jueves, 22 de diciembre de 2011

Una historia corriente.


Matías ya estaba harto. Cada día era un añadido a su frustración, así que cuando el nivel de la misma llegó a un punto insoportable, estalló. ¿Qué se creía la zorra esa? ¡Ya estaba bien, hombre! Sin duda que había llegado el momento de darle una lección que no olvidase.
Sí, sin duda. Había que colocar a esa cabrona en su sitio.
Matías estaba cansado; cansado de que Leyla, su mujer, siempre estuviera metiéndose con él, cansado de que lo infravalorara, cansado de que pensara que él ya no valía para nada, que era poco menos que un adorno -y un adorno bastante feo- en su casa, de que lo utilizara como centro de sus puyas en las reuniones de amigos...
Sí, Matías estaba harto, así que decidió que nada mejor que darle una buena lección a esa tipa.
Claro que esa tipa era su mujer, pero él ya no veía en ella aquello que lo enamoró hacía más de diez años.
¿Dónde se había metido su dulzura? ¿Dónde escondió sus caricias y sus besos apasionados? ¿En dónde se escondía ahora aquella mujer que se quedaba absorta escuchándole cuando él hablaba de sus sueños y de sus metas, de cómo iban a ser su vida? Y sobre todo, ¿cuándo se había convertido en ese ser abyecto y burlón que era ahora?
No, sin duda, había que arreglar esa situación y poner las cosas en su sitio. Él era un hombre... no; él era el hombre, y ella no paraba de meterse con él y de dejarlo en evidencia burlándose de sus sueños, de sus ideas, de su presente, negándole el futuro, ese futuro que él había soñado para los dos... ¡Esa zorra se merecía una lección y él se la iba a dar! 
A ver qué cara ponía cuando le llegaran los rumores de que él estaba con otra. Seguro que ya no volvería a hacer bromas con su hombría. Ni ella ni sus amigos. 
Matías sonreía al imaginarse la escena: Leyla desesperada ante la posibilidad de que otra le quitara a su esposo, ante la visión de sí misma, en la frontera de los cuarenta, perdida ya esa belleza luminiscente que tenía a los veintisiete años, cuando se conocieron. ¡Sin duda que esa imagen era aterradora para ella! Bueno, para ella y para cualquier mujer, pensaba Matías. Sin embargo, él había mejorado con la edad. Esas primeras canas dispersas por su cabeza, las gafas y su andar pausado le conferían un aire más interesante, a los Georges Clooney.
¡Ya vería la puta esa de lo que él era capaz cuando se pusiera a conquistar a otras mujeres! Sin duda ese sería un golpe que no esperaba.
Y así, sonriendo tontamente, llegó a su casa.
Tardó en darse cuenta de lo que ocurría. De hecho, hasta que no se sentó  a ver la tele, no reparó en la nota que estaba pegada en la puerta de la nevera con un imán.
Cuando la empezó a leer, la sonrisa se fue desvaneciendo poco a poco.
"Hola Matías: hola y adiós. Me voy. No soporto más tus desplantes. No soporto más que me ignores a diario, que ya no me desees, que cada beso tuyo haya que conquistarlo como si de la cumbre del Everest se tratara, que me trates como si fuera la chica del servicio doméstico. 
Me harté Matías. O me hartaste, no lo sé. Pero ya no aguanto más vivir junto a un hombre que ya no tiene sueños, que renunció (no sé bien cuándo ni por qué) a sus metas, a nuestras metas, a aquellas que soñábamos cuando nos conocimos. ¿Te acuerdas? Seguro que no, porque si te acuerdas, no entiendo por qué las olvidaste para convertirte en ese ser amargado, despótico y ácido que hoy eres.
Tal vez fue un error casarnos. Tal vez fue un error que yo dejara mi trabajo, a mis amigos, mi vida, para ser ese oscuro apéndice tuyo en el que me has convertido. Tal vez fue un error no decírtelo antes, a pesar de mis intentos para hacerlo.
Tal vez todo en nuestra vida ha sido un error. O una mentira. No lo sé.
Sólo sé que me harté y como tú no te das cuenta nunca de nada, ni siquiera de que me arreglo más, de que me cambio el peinado para tratar de que me veas, para que me vuelvas a desear, me voy.
Sé feliz. Yo por mi parte intentaré serlo.
Te quise mucho."
Matías cayó derrumbado en el sillón con la carta en la mano. ¡La muy zorra lo había vuelto a hacer! ¡Le había quitado el placer de la venganza y había convertido su incipiente victoria en otra amarga derrota!
De repente la casa se hizo más grande, más fría y oscura, y él ya no se sentía más como George Clooney.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Aspirina Vrs 10.000.-€

Foto de Corbis

Ya es típico el tópico de que cuando la mujer no quiere tener relaciones sexuales con su marido alega estar indispuesta; casi siempre con un terrible dolor de cabeza. Y punto. Ahí se acaba la discusión. ¡Faltaría más!
De hecho hay multitud de chistes sobre el tema. ¿Quién no conoce aquél en el que llega el marido a la cama con una aspira y un vaso de agua y sin mediar palabra se la da a su esposa? 
¿Y esto? -pregunta ella- Para tu dolor, contesta él.
¡Si no me duele nada!
¿Entonces esta noche sí que hay tema?, pregunta esperanzado...
¿Pero si es el hombre el que por fatiga crónica o por problemas de salud no puede o no le apetece "cumplir" con el débito conyugal?
Pues si es en Francia, que prepare la cifra de 10.000.-€ para indemnizar a su esposa en concepto de daños y perjuicios.
Al menos así lo ha estimado un tribunal de Aix-en-Provence que ha condenado a un marido denunciado por su esposa por no hacerle el amor a pesar de que éste presentaba un diagnóstico medico de fatiga crónica, y para ello se han basado en el artículo 1.382 del Código Civil Francés, según el Diario Le Monde.
¿Y digo yo, la afligida esposa, después de 21 años de matrimonio y 10 de abstinencia, no ha echado ninguna canita al aire? ¿No ha pensado que era más fácil el divorcio y así solucionar de raíz el problema? ¿Para qué querrá esos 10.000.-€? ¿Le aliviarán la libido?
¡Pero qué raros son estos franceses!

viernes, 4 de noviembre de 2011

Cuando me vaya

Autora de la ilustración: Susana Bonet

No quiero rosas a mi alrededor el día en que haya de partir.
Ni quiero lágrimas o dolor en los ojos de quien me acompañe. Las lágrimas y el dolor son para el camino, cuando llegas al final es el descanso y la paz lo que esperas encontrar.
Quiero enfrentarme a mi final con la mirada sosegada del  que vivió y pasó por este mundo haciendo lo mejor que pudo aquello que sabía hacer, liberado de la angustia, de los objetivos a cumplir, de los miedos y ansiedades.
Quiero que el silencio me acompañe, que ningún ruido me distraiga de ese momento.
Quiero acabar como he vivido, sabiendo que nada va a cambiar me vaya o me quede un poco más. Y luego cerrar mis ojos a esta parte del universo para poder abrirlos en la otra parte, allí donde lo que importe sea lo que soy y no lo que otros esperen de mí.

sábado, 8 de octubre de 2011

Lo que yo te diga...


Les juro que la noticia de la que voy a hablarle es absolutamente real, aunque les aseguro también que tuve que leerla dos veces para convencerme de que no estaba sufriendo una alucinación producida por el efecto acumulado de los medicamentos que tomo para aliviar el dolor.
La noticia, de la agencia Europa Press y fechada el 7 del 10 del 2011 en Nueva York, dice así:
"FLORIDA PROPONE RECUPERAR EL LANZAMIENTO DE ENANOS CONTRA LA PARED PARA CREAR EMPLEOS"
Yo al principio creí que hablaba de esos horrorosos enanos de jardín que la gente, vaya usted a saber por qué inexplicable motivo, se dedica a coleccionar y a colocar como si fueran estatuas del Partenón griego. Pero no, resulta que se refería a seres humanos de poca estatura.
Al parecer, un miembro republicano de la Cámara de Representantes por el Glorioso Estado de Florida, Richt Workman, supongo que perteneciente al ala del Tea Party, ha propuesto levantar esta prohibición en vigor desde 1.989. 
Este adalid del pleno empleo considera que el Estado de Florida lo que está haciendo es impedir a este colectivo acceder a trabajos que algunos de ellos estarían felices de conseguir.
Por lo visto, el empleo consiste en forrar al enano en un traje de goma espuma y que un grupo de vociferantes borrachos los lancen los más lejos posible contra una pared. Que muchos de los "empleados" hayan caído en el alcoholismo, otros hayan acabado heridos y una se haya suicidado, son "gajes" del oficio.
Según Workman, "¿qué derecho tiene el Estado para impedir que la gente obtenga un empleo remunerado?"
Cuando logré salir de la estupefacción pensé que en el fondo no era tan mala idea.
Eso sí, cambiando enanos por políticos, banqueros y economistas. Y además, como opinaba un lector de la noticia, hasta podríamos prescindir del traje acolchado.
Seguro que la iniciativa obtiene un gran éxito empresarial y de público.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Un hombre justo.


La humanidad lleva toda su historia, al menos toda la escrita, buscando lo mismo: un hombre bueno, o lo que es igual, un hombre honrado.
Ya Abraham, si hacemos caso al Génesis, discutía con Yahve regateando -eso lo llevamos en la sangre- el número mínimo de hombres justos que sus ángeles habrían de encontrar entre Sodoma y Gomorra para no destruirlas, consensuando este número en diez justos para salvar las dos ciudades, pero ni aún así. Ni diez hombres honestos y justos pudo encontrar.
Tal vez el bueno de Abraham se pasó de optimista.
Diógenes de Sinope sin embargo lo tenía más claro. El se conformaba con encontrar uno, tan sólo a un hombre bueno en toda Atenas. Y con tal fin iba descalzo y semidesnudo, con un farol en la mano, en su busca, despreciando a todos los que se tropezaban con él, calificándolos de escoria, pero no de hombres, y menos de honestos.
Curioso personaje Diógenes. 
Hoy sería un perro flauta, tal y como llaman despectivamente en España a los integrantes del 15-M. 
El principio de su filosofía consistía en denunciar por donde iba los convencionalismos y oponer a ello la naturaleza del ser humano.
¡No me dirán que no era un rebelde!
Andaba descalzo, vivía en un tonel, tenía como únicos bienes un bastón, una capa -con la que cubría su desnudez- y una escudilla con la que bebía, y hasta de ésta se desprendió cuando vio a un niño beber con las manos.
Hoy, a poco más de 70 días de las Elecciones Generales de España, en medio de la peor crisis de los últimos 70 años (de momento, aún podemos batir record y superar a la del 29...), yo, y muchos como yo, andamos como Abraham o Diógenes buscando a un hombre justo y honesto en quién confiar los siguientes cuatro años de nuestras vidas.
¡Y después dicen de mí que no soy optimista!

martes, 19 de julio de 2011

Tarde de lluvia


Llovía. No era una lluvia intensa. Ni siquiera era una lluvia molesta o agresiva, sino más bien una de esas lluvias casi tímidas, apenas perceptibles, pero incesantes. De hecho, llevaba horas que no paraba de caer esa llovizna fina y casi trasparente, pero que dejaba todo empapado y el cielo tan negro que parecía asfalto.
Pero la verdad es que me daba igual. Desde que el celador abrió la puerta, salí sin mirar ni atrás ni a otro sitio que al pequeño parque que estaba situado justo enfrente a la entrada. Llevaba meses queriendo sentarme en el banco que podía ver desde mi ventana; el que estaba junto a una papelera naranja fuego, al lado de una curva del camino.
Tal vez hoy no fuera el mejor día para sentarse en él, pero a mí me daba igual. 
Desde allí lancé la mirada tratando de localizar la ventana -mi ventana- de la habitación donde había estado recluido tanto tiempo. ¡Qué diferente era la vista desde aquí! Tal vez se deba a lo triste y gris del día, pero ver a mi compañero asomado a la misma ventana donde yo permanecía tantas horas durante tantos días me hizo sentir de golpe lo triste y patético de la situación.
Jorge, mi compañero de habitación, tenía la mirada perdida. Miraba hacia donde yo estaba sentado. Era difícil mirar para otro lado desde allí. Las opciones eran o el parque con su banquito o el muro despintado de la parte trasera del hospital. Sí, miraba hacia aquí, pero tenía la impresión de que no me veía. Estaba absorto en su mundo interior. Él aún estaba sometido al haloperidol. Todavía temblaba y tenía ausencias, y babeaba.
No era un mal tipo, aunque sí había tomado malas decisiones en su vida y éstas habían despertado una esquizofrenia con delirios que acabaron con su familia, y con él encerrado por sus ataques de agresividad. 
Ambos hablábamos poco. Ninguno teníamos mucho que decir. 
A ninguno nos gustaba nuestra vida. Él se inventaba un mundo hostil para justificar ese disgusto. Yo, simplemente odiaba el mundo en que vivía, sin más.
A  Jorge lo pillaron intentando acabar con sus compañeros de trabajo. Dicen que dijo que Dios se lo ordenó. Tuvo suerte: sólo hirió a tres de ellos, aunque uno quedó parapléjico. Pero no mató a nadie a pesar de que descargó tres veces su escopeta contra los compañeros de oficina. 
¿Quien les da licencia de caza a estos tipos? ¿Cómo pasan el test psicotécnico? ¡Vaya mierda de psicólogos!
A mi me encerraron por intentar acabar con todo; es decir, por intentar acabar con mi triste y aburrida vida. Fracasé hasta en eso...
¡Bueno para nada!
El psicólogo ha trabajado duro conmigo. Tras seis meses de labor conjunta con el psiquiatra, hoy me han dado el alta.
Dicen que es lo normal después de un tercer intento...
Dicen que ya estoy preparado para afrontar mi vida con responsabilidad y madurez...
Desde mi ventana, durante estos meses, he visto que detrás del parque hay un puente bastante alto y que justo por debajo oía pasar el tren más o menos a estas horas. Ya falta poco. 
Estoy empapado, pero la verdad, creo que ese detalle ahora carece de importancia.
¿El psicólogo del clínico será el mismo que preparó el psicotécnico que habilitó a Jorge para obtener el arma y la licencia de caza?
Ya oigo el tren acercarse. Jorge está mirándome. Ahora sí. Le hago un saludo de despedida y me lo devuelve con una cierta torpeza.
¡Puñetero haloperidol!

domingo, 3 de julio de 2011

Sembrar y recoger


Un amigo mío guardó en el bolsillo de una chaqueta 5 euros hace casi diez años, apenas se puso el billete en circulación, y luego guardó la prenda de ropa en lo más profundo del armario. 
Pasaron los años, se mudó de casa, cambió de trabajo, su hijo fue a la universidad y se graduó y él se olvidó de aquel billete nuevecito, recién sacado del banco el primer día laborable del 2002.
El viernes, tomando un café y recordando viejas anécdotas, recordó de repente ese billete y lo que había hecho con él y se levantó corriendo en busca de aquella chaqueta. Aunque perezca mentira ahí estaba, en el fondo del armario, dentro de un forro de plástico de esos que -supuestamente- son para proteger la ropa. Rebuscó en el bolsillo interior y como recién salido del banco en ese mismo momento, apareció el billete de 5 euros.
Yo pensé que se iba a alegrar, sin embargo en su cara noté una cierta desilusión, como si en el fondo esperase encontrar algo diferente, otro billete de mayor cuantía. Aquello me hizo reflexionar sobre cómo actuamos en la vida.
¡Cómo somos!

Actuamos durante la vida sin pensar en las consecuencias de nuestros actos, en que todo lo que hacemos, todo lo que decimos -o lo que dejamos de hacer o de decir- no sólo nos afecta a nosotros sino que se extiende a quien nos rodea e incluso, a veces, a otros que no vemos pero que dependen de nuestros actos. Pero luego nos extrañamos de que a la vuelta del tiempo las consecuencias de esos actos no sean las que nosotros queríamos sino las que sembramos. Creyendo que las cosas se nos debe por derecho divino, porque somos nosotros, porque sí. La sociedad actual educa a la gente en la ley de mínimo esfuerzo. Lo del sudor de la frente para comer es tan anticuado...
Pasar de curso antes era una decisión del profesor basándose en las notas del alumno. Ahora, aunque el alumno suspenda 6 de 9 asignaturas, si sus padres se empeñan y dan la lata al inspector escolar y "asumen la responsabilidad", el niño pasa de curso. 
¿Qué lección aprende ese niño? ¿Para qué se va a esforzar en aprender -o en trabajar el día de mañana- o en nada? Si lo que saben es que alguien: papá, mamá o papá Estado saldrá en su auxilio cuando las cosas se pongan feas. ¿A qué preocupase?
Nos olvidamos de que en la vida sólo nos encontramos lo que sembramos y regamos.
No como mi amigo, que al parecer guardó en su chaqueta un billete de 5 euros y se extrañó de no encontrar uno de 50 sin hacer nada más que guardar la chaqueta en la oscuridad un armario durante casi diez años.

martes, 28 de junio de 2011

Amigos así...



Tenía que haber sospechado algo cuando recibí la llamada de Sánchez con la invitación para almorzar.
A pesar de que nos conocíamos desde la escuela, yo no calificaría nuestra relación como de amistad. Si hubiera de ponerle algún adjetivo, éste sería más el de conocidos -y casi diría que con poco roce- que el de amigos.
Sí, es cierto que habíamos tenido alguna relación comercial. Mi padre y el suyo mantuvieron negocios en el pasado y nosotros, de alguna manera, seguimos con la costumbre. Yo era cliente de la compañía para la que él trabajaba (y no era un mal mal cliente, la verdad) y él de vez en cuando adquiría algún artículo de mi comercio antes de que lo cerrara. Lo justo para mantener la ficción de que había un quid pro quo entre los dos que mantuviera la relación -fuera la que fuera- en ese estado casi vivo en el que la manteníamos.
Luego, cuando tuve que cerrar mi negocio y me dediqué al asesoramiento financiero, poco a poco nos fuimos alejando y sólo manteníamos esa especie de ficción cuando nos encontrábamos casualmente por la calle, en algún café o el el duelo o la boda de algún amigo común. (Nunca supe diferenciar bien las dos ceremonias. En ambas se llora y alguien gana con la desgracia de otro...)
Por eso, cuando recibí la llamada para invitarme a almorzar en uno de los restaurantes de moda del momento, debí haber sospechado que algo extraño estaba pasando.
Después de pedir, y tras empezar con los entrantes, mientras saboreábamos un excelente Rioja a un precio escandalosamente excesivo, me suelta de sopetón:
-Por cierto, Lidia y yo nos separamos. No pasa nada. No hay ninguna tercera persona -hizo una pausa- al menos eso espero. Pero es que las cosas ya estaban muy frías y no compartíamos nada más que el techo y la cuenta corriente.
La noticia me pilló con un canapé de foie a la pimienta a medio camino entre la mesa y la boca.
Sánchez y Lidia eran la pareja perfecta: guapos, ricos, de familia bien, sin broncas conocidas...Una de esas parejas diseñadas  para compartir la vida alrededor de una meta recubierta de objetivos que se van consiguiendo paso a paso, sin pausas y sin distracciones. Lo del amor entre ellos puede que fuera un requisito, pero desde luego No era el requisito, así que no entendía eso de la frialdad y lo de que sólo compartían casa y cuenta corriente. ¿Cuándo habían compartido otra cosa? Pero sobre todo, no entendía por qué me contaba todo esto a mí. Yo no sólo no era amigo, pero suponiendo que él me quisiera considerar así, desde luego no era de los que pudiera considerar de los íntimos.
-¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Hace años que prácticamente no nos vemos? ¿A qué viene esta conversación ahora, Sánchez?
-Hombre, es evidente. Tú no te mueves en mi círculo.
-¿Y eso significa que...?
-¡Pero esta claro, hombre! Necesita saber cómo reaccionará la gente si al final me decido en algún momento cercano a dar este paso, si voy a obtener rechazo u apoyo, como lo tengo que exponer para grajearme las simpatías, y para eso nadie mejor que  un grupo de...amigos como tú y otros  así, que nos conozcan de antes, pero que no nos frecuenten tanto como para que si hipotéticamente se ofendieran no se resienta nuestro círculo más cercano. ¿Lo entiendes verdad?
La verdad es que el canapé estaba rico, pero reconozco que ver la cara de estupor que puso al derramarse accidentalmente la botella de vino en su traje mientras me levantaba para irme con aire digno, me supo mucho más.
Aunque luego tuviera que irme al bar de enfrente y pedirme un bocadillo de queso y una cervecita de barril.
Espero que el vino de Rioja tarde en salirle de su traje hecho a medida.

lunes, 13 de junio de 2011

Flashback


Cuando desperté noté un sabor amargo, extremadamente amargo en la boca,  y un fuerte mareo.
Quise llevarme la mano a la cabeza pero algo me lo impedía. Abrí los ojos pero los volví a cerrar de inmediato: una luz blanca cegadora me hirió en los ojos como si fueran cuchillos al rojo vivo.
Quise levantarme y noté que algo me lo volvía a impedir. Cuando las náuseas pasaron me di cuenta de lo que era: estaba atado a una cama con unas cinchas de cuero forrado. Aquello me asustó y me desesperó por igual y empecé a forcejear y gritar hasta que una puerta a mi espalda se abrió con un chasquido sordo y seco y entró primero un hombre vestido de blanco y al poco salió para volver acompañado de otro vestido de verde.
Yo no podía parar de gritar a pesar de que ambos me pedían que que calmara, y sólo lo hice ante su amenaza de que, o lo hacía, o me tendrían que volver a dormir.
Yo sólo quería saber.
¿Qué sitio era aquél? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué estaba atado? 
No lograba recordar nada.
El señor de verde me dijo que hacía cinco días que había tocado en la casa de mi ex mujer y que cuando me abrió, entré diciéndole que algo le pasaba a mi llave, que no lograba abrir. Dicen que le pregunté qué había para cenar mientras me quitaba la corbata al tiempo que me descalzaba y me tumbaba en le sofá; en mi viejo y cómodo sofá, y le pedía que por favor me trajera una cervecita fresquita comentándole lo duro que había sido el día.
Dicen que cuando ella quiso reaccionar y me preguntó que qué estaba haciendo, que llevábamos quince años divorciados, yo puse una cara muy rara, le pregunté si estaba loca o qué le pasaba, empecé a recorrer la casa, y a darme cuenta de que nada estaba como yo lo recordaba -nada excepto el sofá, ese sofá que tanto eché de menos- me senté en él con la cabeza entre las manos y solo podía decir una y otra, y otra vez "no puede ser, no puede ser. Si yo salí esta mañana de aquí para ir al trabajo. Si desayunamos juntos café con galletas de mantequilla..."
Luego, sigue diciendo el señor de verde, vino la policía y quiso que me fuera con ellos, y yo no quise, y ellos me empujaron, y yo me puse bravo, y ellos también y yo acabé empujando a uno por la ventana y los demás  se tiraron encima mío, que no paraba de gritar que eso no estaba pasando, que todos querían volverme loco.
Y así llevaba cinco días, gritando y durmiendo a base  de calmantes.
No puedo evitarlo, lo que me cuentan es mentira. Estoy seguro de que me quieren volver loco. Noto cómo la ansiedad y la angustia me suben por momentos y no puedo reprimir el grito que me inunda el pecho, que me rompe el alma y trato de nuevo soltarme de estas amarras que me sujetan a la cama.
El señor de verde da una orden y el blanco sale corriendo para volver con una jeringuilla y otro compañero. Entre los tres me sujetan y noto un pinchazo en mi muslo, lo que hace que grite más aún si es que esto es posible.
Pero poco a poco me quedo sin fuerzas de nuevo y esa luz blanca y brillante que me quema en la retina se va opacando y la oscuridad vuelve a hacerse lentamente y entro en ese mundo donde nada es real.
¿O tal vez vuelvo al mundo real y lo que hago es escapar de esta terrible pesadilla? 

lunes, 23 de mayo de 2011

Road history


Ya había perdido la noción del tiempo que llevaba conduciendo. ¿Hoy era martes o miércoles? ¿Día 15 o 16? ¿Este era el coche noveno o décimo desde que salió? No pudo recordar. Sólo sabía que cada vez que se le acaba la gasolina lo dejaba donde se quedaba y andaba hasta que encontraba otro que pudiera llevarse y seguir su camino.
Si al menos supiera hacia dónde se dirigía...
Se miró al espejo retrovisor, pero los ojos enrojecidos de dormir poco y mal, la cara demacrada de comer aún peor y la barba de al menos dos o tres semanas no le ayudaron mucho a despejar las dudas, así que se encogió de hombros y siguió adelante con la mirada fija en la carretera.
Como si supiera hacia donde ir...
Al poco el coche empezó a dar tirones y enseguida se fue parado lentamente. Otro que se quedaba sin combustible. Le molestaba no recordar cuántos iban ya. Le molestaban tantas cosas, que esta no era sino una más, y no la más importante.
O al menos eso creía.
Aunque a decir verdad, no sabía muchas cosas. Sólo que debía seguir alejándose, aunque no sabía ni por qué ni de dónde ni hacia dónde, así que echó a andar hasta encontrar otro vehículo que le sirviera.
Cerca de allí vio el parking de un centro comercial. Allí encontraría otro coche, seguro. Lo de hacerle el puente era fácil, aunque no se acordaba cómo sabía hacerlo. Desde luego, tal y como iba vestido, con traje oscuro y corbata -ahora muy arrugados- no parecía ser un vulgar robacoches, pero eso tampoco le importaba. Sólo le importaba alejarse.
Aunque ni siquiera sabía si de verdad se estaba alejando o en realidad lo que estaba haciendo es volviendo a casa.
De lo que sí estaba seguro es de que quería llegar ya a un lado o al otro.
¿Pero qué día sería hoy, por Dios, martes, miércoles, 15, 16? ¿Y este coche, es el 10 o el 11?
Dios, qué cansado estoy...

viernes, 29 de abril de 2011

Nada nuevo bajo el sol





             Lloro por mi infancia perdida, por mi juventud robada, por mi madurez hecha a golpes y tropezones, de tal manera que me siento como la fruta que, pareciendo madura, cuando la vas a comer resulta estar podrida de los apretones que le han dado tantas manos impacientes. Lloro en silencio, en la soledad de mi cuarto, a oscuras. ¿Es feo llorar en público? No lo sé. Pero la ira y el orgullo no me dejan hacerlo frente a otros que no seamos yo mismo y mis demonios. Ellos ríen mientras yo lloro. Nada nuevo bajo el sol.

lunes, 11 de abril de 2011

Edison y el sr Martín


Cuando Thomas Alva Edison hablaba sobre la bombilla incandescente que acababa de patentar solía decir a los que le comentaban burlones la de veces que había fallado antes de conseguir un prototipo que funcionara, que él no se había equivocado mil veces antes de lograrlo sino que había descubierto mil maneras diferentes de cómo no hacerla, y que que en el futuro nadie al encender una bombilla recordará cuántas veces hubo de intentarlo sino el resultado final. 
Mil fallos antes de dar con una bombilla que funcionara.
Mil fallos para un resultado que lleva más de ciento cincuenta años iluminando nuestras vidas.
Hoy no puedo dejar de pensar en el sr. Martín, Director de Sucursal, y de ámbito Provincial,  de una Compañía de Seguros que ocupa el nº 119 en el "Top Ten" de las compañía que operan en España, unas 135 aproximadamente. No puedo dejar de pensar que si el sr. Martín  hubiera estado en el lugar del Sr Edison, la humanidad aún estaría  alumbrándose con bujías de aceite o de petróleo, o con velas de sebo, porque este señor es alérgico a los cambios y, sobre todo, a los que no salen a la primera.
Tal vez por eso ha podido hacer carrera en esa compañía, donde para mover una mesa de sitio hay que hacer un informe, firmarlo por dos autorizados, remitirlo a central, que lo estudie el departamento correspondiente (sí señores, sí, seguro que hay un departamento correspondiente para eso) lo autorice su encargado, llegue a dirección general, lo firme y vía valija interna, dos o tres semanas más tarde, llegue de nuevo a la oficina, cuando ya han cambiado de opinión y han pensado que mejor no cambiar esa mesa sino aquella  otra...y vuelta a empezar.
O que en 2011, donde hasta los teléfonos tienen internet de banda ancha y las oficinas y casas tienen 10 o 12 megas en el lugar desde donde les escribo, y los ordenadores vienen con 4Gb, el y digo bien  "el " ordenador que tiene a su disposición la red comercial -por supuesto, sin acceso a Internet- es de 517 Kb. Todo un lujo.
El sr. Martín desconfía de estos avances. El sigue añorando los viejos tiempos, cuando la gente no tenía información a golpe de click de ratón. Cuando la competencia era un señor de traje arrugado, maletín de plástico duro y calcetín blanco tocando puertas en un edificio. Cuando no había muchas formas de comprobar que lo que tú decías era más verdad que lo que él decía sino la apariencia de seriedad que pudieras inspirar y lo que publicaras en el folleto: cuanto más grande, más coloreado y con más números, mejor. Así antes se aburría y sólo se fijaba en las fotos de gente sonriente y en las cifras destacadas.
Pero hoy...
Hoy la malvada competencia dota a sus comerciales de portátiles... ¡Portátiles! Y además con acceso a internet. ¡Habrase visto mayor descaro! 
Y encima les enseñan a usarlo para que comparen datos de sus compañías con las de la competencia: datos como cifras de solvencia, facturación en primas, ranking de compañías, y cosillas así que siembran (vaya usted a saber por qué) la desconfianza en el posible cliente hacia la compañía del sr. Martín.
Es por eso que donde esté una buena bujía de petróleo o de sebo, que se quiten las modernidades esas de las bombillas...
¡A quién se le ocurre!


miércoles, 30 de marzo de 2011

Mala memoria


Ya no me acuerdo, pero cuando firmé el contrato para ser padre estoy seguro de que no leí la letra pequeña. Creo que ninguno lo hacemos.
Aquella que dice que nunca hay que poner mala cara a su mala cara, la que dice que hay que reprimir las lágrimas ante las respuestas airadas de los hijos cuando te interesas por su vida, por su hoy y -sobre todo- por su mañana, para que ellos no cometan tus errores. Que se equivoquen es inevitable, pero que cometan los suyos. Repetir los tuyos es equivocarse dos veces. 
Y sin necesidad.
Ser padre es el oficio para el que nunca estás suficientemente preparado, pasen los años que pasen, tengas los hijos que tengas. ¡Y pobre de ti si crees que ya estás listo porque ya tienes la experiencia del primero! Cada hijo, cada hija son parecidos pero diferentes y sus vidas también.
Mis hijas son y han sido, junto con mi pareja, los tres lados del ancla que mantienen mi barco firme a pesar de estar azotado por tormentas y marejadas.
Pero la madera ya hace aguas.

sábado, 19 de febrero de 2011

Lo sé.


Sé que te echaré de menos cuando todo esto acabe. Sé que jamás volveré a tener un cómplice como tú, que jamás encontraré a nadie que sea capaz de entender mis silencios abruptos después de estar en la cima de la euforia sin nada que los justifique.
Sé que en el amor no hay forma de recuperar lo perdido. La convivencia no es sencilla, pero tú la haces fácil de manera natural, y ni siquiera te das cuenta de ello. 
Sé que nadie, nunca más, se entregará a mi sin restricciones, sin más condición que recibir de vuelta un poco de lo que me das. Sé que nadie volverá a apostar por el púgil casi noqueado, arrinconado contra unas cuerdas que le presionan la espalda hasta casi sangrar, pero que aún se mantiene de pie  más por orgullo que por capacidad, como soy yo. 
Para ello hay que saber leer en el alma y la gente sólo lee en el cuerpo; y aún así, se equivocan. O tal vez por ello se equivoquen, yo qué sé...
Por eso, cuando estoy como ahora, sentado al borde de un precipicio escarpado y tan profundo que no logro adivinar su fondo en medio de tanta negrura, te busco a mi alrededor sabiendo que si tú estás a mi lado, nada me hará caer.
¿Cómo no iba a echarte de menos el día que tú ya no estés?

lunes, 14 de febrero de 2011

1 contra 364


Reconozco que tengo un carácter difícil. Odio las imposiciones, las obligaciones "por el artículo 33" y, sobre todo, odio los convencionalismos sociales.
Yo estoy enamorado. Lo estoy de la que es mi pareja desde hace trece años. Es una persona amable, encantadora, sensible e inteligente que domina el arte de la convivencia y que sabe dar y pedir el espacio necesario para que cada uno de nosotros sigamos siendo nosotros y creciendo como personas independientes que deciden compartir la vida de igual a igual.
Ambos compartimos además, ideas, filias y fobias, y eso hace que el encaje de la pareja sea natural, sin posturas forzadas, sin adhesiones ciegas ni radicales. Pensamos y actuamos desde nuestra libertad y desde la asunción de las consecuencias de nuestros actos e ideas.
Es cierto: soy feliz y afortunado, al menos en ese campo de mi vida.
Sin embargo, siento un profundo y visceral rechazo a que me impongan desde los grandes almacenes, tiendas, pastelerías y floristerías la obligación de que hoy, 14 de febrero, haya de demostrarle a mi pareja que la quiero. 
Tal vez sea una prolongación de mis ideas de libre pensador, o tal vez sea que me resulta absurdo que de los 365 días que tiene un año, uno -y sólo uno- sea el que haya de recordar a mi pareja que la quiero. ¿Qué tengo que hacer entonces los 364 días restantes, pasar de ella, putearla...?
Y lo mismo me ocurre con los días de la madre o el padre. Me parece algo patético.
Nosotros nos queremos. Nos lo decimos muchas veces al día (aunque yo, por muchas que sean, sigo sintiendo siempre la necesidad de decirlo una vez más). Nos lo demostramos con gestos y actitudes innumerables veces, desde que nos levantamos hasta que caemos rendidos en la cama. Quizás por ello no necesitamos ni hacer un gesto especial tal día como hoy ni que nos lo hagan porque ese amor está fuera de toda duda y lo mantenemos vivo cada día de los 365 del año.
¿O es que nos vamos a querer menos por no entrar por el aro comercial e incluirnos en una masa obediente y borreguil?
Yo no lo creo así.


viernes, 11 de febrero de 2011

Un absurdo.



Azores, Madeira, Guadalupe, Martinica, Reunión, San Bartolomé, San Martín, Mayote, y San Pedro y Miquelón...
¿Saben ustedes qué tienen en común los habitantes de estas islas? Pues que todos ellos, a pesar de ubicarse en África o en  el Caribe son -al igual que los canarios- europeos de pleno derecho. Tanto que votan en las elecciones de sus respectivas metrópolis, en las europeas y están incluidos en el espacio schengen, de libre circulación de personas y capitales.
Yo lo veo absurdo.
¿Qué quieren que les diga? Yo no veo ni lógico ni sensato decir que, por ejemplo, San Martín, unas islillas de no más de 53 Km cuadrados y unos 5.600 habitantes en total, en medio del caribe, sea Europa y allí se apliquen las leyes europeas. O que los habitantes de Mayotte, una isla en el canal de Mozambique, habitada  mayoritariamente por la etnia Suahili,  estén interesados en la elección de un parlamento situado en Estrasburgo.
Todos los territorios que antes nombré, así como las Islas Canarias o la Guayana Francesa, son vestigios de un pasado colonial europeo.
Porque las Islas Canarias somos una colonia, como lo fueron Guinea o el Sahara. Territorios que fueron españoles, que juraron defender como parte integral de España y que fueron abandonados cuando la situación fue propicia (pero nunca antes de esquilmar sus riquezas naturales).
Estamos en el SXXI. La mayoría de esas posesiones coloniales de Europa lo son de la época de expansión militar de ésta en los SXV, SXVI o SXVII. 
¿Será este el siglo donde veremos desaparecer estos vestigios de una era ya extinta?
Yo quiero verlo.

martes, 8 de febrero de 2011

Cosas de reyes...


Ya me he declarado como republicano en otras ocasiones. Quiero dejar claro que no tengo nada contra Juan Carlos I. Es más, reconozco sin ambages su papel fundamental e imprescindible en la transición española como nexo y aglutinante entre el viejo aparato franquista y fascista, y los movimientos democráticos que se imponían  con suma dificultad en la sociedad, no porque ésta los rechazara (de hecho, los ansiaba) sino por las trabas que le ponía el viejo aparato del Movimiento Nacional que llevaba 40 años en la mamancia del poder.
Sin embargo, reconocer esto no me convierte en monárquico en absoluto. Entiendo que ese sistema es un atraso para las sociedades. ¿Cómo puede ser que un sistema de gobierno que dice que, sólo por el hecho de llevar un código genético y no otro, imponga que el poder prevalezca en una familia? ¿Es que sólo por ser hijo de, ya hay certeza de que lo hará bien?
El caso es que en la monarquía española se sigue usando una costumbre medieval, la de premiar los servicios prestados al país -o a la corona- con la concesión de títulos nobiliarios. 
De esa manera, el 3 de febrero de este año, Juan Carlos I ha nombrado 4 nuevos marqueses: El marquesado de Ibias al ex magistardo del Tribunal Constitucional, Aurelio Méndez; el marquesado de Villar Mir al empresario de ese mismo apellido; el marquesado de Vargas LLosa al escritor y premio Nobel y el marquesado de Del Bosque al seleccionador nacional de futbol.
4 nuevos marqueses. 
4 nuevos cortesanos que, además, dejarán en herencia a sus primogénitos varones el título, y éstos a su vez a sus descendientes. Suponiendo que la monarquía española dure tanto, claro...
Me llama profundamente la atención los títulos dados a Del Bosque y Vargas Llosa.
¿De verdad que la selección española de fútbol ganara un mundial se puede considerar como un gran servicio a la corona? ¿Y si en el próximo mundial resulta eliminada en octavos, le retirará el título? ¿Y si ni se clasifica, lo mandará a galeras o lo encerrará en una mazmorra? ¿Y si vuelve a ganar, lo elevará a Duque?
En cuanto a Vargas Llosa, escritor del que admiro su obra literaria aunque no comparta su ideología político y social, ¿realmente es de recibo dar un título nobiliario a un señor que es conocido y reconocido por su militancia anti indígena en su propio país, el Perú? ¿Es que el título nobiliario lleva, además de las reminiscencias de un pasado medieval, otro colonial? ¿O es que en España ya no se recuerda la sangrienta historia de la conquista del impero Inca, el secuestro de Atahualpa y su trágico final? ¿O tal vez aún añoran en la Corte española la época del virreinato del Perú?
A veces, los supuestos honores, se pueden convertir en una carga peligrosa, tanto para el que los concede como para el que los recibe.

Foto: El cuarto del rescate (Cajamarca) donde supuestamente estuvo preso Atahualpa y que fue llenado hasta arriba de oro para su rescate.

domingo, 6 de febrero de 2011

Antes de que pase


Sé que cualquier día, al doblar una esquina o cruzar una calle, me lo tropezaré y no sabré qué hacer, qué decirle. ¡Tantas veces que le dije, que le juré, que jamás le iba a fallar para luego, en el momento más crítico para él, dejarlo en la estacada! Y no porque hubiera dejado de importarme, no. ¡Para nada! Lo que pasa es que, no sé por qué -¡lo juro!- a veces me siento incapaz de hacer nada; absolutamente nada. Ni siquiera devolver una llamada o coger el teléfono cuando me llamó.
Ya entonces  sé que jamás volveré a hablarle o verle y empiezo a sufrir, a caer preso de la angustia, en un estado de ansiedad y depresión, atrapado por la tristeza y el dolor que me produce perder su presencia, no poder volver a mantener esas charlas en el café de media tarde, junto a su copa de coñac o mi licor digestivo.
Es ahí cuando aparece el odio. Lo odio todo y a todos. A mi el primero, claro, pero en esos momentos creo que sería capaz de cualquier cosa, de cualquier locura, de cualquier acción, por extrema que parezca.
Te cuento esto, Jesús, porque sé que eso también me pasará contigo. Que a pesar de que siempre nos hemos apreciado y de que hasta ahora jamás nos hemos alejado,  a ti también te fallaré. No sé cuando, ni siquiera me imagino cómo, pero ocurrirá. Seguro. Por eso, porque te aprecio, te aviso para que nunca te coja por sorpresa, amigo. Para que no te castigues cuando eso pase, para que recuerdes esta conversación y si entonces me ves al doblar una esquina o cruzar una calle, no te extrañes si no te dirijo la palabra y ni siquiera te miro.
Porque entonces no sabría qué decirte.

viernes, 4 de febrero de 2011

Mitos sexuales.



En los años 70, en la España tardofranquista, los españoles queríamos disfrutar de la libertad sexual que recorría Europa a partir de mayo del 68 y poder ver las películas eróticas, leer los libros y disfrutar de los espectáculos que la censura católica y apostólica nos negaba. 
Colas de españolitos viajaban los fines de semana a Perpiñán, cruzando la frontera hacia la vecina Francia, para hacer turismo erótico (el turismo sexual lo descubrieron más tarde). Allí pudieron disfrutar de películas míticas de las que podíamos oír comentarios pero no ver, como Enmanuelle o El último tango en París
Los reprimidos varones españoles de esa época soñábamos con Sylvia Kristel o María Schneider, protagonistas no sólo de esas películas sino de nuestras fantasías más tórridas. Ellas eran la imagen de lo que ansiábamos tener a mano, y que sólo podíamos soñar verlas si cruzábamos la frontera con Francia.
Yo era bastante joven en aquella época, andaría por los doce o trece años, pero con un instinto sexual desarrollado desde muy niño, soñaba también con ellas. Eran mis iconos sexuales.
Ayer falleció María Schneider debido a un tumor. Reconozco que no había vuelto a pensar en ninguna de ellas dos en muchos -quizás demasiados- años. 
Cuando vi su foto actual sentí que se me rompía de golpe un mito que me había acompañado desde mi adolescencia primera. Una María Schneider deteriorada por una vida de excesos, alcohol y drogas y un terrible tumor, habían transformado a mi icono erótico en una mujer mayor y acabada.
James Dean lo comprendió a la perfección. Los mitos deberían morir jóvenes. Así vivirían para siempre su máximo esplendor.


jueves, 3 de febrero de 2011

Nuevos tiempos, viejas soluciones.


Hace un par de meses, por diciembre del año pasado, repusieron una película de Alfredo Landa, Vente a Alemania, Pepe, de 1971. Como todas las películas de los años 40,50,60 y 70, la miré con ese poso entre nostálgico y crítico, lleno de curiosidad por hábitos, modas, gestos y decires ya pasados y tratando -como siempre, por otra parte- de leer entre líneas.
¡Quién me iba a decir a mi, que menos de un mes más tarde, la película en cuestión iba a estar de plena actualidad!
Angela Merkel ha declarado públicamente que Alemania necesita 800.000 empleados cualificados y que no los puede cubrir con personal nacional así que acude a los países de Europa, especialmente España, para hacerlo. Son empleos en sanidad, ingeniería, hostelería y enseñanza, sobre todo.
Hay una letra pequeña en esa oferta: los que acudan a ella tienen que tener un nivel de alemán de B1 o B2, es decir, alto.
Y resulta que de entre el millón largo de parados juveniles que hay en España, sólo 5.000 reunirían esa condición.
Eso sí, los que han mandado su currículo han recibido en una semana entre 10 y 20 ofertas de trabajo. Esa es la diferencia entre un país con un 7% de paro y otro con más de un 20%. Sin embargo, y a pesar de ello, muchos jóvenes que acaban de terminar esas carreras confiesan que no se irían a trabajar "tan lejos" de su casa. 
Sorprendente, ¿no? 
Otro efecto de esta oferta ha sido el vertiginoso aumento de alumnos matriculados en clases de alemán.
Lo dicho, vente a Alemania, Pepe, pero eso sí, hablando alemán....


lunes, 31 de enero de 2011

Filosofía vital


He leído en un libro de Alex Rovira que en la vida hay que inocularse de sueños e ilusiones para no enfermar de realidad. Por otro lado, mi experiencia me dice que quien vive de sueños e ilusiones acaba muriendo de un ataque fulminante de realidad.
¡Qué complicada la teoría actual de la vida!
¡Qué sencilla era antes su filosofía!: Vivir, trabajar, comer bien, dormir tranquilo, amar y -a veces- ser amado.
¿Cuánto de esa manera de vivir se cumple en esta sociedad de hoy, tan mecanizada y globalizada?
Bienvenida, locura.

sábado, 29 de enero de 2011

De personas y libros.


A algunas personas nos ocurre como a los libros: nos juzgan por nuestra portada o nuestra encuadernación.
Algunos libros jamás son abiertos. Su lomo cuarteado, sus hojas amarillentas, son producto de una vida de maltrato, pero jamás de una lectura habitual del mismo.
Otros en cambio, triunfan sin ser usado jamás lo que tienen en su interior. Son los que todos dicen haber leído y ser una gran obra, porque haberlo hecho así da una pátina de sabiduría, de clase, o proporciona la coartada de intelectualidad que todos buscan. Sin embargo son muy pocos los que los han leído en su totalidad y menos aún los que de verdad han comprendido lo que dicen y les sacan un partido real. La mayoría jamás pasa de las diez primeras páginas.
Muchos de ellos nunca serán leídos por una mayoría. Les asusta su tamaño, la letra tan pequeña en que están escritos, el gran número de hojas que tienen. Si se molestaran en empezarlos, en leerlos sin esos prejuicios, verían que les engancha de tal manera que no podrían para de leer hasta haber exprimido todas sus hojas.
Otros están tan vacíos de sentido y sentimientos que sólo sirven para calzar alguna mesa coja o de decoración en los estantes del salón. Y eso último sólo si hacen juego con el color de  las cortinas.
Algunos de ellos, cuando desaparecen (quién sabe si robados o perdidos), nos dejan una huella tan profunda que nos pasamos mucho tiempo buscándolos y pensando dónde podrían estar, quién los podría tener. Sin embargo hay otros de los que jamás logramos desprendernos por mucho que hagamos para ello.
Definitivamente, los libros son como las personas.

lunes, 24 de enero de 2011

Amigas.


Las dos mujeres, casi unas ancianas, estaban sentadas juntas tomando un café. Era evidente que eran extranjeras: la piel rojiza por el sol, esa ropa que sólo los turistas son capaces de llevar y una mirada entre curiosa y divertida que brillaba en sus ojos las delataban como tal.
Se veía que eran felices. Inspiraban  tranquilidad y una envidia sana. Sin duda viajaban en uno de los cuatro cruceros que estaban atracados en el puerto. 
De repente la más bajita le toma la mano a la otra y sin mediar palabra, se miraron con ternura y se besaron en los labios.
La industria del porno y los estereotipos han fijado en nuestra mente una imagen distorsionada de las lesbianas. O nos las imaginamos como unos bellezones viciosos o con un aspecto machuno, pero jamás pensamos en ellas como unas deliciosas y agradables ancianas que bien podrían ser abuelas nuestras.
Era evidente que estaban enamoradas. Me las imagino en su viaje de bodas de oro, aunque supongo que en su país no pudieron casarse. Y menos hace 50 años, cuando ser homosexual era delito.
Ellas se dieron cuenta de mi interés y me miraron con un aire de molestia totalmente comprensible. Yo me apresuré a sonreirles para rebajar la tensión del momento. Al final comprendieron que en mi curiosidad no había reprobación sino ternura. 
Me da igual que sea una pareja hetero o lésbica. Llegar a la edad de esas dos mujeres, parecían tener más de 70 años, y estar enamoradas y felices era para mi motivo de envidia.