sábado, 8 de enero de 2011

Fumándose la vida


Cuando Rodrigo de Jerez, allá por las postrimerías del S.XV, volvió a España desde Las Indias trayendo con él el tabaco, no se podía imaginar lo que su afición al mismo -se le considera el primer europeo en fumar- iba a traer consigo en el futuro. 
O tal vez sí, porque debido a ello la Inquisición le metió en prisión acusado de brujería porque " sólo el diablo podía darle a un hombre tanto poder como para echar humo por la boca". Y siete años que se pasó el bueno de Rodrigo en las terribles mazmorras del brazo secular de la Iglesia, de las que sólo salió cuando la costumbre de fumar y echar humo se hizo algo habitual en la corte.
Pero el pobre hombre no se imagino ni de lejos que esa planta, en principio originaria de la región andina entre Perú y Ecuador, donde se empieza a cultivar unos 4.000 años antes de Cristo, utilizada de múltiples maneras (inhalada, masticada, comida, bebida, untada y hasta esparcida por los campos para atraer la buena cosecha y a la que los Mayas eran tan aficionados en la época de la colonización, llegaría a ser una de las tres mayores y más poderosas industrias del mundo, junto con las medicinas y las armas. Hablo claro de negocios legales, porque si contamos las drogas no legales o la prostitución, probablemente desbancarían a algunas de las anteriores.
Fumar fue un signo de independencia, de hombría, hasta de distinción. Un amigo mío, fumador irredento,  cuando leyó una frase que en la cajetilla de tabaco decía "Fumar causa una muerte lenta y dolorosa", apostilló: "y vivir también, qué carajo... " "¿Te imaginas  a Humphrey Bogart sin un pitillo en la boca exhalando humo mientras habla con ese aire de hombre duro?" me pregunta a menudo. La verdad es que no.
Sin embargo, al menos en España, se le ha declarado la guerra al tabaco.
Con la  ley que entró en vigor el 2 de enero de 2011, que modificaba a la que se promulgó en el 2005, ahora es prácticamente una misión imposible fumar en este país. A menos que lo hagas en tu domicilio o al aire libre, y aún así, en este último caso, con algunas restricciones como las que fija la imposibilidad de hacerlo a menos de 50 metros de un colegio, un hospital o un parque donde hayan niños.
Se acabó el entrar en una cafetería o restaurante y salir apestando al humo del cigarrillo que otros fumen, aunque tú seas un no fumador. Se acabó ir a un pub o una discoteca y salir ahumados como arenques.
Sólo hay una pega a esta ley. Hace 5 años, cuando se puso en vigor la anterior, se obligó a todo local de restauración  que tuviera más de 100 metros a que habilitara una zona de fumadores que, además, debía estar absolutamente aislada del resto del local y perfectamente aclimatada. Una obra que venía a costar una media de 4.000.-8.000.- euros por local. Los hosteleros que se metieron en esa reforma lo hicieron pensando en que la ley iba para largo, y ninguno pensó que en cuatro o cinco años más, deberían desmontarla porque una modificación convertiría en total la prohibición de fumar. Las quejas contra la administración no se han hecho esperar. Ese fue, sin duda, un dinero mal invertido y que ahora, en plena crisis, no podrán recuperar.
Sólo se salvan dos recintos cerrados de esta prohibición: las cárceles y los psiquiátricos. 
Supongo que los legisladores pensaron que bastante dura es la vida para los que allí están internados como para castigarlos más aún.


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