera y, una vez licenciados, encontrar trabajo juntos. Tardaron dos años más en encontrar trabajo. La crisis y el hecho de que le dieras una patada a una farola y cayeran doscientos abogados no facilitó para nada esa labor. Dentro de seis días celebrarán su quinto aniversario en la empresa. Al final lograron el trabajo y ambos están en la misma sede. Juan prepara los pedidos en Telepizza y Andrés los reparte. Allí trabajan con Pedro, un graduado en empresariales que se turna con Andrés en las labores de reparto. Los tres comparten el mismo piso que Juan y Andrés alquilaron cuando, doce años antes, con dieciocho años recién cumpliditos, soñaban con acabar Derecho y trabajar en el mismo despacho.

miércoles, 19 de abril de 2017

La razón.



              Se veían a diario y él soñaba despierto con desnudarla lentamente y acariciar su cuerpo, rozándolo apenas, hasta hacerla gemir y retorcerse de deseo. Se preguntaba a qué sabría su piel, cómo olería su cuello y se desesperaba por saborear su lengua. Ansiaba abandonarse entre sus brazos y sentir sus pechos, rotundos, rozarle erizados el suyo. Pero cada vez que estaba a punto de ceder ante el deseo, la razón le advertía de que muchos sueños acababan en pesadilla. Por eso, a pesar de que cuando se acercaban tanto que sentía el olor de su boca o que notaba el calor de su cuerpo a través de la ropa, el miedo a que todo quedara en otro fracaso, uno más en su vida, hacía que se alejara lo antes posible con cualquier excusa estúpida dejándola con la rabia y la frustración de ser rechazada de nuevo, aunque fuera sutilmente, y quedándose él con la sensación de que, a lo mejor, un poco de locura puede que no fuera tan mala.

domingo, 9 de abril de 2017

El semidiós



             Se sentía genial. Podría volar si quisiera. Nada era capaz de vencerlo, de eso estaba seguro. ¿Dormir? Eso era para los débiles, no para él. Él era fuerte, un líder. Es más, si viviera en la antigua Grecia, sería un semidiós. Nada podía con él, nada, excepto el culo de aquel tráiler al doblar la curva y la combinación de alcohol y medicinas que llevaba dentro. Era inmortal, le dio tiempo a pensar mientras el golpe le reventaba la cabeza contra el cristal del parabrisas y el coche se convertía en un amasijo de chatarra que envolvía su cuerpo roto por decenas de sitios.

viernes, 7 de abril de 2017

Marina y Carlos.

  
                       Se ven cada mañana en el desayuno. Entre el café con leche, el zumo y las tostadas se cuentan cómo han pasado la noche mientras que sus ojos se iluminan con un amor incontenible, adolescente e ilusionado. Mientras pasean por el parquecito cogidos de las mano hablan de sus planes, de sus temores y, escondidos detrás de un roble, se dan un beso casi furtivo después de cada vuelta. Llevan sesenta años casados pero cuando se miran a los ojos, Marina solo ve al joven que la conquistó y Carlos solo puede ver a esa chica tímida de la que se enamoró cuando ninguno de los dos tenía el rostro con arrugas y el corazón destrozado. Solo en esos momentos se olvidan de que ya no viven en su casa sino en esa fea residencia donde los obligan a dormir en pisos diferentes