sábado, 19 de febrero de 2011

Lo sé.


Sé que te echaré de menos cuando todo esto acabe. Sé que jamás volveré a tener un cómplice como tú, que jamás encontraré a nadie que sea capaz de entender mis silencios abruptos después de estar en la cima de la euforia sin nada que los justifique.
Sé que en el amor no hay forma de recuperar lo perdido. La convivencia no es sencilla, pero tú la haces fácil de manera natural, y ni siquiera te das cuenta de ello. 
Sé que nadie, nunca más, se entregará a mi sin restricciones, sin más condición que recibir de vuelta un poco de lo que me das. Sé que nadie volverá a apostar por el púgil casi noqueado, arrinconado contra unas cuerdas que le presionan la espalda hasta casi sangrar, pero que aún se mantiene de pie  más por orgullo que por capacidad, como soy yo. 
Para ello hay que saber leer en el alma y la gente sólo lee en el cuerpo; y aún así, se equivocan. O tal vez por ello se equivoquen, yo qué sé...
Por eso, cuando estoy como ahora, sentado al borde de un precipicio escarpado y tan profundo que no logro adivinar su fondo en medio de tanta negrura, te busco a mi alrededor sabiendo que si tú estás a mi lado, nada me hará caer.
¿Cómo no iba a echarte de menos el día que tú ya no estés?

lunes, 14 de febrero de 2011

1 contra 364


Reconozco que tengo un carácter difícil. Odio las imposiciones, las obligaciones "por el artículo 33" y, sobre todo, odio los convencionalismos sociales.
Yo estoy enamorado. Lo estoy de la que es mi pareja desde hace trece años. Es una persona amable, encantadora, sensible e inteligente que domina el arte de la convivencia y que sabe dar y pedir el espacio necesario para que cada uno de nosotros sigamos siendo nosotros y creciendo como personas independientes que deciden compartir la vida de igual a igual.
Ambos compartimos además, ideas, filias y fobias, y eso hace que el encaje de la pareja sea natural, sin posturas forzadas, sin adhesiones ciegas ni radicales. Pensamos y actuamos desde nuestra libertad y desde la asunción de las consecuencias de nuestros actos e ideas.
Es cierto: soy feliz y afortunado, al menos en ese campo de mi vida.
Sin embargo, siento un profundo y visceral rechazo a que me impongan desde los grandes almacenes, tiendas, pastelerías y floristerías la obligación de que hoy, 14 de febrero, haya de demostrarle a mi pareja que la quiero. 
Tal vez sea una prolongación de mis ideas de libre pensador, o tal vez sea que me resulta absurdo que de los 365 días que tiene un año, uno -y sólo uno- sea el que haya de recordar a mi pareja que la quiero. ¿Qué tengo que hacer entonces los 364 días restantes, pasar de ella, putearla...?
Y lo mismo me ocurre con los días de la madre o el padre. Me parece algo patético.
Nosotros nos queremos. Nos lo decimos muchas veces al día (aunque yo, por muchas que sean, sigo sintiendo siempre la necesidad de decirlo una vez más). Nos lo demostramos con gestos y actitudes innumerables veces, desde que nos levantamos hasta que caemos rendidos en la cama. Quizás por ello no necesitamos ni hacer un gesto especial tal día como hoy ni que nos lo hagan porque ese amor está fuera de toda duda y lo mantenemos vivo cada día de los 365 del año.
¿O es que nos vamos a querer menos por no entrar por el aro comercial e incluirnos en una masa obediente y borreguil?
Yo no lo creo así.


viernes, 11 de febrero de 2011

Un absurdo.



Azores, Madeira, Guadalupe, Martinica, Reunión, San Bartolomé, San Martín, Mayote, y San Pedro y Miquelón...
¿Saben ustedes qué tienen en común los habitantes de estas islas? Pues que todos ellos, a pesar de ubicarse en África o en  el Caribe son -al igual que los canarios- europeos de pleno derecho. Tanto que votan en las elecciones de sus respectivas metrópolis, en las europeas y están incluidos en el espacio schengen, de libre circulación de personas y capitales.
Yo lo veo absurdo.
¿Qué quieren que les diga? Yo no veo ni lógico ni sensato decir que, por ejemplo, San Martín, unas islillas de no más de 53 Km cuadrados y unos 5.600 habitantes en total, en medio del caribe, sea Europa y allí se apliquen las leyes europeas. O que los habitantes de Mayotte, una isla en el canal de Mozambique, habitada  mayoritariamente por la etnia Suahili,  estén interesados en la elección de un parlamento situado en Estrasburgo.
Todos los territorios que antes nombré, así como las Islas Canarias o la Guayana Francesa, son vestigios de un pasado colonial europeo.
Porque las Islas Canarias somos una colonia, como lo fueron Guinea o el Sahara. Territorios que fueron españoles, que juraron defender como parte integral de España y que fueron abandonados cuando la situación fue propicia (pero nunca antes de esquilmar sus riquezas naturales).
Estamos en el SXXI. La mayoría de esas posesiones coloniales de Europa lo son de la época de expansión militar de ésta en los SXV, SXVI o SXVII. 
¿Será este el siglo donde veremos desaparecer estos vestigios de una era ya extinta?
Yo quiero verlo.

martes, 8 de febrero de 2011

Cosas de reyes...


Ya me he declarado como republicano en otras ocasiones. Quiero dejar claro que no tengo nada contra Juan Carlos I. Es más, reconozco sin ambages su papel fundamental e imprescindible en la transición española como nexo y aglutinante entre el viejo aparato franquista y fascista, y los movimientos democráticos que se imponían  con suma dificultad en la sociedad, no porque ésta los rechazara (de hecho, los ansiaba) sino por las trabas que le ponía el viejo aparato del Movimiento Nacional que llevaba 40 años en la mamancia del poder.
Sin embargo, reconocer esto no me convierte en monárquico en absoluto. Entiendo que ese sistema es un atraso para las sociedades. ¿Cómo puede ser que un sistema de gobierno que dice que, sólo por el hecho de llevar un código genético y no otro, imponga que el poder prevalezca en una familia? ¿Es que sólo por ser hijo de, ya hay certeza de que lo hará bien?
El caso es que en la monarquía española se sigue usando una costumbre medieval, la de premiar los servicios prestados al país -o a la corona- con la concesión de títulos nobiliarios. 
De esa manera, el 3 de febrero de este año, Juan Carlos I ha nombrado 4 nuevos marqueses: El marquesado de Ibias al ex magistardo del Tribunal Constitucional, Aurelio Méndez; el marquesado de Villar Mir al empresario de ese mismo apellido; el marquesado de Vargas LLosa al escritor y premio Nobel y el marquesado de Del Bosque al seleccionador nacional de futbol.
4 nuevos marqueses. 
4 nuevos cortesanos que, además, dejarán en herencia a sus primogénitos varones el título, y éstos a su vez a sus descendientes. Suponiendo que la monarquía española dure tanto, claro...
Me llama profundamente la atención los títulos dados a Del Bosque y Vargas Llosa.
¿De verdad que la selección española de fútbol ganara un mundial se puede considerar como un gran servicio a la corona? ¿Y si en el próximo mundial resulta eliminada en octavos, le retirará el título? ¿Y si ni se clasifica, lo mandará a galeras o lo encerrará en una mazmorra? ¿Y si vuelve a ganar, lo elevará a Duque?
En cuanto a Vargas Llosa, escritor del que admiro su obra literaria aunque no comparta su ideología político y social, ¿realmente es de recibo dar un título nobiliario a un señor que es conocido y reconocido por su militancia anti indígena en su propio país, el Perú? ¿Es que el título nobiliario lleva, además de las reminiscencias de un pasado medieval, otro colonial? ¿O es que en España ya no se recuerda la sangrienta historia de la conquista del impero Inca, el secuestro de Atahualpa y su trágico final? ¿O tal vez aún añoran en la Corte española la época del virreinato del Perú?
A veces, los supuestos honores, se pueden convertir en una carga peligrosa, tanto para el que los concede como para el que los recibe.

Foto: El cuarto del rescate (Cajamarca) donde supuestamente estuvo preso Atahualpa y que fue llenado hasta arriba de oro para su rescate.

domingo, 6 de febrero de 2011

Antes de que pase


Sé que cualquier día, al doblar una esquina o cruzar una calle, me lo tropezaré y no sabré qué hacer, qué decirle. ¡Tantas veces que le dije, que le juré, que jamás le iba a fallar para luego, en el momento más crítico para él, dejarlo en la estacada! Y no porque hubiera dejado de importarme, no. ¡Para nada! Lo que pasa es que, no sé por qué -¡lo juro!- a veces me siento incapaz de hacer nada; absolutamente nada. Ni siquiera devolver una llamada o coger el teléfono cuando me llamó.
Ya entonces  sé que jamás volveré a hablarle o verle y empiezo a sufrir, a caer preso de la angustia, en un estado de ansiedad y depresión, atrapado por la tristeza y el dolor que me produce perder su presencia, no poder volver a mantener esas charlas en el café de media tarde, junto a su copa de coñac o mi licor digestivo.
Es ahí cuando aparece el odio. Lo odio todo y a todos. A mi el primero, claro, pero en esos momentos creo que sería capaz de cualquier cosa, de cualquier locura, de cualquier acción, por extrema que parezca.
Te cuento esto, Jesús, porque sé que eso también me pasará contigo. Que a pesar de que siempre nos hemos apreciado y de que hasta ahora jamás nos hemos alejado,  a ti también te fallaré. No sé cuando, ni siquiera me imagino cómo, pero ocurrirá. Seguro. Por eso, porque te aprecio, te aviso para que nunca te coja por sorpresa, amigo. Para que no te castigues cuando eso pase, para que recuerdes esta conversación y si entonces me ves al doblar una esquina o cruzar una calle, no te extrañes si no te dirijo la palabra y ni siquiera te miro.
Porque entonces no sabría qué decirte.

viernes, 4 de febrero de 2011

Mitos sexuales.



En los años 70, en la España tardofranquista, los españoles queríamos disfrutar de la libertad sexual que recorría Europa a partir de mayo del 68 y poder ver las películas eróticas, leer los libros y disfrutar de los espectáculos que la censura católica y apostólica nos negaba. 
Colas de españolitos viajaban los fines de semana a Perpiñán, cruzando la frontera hacia la vecina Francia, para hacer turismo erótico (el turismo sexual lo descubrieron más tarde). Allí pudieron disfrutar de películas míticas de las que podíamos oír comentarios pero no ver, como Enmanuelle o El último tango en París
Los reprimidos varones españoles de esa época soñábamos con Sylvia Kristel o María Schneider, protagonistas no sólo de esas películas sino de nuestras fantasías más tórridas. Ellas eran la imagen de lo que ansiábamos tener a mano, y que sólo podíamos soñar verlas si cruzábamos la frontera con Francia.
Yo era bastante joven en aquella época, andaría por los doce o trece años, pero con un instinto sexual desarrollado desde muy niño, soñaba también con ellas. Eran mis iconos sexuales.
Ayer falleció María Schneider debido a un tumor. Reconozco que no había vuelto a pensar en ninguna de ellas dos en muchos -quizás demasiados- años. 
Cuando vi su foto actual sentí que se me rompía de golpe un mito que me había acompañado desde mi adolescencia primera. Una María Schneider deteriorada por una vida de excesos, alcohol y drogas y un terrible tumor, habían transformado a mi icono erótico en una mujer mayor y acabada.
James Dean lo comprendió a la perfección. Los mitos deberían morir jóvenes. Así vivirían para siempre su máximo esplendor.


jueves, 3 de febrero de 2011

Nuevos tiempos, viejas soluciones.


Hace un par de meses, por diciembre del año pasado, repusieron una película de Alfredo Landa, Vente a Alemania, Pepe, de 1971. Como todas las películas de los años 40,50,60 y 70, la miré con ese poso entre nostálgico y crítico, lleno de curiosidad por hábitos, modas, gestos y decires ya pasados y tratando -como siempre, por otra parte- de leer entre líneas.
¡Quién me iba a decir a mi, que menos de un mes más tarde, la película en cuestión iba a estar de plena actualidad!
Angela Merkel ha declarado públicamente que Alemania necesita 800.000 empleados cualificados y que no los puede cubrir con personal nacional así que acude a los países de Europa, especialmente España, para hacerlo. Son empleos en sanidad, ingeniería, hostelería y enseñanza, sobre todo.
Hay una letra pequeña en esa oferta: los que acudan a ella tienen que tener un nivel de alemán de B1 o B2, es decir, alto.
Y resulta que de entre el millón largo de parados juveniles que hay en España, sólo 5.000 reunirían esa condición.
Eso sí, los que han mandado su currículo han recibido en una semana entre 10 y 20 ofertas de trabajo. Esa es la diferencia entre un país con un 7% de paro y otro con más de un 20%. Sin embargo, y a pesar de ello, muchos jóvenes que acaban de terminar esas carreras confiesan que no se irían a trabajar "tan lejos" de su casa. 
Sorprendente, ¿no? 
Otro efecto de esta oferta ha sido el vertiginoso aumento de alumnos matriculados en clases de alemán.
Lo dicho, vente a Alemania, Pepe, pero eso sí, hablando alemán....