jueves, 19 de agosto de 2010

Solidaridad Internacional, pero menos...

Parece que en los dos últimos años la tierra se ha vuelto loca. Huracanes, ciclones, maremotos, terremotos, volcanes, riadas o sequías extraordinarias azotan cada poco una u otra parte del mundo. Nada ni nadie está a salvo. Ocurre tanto en la mitad de la Europa más desarrollada -Italia o Islandia- como en la América más pobre, como es el caso de Haití. Y entre medio, países y zonas de todo calado: Chile, Japón, India, Rusia, China...
Siempre que ocurre algo de este tipo el resto de países, generalmente los más desarrollados, acuden a la llamada de la solidaridad. Haití es el ejemplo más reciente. Desde el envío masivo de ayuda -ayuda que casi nunca se sabe organizar cómo entregarla a la población de manera adecuada- hasta el envío de médicos, ingenieros y militares para reconstruir y reorganizar un país destruido hasta sus cimientos. Con Haití se dio un paso más allá y se le condonó la deuda externa; deuda, por otra parte, incobrable debido al estado de quiebra absoluta en el que estaba el país incluso antes del terremoto.
Ahora le toca a Pakistán.
Según la ONU, podemos estar ante un desastre de mayor envergadura que el de Haití o el maremoto de Indonesia. Una superficie igual a la de Italia y más de 20.000.000 de personas afectadas. Sin embargo, a pesar de estas cifras, esta vez la comunidad internacional ha estado especialmente lenta en el envío de ayuda.
Lenta y parca. Por ejemplo, España, para Haití comprometió más de 300 millones de euros y para Pakistán lleva, dos semanas después de la catástrofe, 6 millones y a base de subir poco a poco la aportación. Y así todos los países.
¿Por qué? ¿La crisis? Puede ser. Sin duda, el dinero ya  ni fluye igual ni se gasta igual ni los compromisos de reducir el déficit lo permite. Sin embargo, mi opinión es que la razón subyacente -y esas suelen ser las más importantes- es que lo que retrae esa solidaridad (falsa solidaridad muchas veces) es el miedo.
En Haití había un gobierno corrupto. Lo más que podía pasar es que una parte, mayor o menor, de lo envíado en dinero o especies acabara en el mercado negro o en los bolsillos de los gobernantes. Nada nuevo y, desde luego, nada peligroso para el donante. Pero Pakistán es diferente. Allí, y sobre todo en la zona de la catástrofe, hay una infiltración muy importante de grupos fundamentalistas islámicos. Grupos que, en muchos casos, costituyen un verdadero gobierno en la sombra y cuyo poder fáctico va en aumento día a día y con cada bomba que se equivoca de blanco en el vecino Afganistán, matando a civiles que celebran bodas o a niños y mujeres en aldeas de montaña. Esos daños colaterales de una guerra que ellos perciben de manera diferente a nosotros, sólo hace de acelerante para la hoguera del fundamentalismo en la zona.
¿Qué país está dispuesto a envíar una ayuda que puede acabar en manos de esos grupos hostiles a todo lo que les huela de lejos a occidente? ¿Qué gobierno está en disposición de explicarle a su pueblo que la ayuda que envió para los afectados por las riadas se ha convertido en un balón de oxígeno para los fundamentalistas que sustentan a grupos terroristas?
El miedo es un gran freno.

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