sábado, 29 de enero de 2011

De personas y libros.


A algunas personas nos ocurre como a los libros: nos juzgan por nuestra portada o nuestra encuadernación.
Algunos libros jamás son abiertos. Su lomo cuarteado, sus hojas amarillentas, son producto de una vida de maltrato, pero jamás de una lectura habitual del mismo.
Otros en cambio, triunfan sin ser usado jamás lo que tienen en su interior. Son los que todos dicen haber leído y ser una gran obra, porque haberlo hecho así da una pátina de sabiduría, de clase, o proporciona la coartada de intelectualidad que todos buscan. Sin embargo son muy pocos los que los han leído en su totalidad y menos aún los que de verdad han comprendido lo que dicen y les sacan un partido real. La mayoría jamás pasa de las diez primeras páginas.
Muchos de ellos nunca serán leídos por una mayoría. Les asusta su tamaño, la letra tan pequeña en que están escritos, el gran número de hojas que tienen. Si se molestaran en empezarlos, en leerlos sin esos prejuicios, verían que les engancha de tal manera que no podrían para de leer hasta haber exprimido todas sus hojas.
Otros están tan vacíos de sentido y sentimientos que sólo sirven para calzar alguna mesa coja o de decoración en los estantes del salón. Y eso último sólo si hacen juego con el color de  las cortinas.
Algunos de ellos, cuando desaparecen (quién sabe si robados o perdidos), nos dejan una huella tan profunda que nos pasamos mucho tiempo buscándolos y pensando dónde podrían estar, quién los podría tener. Sin embargo hay otros de los que jamás logramos desprendernos por mucho que hagamos para ello.
Definitivamente, los libros son como las personas.

4 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Por cierto que esto de ostentar libros no leídos, sino apenas hojeados, sobretodo entre los grupos que se dicen cultos, es una pandemia.
Por mi parte, y consciente de la brevedad de mi vida, leo pocos libros y casi siempre en paralelo. Hoy, mis lecturas de velador, son alrededor de veinte. Algunos los termino antes de una semana y otros me acompañan varios meses.
Hay otros tantos a los que sólo basta leerles las primeras dos páginas para percibir que no valen la pena el tiempo invertido.

Los farsantes intelectuales son un subproducto de estos tiempos. Se da mucho incluso entre los críticos literarios. Recuerdo que el mismo Harold Bloom suele ostentar su superlectura veloz, a razón de un libro entero cada pocos minutos, y hasta un centenar al día. Así nadie puede tomarse las cosas en serio.

Un abrazo mi querido amigo.

Jesús Chamali dijo...

Efectivamente Jorge, leer libro de esa manera, como el que consume palomitas de maíz, sin saborearlas, sin dejar que te penetre el sentimiento y la intención del autor, no es leer para aprender y disfrutar.
Algo que siempre me ha llamado la atención es el paralelismo que se da entre las personas y los libros. No sé si somos nosotros a los que nos ocurre igual que a ellos en la vida o viceversa.
Por cierto, yo también leo varios libros en paralelo. Acabo de terminar "La caída de los Gigantes", de Kent Follet, y estoy terminando "El cementerio de Praga" de Umberto Eco mientras sigo con la lectura de una biografía de Lincoln y comienzo con un ensayo sobre la Guerra Civil Española, de Paul Preston.

Concha Pelayo- Spain dijo...

Sería interesante indagar en la lectura de las personas. Al respecto, escribí en una ocasión: soy como un libro abierto que nadie me ha leído."
Cierto todo lo que decís, hay libros que enganchan desde la primera página, incluso desde la primera frase y otros nos producen rechazo desde el primer momento,independientemente de que sean buenos o malos. También hay que tener en cuenta nuestro estado de ánimo para afrontar la lectura. Las mujeres sabemos mucho de ello. Las mujeres hemos de leer con el alma limpia y el ánimo sosegado. Hablo por experiencia. La felicidad hace estupendas lectoras. Y lectores también. Intuyo.

Jesús Chamali dijo...

Los estados de ánimo son tan importantes en la lectura de los libros y en la de las personas, que sin duda afecta a cómo nos acercamos a ellos.
Te comprendo mucho Concha cuando dices que eres como un libro abierto que nadie se ha molestado en leer.
¡Qué desperdicio!
Un abrazo, amiga.