sábado, 9 de enero de 2016

Fe caída.



                            De niño acudía asiduamente a misa. Entonces iba por que esa era la tradición en su familia, profundamente católica. De mayor acudía muchas veces por inercia y otras tantas por temor. Tenía miedo a que un castigo celestial se abatiera sobre él si no lo hacía y al mismo tiempo tenía la confianza de que si cumplía con todas las normas, absurdas o no, las cosas le saldrían redondas y estaría bendecido por un halo divino. Cuando su madre murió y dios no hizo nada, aceptó que era su voluntad, lo mejor para ella y rezó por su alma. Cuando su hermana desapareció sin decir nada a nadie y los rosarios y las novenas a Santa Rita no surtieron ningún efecto, empezó a pensar que algo no funcionaba en su sistema. Tal vez el fallo estuviera en él, Tal vez no rezaba con el suficiente fervor, y siguió rezando. Pero cuando una tarde llegó a su casa antes de tiempo con una jaqueca y se encontró a su mujer y a un señor con bigote y barba jugando a los médicos no pudo reaccionar y, aunque se fue a la iglesia a rezar, dios y él estuvieron sordos el uno para el otro. Desde ese día se miran en silencio como dos viejos conocido que nada se deben, que nada necesitan uno del otro y que nada tienen que decirse entre ellos. 

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