domingo, 23 de enero de 2011

Un tipo normal


Paco es un tipo normal. 
Está casado en segundas náuseas, como suele decir él mismo, tiene dos hijos -niño y niña- cada uno de un matrimonio, un trabajo aburrido donde vegeta ocho horas cada día de lunes a viernes, un coche que precisa una renovación (mejor mañana que dentro de un mes), una tele que acaban de renovar y una condena que le ata para los próximos 25 años con un banco: hipoteca dice que se llama lo que firmó hace ahora cinco años en un momento de euforia comunal.
A veces me llama para tomar un café. Y cada vez que lo hace, ya sé que acaba de enamorarse de nuevo.
Porque Paco, a pesar de tener un matrimonio bastante estable, siempre está enamorándose. Es una necesidad vital para él. Si no estuviera siempre enamorándose de cada mujer que le llama la atención, su vida sería verdaderamente insoportable. 
Hace unos días me volvió a llamar. Había vuelto a pasar. Esta vez se enamoró de sus ojos, me dijo. Estuvo más de media hora hablándome de ellos. Al final no pude contenerme y le pregunté:
-Paco, ¿tú quieres a tu mujer?
Me miró como si le hubiera preguntado si disfrutaría con un dolor de muelas a media noche.
-¿Estás tonto? ¡Pues claro que sí! Es la mujer de mi vida. Jamás me he encontrado tan bien con nadie.
-Entonces, ¿por qué diablos estás siempre buscando un nuevo amor?.
Paco se echó hacia atrás en la silla y me miró con cara de no entender nada.
-¡Pero hombre, Jesús, yo no ando buscando enamorarme! ¿Cómo se te ocurre eso?
-¿Tal vez porque siempre estás hablándome de esta o aquella chica que te ha dejado en shock cuando la ves?
-Si, hombre, pero también me quedo embobado mirando un deportivo cuando lo veo por la calle. Y hasta a veces fantaseo con conducirlo a toda velocidad por las calles un sábado por la noche, pero cuando llego a casa, el coche que aparco es mi monovolumen familiar. Además, ¿cómo llevaría la compra en él, o los niños al cole? Pues con las chicas, igual. Las veo, me enamoro de sus ojos, de sus manos, de sus pechos o de su estilo, pero luego, cuando llego a mi casa y veo a Marta, veo sus manos enrojecidas de fregar, o sus pies hinchados de estar todo el día de acá para allá, o siento su olor en mi ropa, me pregunto cómo podría vivir sin encontrarme con ella cada mañana al despertarme, o cómo podría soportar la vida sin sus pequeñas manías, su manera de colocar la mermelada en las tostadas, o sin oírla canturrear cuando se lava el pelo. ¿Y sabes qué? Vuelvo a recordar por qué me enamoré de ella hace más de doce años.
-¿Y entonces?
-¿Entonces, qué? Que sepa que jamás correré un Rallye no me impide que disfrute viendo carreras, ¿no crees? ¡Pero qué rarito eres, Jesús! 
Me dijo mientras se levantaba molesto y pagaba los cafés meneando su cabeza y mirándome con reproche.
Lo dicho, mi amigo Paco tiene un vida de lo más normal. 
Pero desde luego, aburrida no es. 
Ya se encarga él de ello.



1 comentario:

Esteban Rodriguez G. dijo...

Este amigo tuyo, es un fenómeno, a quién le amarga un dulce aunque tenga azúcar en sangre, la sangre hierve y fluye y eso es bueno esta vivo.