jueves, 16 de diciembre de 2010

La vieja Italia


Roma arde.
Y esta vez no fue Nerón quien la incendió para tener un escenario lo suficientemente dramático para acompañar a la música de su lira, (cosa que en realidad no ocurrió así, pero que los protocristianos y Hollywood se han encargado en implantar en nuestra mente como verdad cierta) sino que se debe a Berlusconi y a su descarado mangoneo de las normas de República y su más absoluto desprecio sobre eso que se ha dado en llamar "ética política". Lo que no deja de ser un contrasentido puesto que ética y política asociados en la misma frase son conceptos que se contradicen entre sí.
Berlusconi ha logrado elevar a categoría la anécdota del estereotipo del italiano. Macho y machista, chulo como pocos,  
buen comedor, mejor bebedor y gran juerguista, hombre de honor y "amigo de sus amigos" (El Padrino de Mario Puzzo nos enseñó toda la extensión de los significados de ambas características) y con un desparpajo que llega a ser insultante.
La indisimulada compra de votos de los parlamentarios de la oposición -se llega a hablar de maletas con 500.000.-€ o hipotecas milagrosamente canceladas por terceros- para poder mantenerse aferrado al sillón presidencial ha sido la mecha que ha encendido esta hoguera de disturbios, algaradas y destrozos.
Si eso hubiera ocurrido en cualquier país tercermundista o subdesarrollado, ya estaría ahí la comunidad internacional sometiéndolo a embargos, notas de condena, sanciones y todas esas zarandajas que sirven para rellenar hojas y hojas en la prensa y para nada más. Pero esto ha ocurrido en Italia, en la cuna de la vieja Europa, en la Urbi que fue centro del Orbe, como a ellos les encanta recordar, así que lo más que pasará es que en la próxima foto de familia del G20 o de los presidentes de la UE, será Sarkozi el único que tenga tragaderas para aguantarle los comentarios chulescos del conditore.
 Roma arde, y Berlusconi ríe aún.

1 comentario:

Jorge Muzam dijo...

He tenido la permanente cuasi convicción de que los italianos han prosperado a pesar de su clase política, no gracias a ellos.

Entender la dinámica profunda de la política italiana es casi tan complejo como entender la dinámica japonesa o argentina. No se puede acceder mediante un ejercicio de la lógica, sino más bien vinculándose desde el más puro surrealismo.

Hoy tenemos a un Berlusconi incrustado en la columna vertebral de esa dinámica, y aunque decaiga o se aleje a ratos, sabemos que volverá cada tanto con sus pachotadas y componendas, aún más descaradas que las de Andreotti.

Sin embargo, a una buena parte de los italianos les gusta o acomoda ser asociados con esta ramplona imagen del macho italiano exitoso, por lo que se advierte que il cavallieri tiene vida para rato.

Un abrazo amigo Chamali.