martes, 28 de junio de 2011

Amigos así...



Tenía que haber sospechado algo cuando recibí la llamada de Sánchez con la invitación para almorzar.
A pesar de que nos conocíamos desde la escuela, yo no calificaría nuestra relación como de amistad. Si hubiera de ponerle algún adjetivo, éste sería más el de conocidos -y casi diría que con poco roce- que el de amigos.
Sí, es cierto que habíamos tenido alguna relación comercial. Mi padre y el suyo mantuvieron negocios en el pasado y nosotros, de alguna manera, seguimos con la costumbre. Yo era cliente de la compañía para la que él trabajaba (y no era un mal mal cliente, la verdad) y él de vez en cuando adquiría algún artículo de mi comercio antes de que lo cerrara. Lo justo para mantener la ficción de que había un quid pro quo entre los dos que mantuviera la relación -fuera la que fuera- en ese estado casi vivo en el que la manteníamos.
Luego, cuando tuve que cerrar mi negocio y me dediqué al asesoramiento financiero, poco a poco nos fuimos alejando y sólo manteníamos esa especie de ficción cuando nos encontrábamos casualmente por la calle, en algún café o el el duelo o la boda de algún amigo común. (Nunca supe diferenciar bien las dos ceremonias. En ambas se llora y alguien gana con la desgracia de otro...)
Por eso, cuando recibí la llamada para invitarme a almorzar en uno de los restaurantes de moda del momento, debí haber sospechado que algo extraño estaba pasando.
Después de pedir, y tras empezar con los entrantes, mientras saboreábamos un excelente Rioja a un precio escandalosamente excesivo, me suelta de sopetón:
-Por cierto, Lidia y yo nos separamos. No pasa nada. No hay ninguna tercera persona -hizo una pausa- al menos eso espero. Pero es que las cosas ya estaban muy frías y no compartíamos nada más que el techo y la cuenta corriente.
La noticia me pilló con un canapé de foie a la pimienta a medio camino entre la mesa y la boca.
Sánchez y Lidia eran la pareja perfecta: guapos, ricos, de familia bien, sin broncas conocidas...Una de esas parejas diseñadas  para compartir la vida alrededor de una meta recubierta de objetivos que se van consiguiendo paso a paso, sin pausas y sin distracciones. Lo del amor entre ellos puede que fuera un requisito, pero desde luego No era el requisito, así que no entendía eso de la frialdad y lo de que sólo compartían casa y cuenta corriente. ¿Cuándo habían compartido otra cosa? Pero sobre todo, no entendía por qué me contaba todo esto a mí. Yo no sólo no era amigo, pero suponiendo que él me quisiera considerar así, desde luego no era de los que pudiera considerar de los íntimos.
-¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Hace años que prácticamente no nos vemos? ¿A qué viene esta conversación ahora, Sánchez?
-Hombre, es evidente. Tú no te mueves en mi círculo.
-¿Y eso significa que...?
-¡Pero esta claro, hombre! Necesita saber cómo reaccionará la gente si al final me decido en algún momento cercano a dar este paso, si voy a obtener rechazo u apoyo, como lo tengo que exponer para grajearme las simpatías, y para eso nadie mejor que  un grupo de...amigos como tú y otros  así, que nos conozcan de antes, pero que no nos frecuenten tanto como para que si hipotéticamente se ofendieran no se resienta nuestro círculo más cercano. ¿Lo entiendes verdad?
La verdad es que el canapé estaba rico, pero reconozco que ver la cara de estupor que puso al derramarse accidentalmente la botella de vino en su traje mientras me levantaba para irme con aire digno, me supo mucho más.
Aunque luego tuviera que irme al bar de enfrente y pedirme un bocadillo de queso y una cervecita de barril.
Espero que el vino de Rioja tarde en salirle de su traje hecho a medida.

1 comentario:

Jorge Muzam dijo...

Qué historia amigo Jesús. Y pensar que tipos como el que describes son tan usuales. Pero tu reacción dejó las cosas bien puestas.

Un fuerte abrazo