jueves, 9 de octubre de 2008

En la soledad de la noche



A veces, cuando el dolor y la angustia me despiertan, ya sé que haga lo que haga no voy a poder dormir más esa noche, así que me levanto tratando de despertar a nadie más y deambulo en silencio por la casa vacía de ruidos.
Al final siempre acabo sentado en la habitación larga, mirando al caballito balancín de madera, al buda meditando en silencio su karma, al círculo lleno de círculos concéntricos que terminan en un agujero, en el vacío. Mi mirada va de allí al molinillo turco de especias, con su brillo de bronce mate y de allí a las campanas tibetanas ideadas para despertar a sus dioses. 
Este lugar, junto con la biblioteca, son mis preferidos de la casa.
 Pero este además tiene un ventanal que da a un estanque, y a lo lejos, a la montaña de Cardones, donde, cuando se encienden las luces del pueblo, parece el decorado de un Belén Navideño.
De vez en cuando, entre mordida de dolor y zarpazo de angustia, veo pasar a lo lejos, a toda velocidad, las luce de un coche rompiendo ese espacio de negrura absoluta, mientras a mi alrededor la soledad y el silencio es total. Bueno, lo sería si no fuera por el insistente martilleo dentro de mi cabeza. Entonces, de rondón, por la ventana, se cuela una ráfaga de aire helado que traspasa mi cuerpo. 
Es octubre y ya se va notando el frío. Es cuando me doy cuenta de que, aunque en mi corazón aún arde el vigor del guerrero, en mis huesos el frío del otoño ya se ha enseñoreado y va apagando poco a poco ese fuego, y eso está de pasó oxidando cada día un poco más mi cerebro.
Al fondo el cielo clarea en rojo. Comienza a amanecer. La noche se va, pero el dolor y la angustia se quedan conmigo.
Huelo a café. Otro vecino ya está levantado también y se acaba el silencio con los ruido de los cacharros de su cocina. Oigo silbar su cafetera, su taza golpear contra el plato, y huelo la mezcla de café y tabaco con el tenue sonido de su tele al fondo desgranando las malas noticias del día.
Suspiro resignadamente, doy una última mirada por la ventana y me preparo para otro día más. Exactamente igual que ayer. La vida sigue.

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