miércoles, 12 de mayo de 2010

¡Ping, pong, fuera...!

El 28 de septiembre de 2008 sufrí un accidente doméstico; estaba fregando los suelos cuando al agacharme para rodar el cubo, algo crujió en mi espalda. Sentí un dolor quemante y todo lo que veía era un fogonazo tras otro en mis ojos mientras que me moría de fatigas. Una ambulancia me evacua a urgencias y una vez estabilizado, me remiten al médico de cabecera.
Mi doctora, atendiendo a lo que ponía en el informe de urgencia solicita que me observen en la unidad de raquis del Negrín. Tres meses más tarde, me llaman de esa unidad y me dicen que para que ellos me atiendan precisan que me valore un traumatólogo. Un mes después, me ve el traumatólogo, quien confirma el parecer de la doctora de urgencias y de la mía de cabecera y me manda, esta vez con todas las bendiciones a la citada unidad de raquis, la elite de los traumatólogos.
A todo esto ya había pasado cuatro meses y medio, yo no podía andar sin bastón, me caía y el dolor no me dejaba vivir.
Cuando me ve el especialista, un doctor muy amable en su trato, comprueba que el daño existe, que carezco prácticamente de reflejos y de fuerza en mi pierna izquierda y que  la derecha está algo limitada, Comprueba, además, que la pierna izquierda está más delgada ya que la derecha debido a que los músculos no trabajaban como era habitual. No obstante, para comprobar hasta donde llegaba el daño, solicitan que me hagan unas pruebas diagnósticas.
16 pruebas diagnósticas después, un preoperatorio efectuado, vencidos ya los seis meses de rigor de mi inclusión en la enorme lista de espera quirúrjica para operarme e implantarme unas placas y diez tornillitos en la columna, decenas de documentos, consentimientos y autorizaciones firmados, el 12 de mayo de 2010, 19 meses más tarde de aquel 28 de septiembre de 2008, el equipo de cirujanos de la mencionada unidad de raquis se reune para decirme que había un error en el diagnóstico, que ahora no recomiendan la intervención, que no saben qué me puede estar ocasionando el dolor y que, en cualquier caso, la solución no estaba en su especialidad. Que tal vez fuera neurológico, que lo mejor es que me atiendan en la unidad del dolor... En fin, que me despacharon con dos palmaditas en la espalda, un "lo sentimos mucho" y poco más. Cinco minutos -y todos de pie- les bastó para mandarme después de todo este tiempo y sufrimiento a la casilla de partida de nuevo.
Sólo mi doctor, el que me vio desde la primera vez, parecía sentir un verdadero pesar.
¿Y yo, mientras tanto, qué?
Pues sigo necesitando un bastón para andar, no pudiendo trabajar por el dolor, no pudiendo dormir por el dolor, no pudiendo andar con normalidad por el dolor, no pudiendo llevar una vida plena por el dolor y con la sensación de ser una pelota de ping-pong a la que todos golpean para echarla de su campo.

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