martes, 19 de julio de 2011

Tarde de lluvia


Llovía. No era una lluvia intensa. Ni siquiera era una lluvia molesta o agresiva, sino más bien una de esas lluvias casi tímidas, apenas perceptibles, pero incesantes. De hecho, llevaba horas que no paraba de caer esa llovizna fina y casi trasparente, pero que dejaba todo empapado y el cielo tan negro que parecía asfalto.
Pero la verdad es que me daba igual. Desde que el celador abrió la puerta, salí sin mirar ni atrás ni a otro sitio que al pequeño parque que estaba situado justo enfrente a la entrada. Llevaba meses queriendo sentarme en el banco que podía ver desde mi ventana; el que estaba junto a una papelera naranja fuego, al lado de una curva del camino.
Tal vez hoy no fuera el mejor día para sentarse en él, pero a mí me daba igual. 
Desde allí lancé la mirada tratando de localizar la ventana -mi ventana- de la habitación donde había estado recluido tanto tiempo. ¡Qué diferente era la vista desde aquí! Tal vez se deba a lo triste y gris del día, pero ver a mi compañero asomado a la misma ventana donde yo permanecía tantas horas durante tantos días me hizo sentir de golpe lo triste y patético de la situación.
Jorge, mi compañero de habitación, tenía la mirada perdida. Miraba hacia donde yo estaba sentado. Era difícil mirar para otro lado desde allí. Las opciones eran o el parque con su banquito o el muro despintado de la parte trasera del hospital. Sí, miraba hacia aquí, pero tenía la impresión de que no me veía. Estaba absorto en su mundo interior. Él aún estaba sometido al haloperidol. Todavía temblaba y tenía ausencias, y babeaba.
No era un mal tipo, aunque sí había tomado malas decisiones en su vida y éstas habían despertado una esquizofrenia con delirios que acabaron con su familia, y con él encerrado por sus ataques de agresividad. 
Ambos hablábamos poco. Ninguno teníamos mucho que decir. 
A ninguno nos gustaba nuestra vida. Él se inventaba un mundo hostil para justificar ese disgusto. Yo, simplemente odiaba el mundo en que vivía, sin más.
A  Jorge lo pillaron intentando acabar con sus compañeros de trabajo. Dicen que dijo que Dios se lo ordenó. Tuvo suerte: sólo hirió a tres de ellos, aunque uno quedó parapléjico. Pero no mató a nadie a pesar de que descargó tres veces su escopeta contra los compañeros de oficina. 
¿Quien les da licencia de caza a estos tipos? ¿Cómo pasan el test psicotécnico? ¡Vaya mierda de psicólogos!
A mi me encerraron por intentar acabar con todo; es decir, por intentar acabar con mi triste y aburrida vida. Fracasé hasta en eso...
¡Bueno para nada!
El psicólogo ha trabajado duro conmigo. Tras seis meses de labor conjunta con el psiquiatra, hoy me han dado el alta.
Dicen que es lo normal después de un tercer intento...
Dicen que ya estoy preparado para afrontar mi vida con responsabilidad y madurez...
Desde mi ventana, durante estos meses, he visto que detrás del parque hay un puente bastante alto y que justo por debajo oía pasar el tren más o menos a estas horas. Ya falta poco. 
Estoy empapado, pero la verdad, creo que ese detalle ahora carece de importancia.
¿El psicólogo del clínico será el mismo que preparó el psicotécnico que habilitó a Jorge para obtener el arma y la licencia de caza?
Ya oigo el tren acercarse. Jorge está mirándome. Ahora sí. Le hago un saludo de despedida y me lo devuelve con una cierta torpeza.
¡Puñetero haloperidol!

domingo, 3 de julio de 2011

Sembrar y recoger


Un amigo mío guardó en el bolsillo de una chaqueta 5 euros hace casi diez años, apenas se puso el billete en circulación, y luego guardó la prenda de ropa en lo más profundo del armario. 
Pasaron los años, se mudó de casa, cambió de trabajo, su hijo fue a la universidad y se graduó y él se olvidó de aquel billete nuevecito, recién sacado del banco el primer día laborable del 2002.
El viernes, tomando un café y recordando viejas anécdotas, recordó de repente ese billete y lo que había hecho con él y se levantó corriendo en busca de aquella chaqueta. Aunque perezca mentira ahí estaba, en el fondo del armario, dentro de un forro de plástico de esos que -supuestamente- son para proteger la ropa. Rebuscó en el bolsillo interior y como recién salido del banco en ese mismo momento, apareció el billete de 5 euros.
Yo pensé que se iba a alegrar, sin embargo en su cara noté una cierta desilusión, como si en el fondo esperase encontrar algo diferente, otro billete de mayor cuantía. Aquello me hizo reflexionar sobre cómo actuamos en la vida.
¡Cómo somos!

Actuamos durante la vida sin pensar en las consecuencias de nuestros actos, en que todo lo que hacemos, todo lo que decimos -o lo que dejamos de hacer o de decir- no sólo nos afecta a nosotros sino que se extiende a quien nos rodea e incluso, a veces, a otros que no vemos pero que dependen de nuestros actos. Pero luego nos extrañamos de que a la vuelta del tiempo las consecuencias de esos actos no sean las que nosotros queríamos sino las que sembramos. Creyendo que las cosas se nos debe por derecho divino, porque somos nosotros, porque sí. La sociedad actual educa a la gente en la ley de mínimo esfuerzo. Lo del sudor de la frente para comer es tan anticuado...
Pasar de curso antes era una decisión del profesor basándose en las notas del alumno. Ahora, aunque el alumno suspenda 6 de 9 asignaturas, si sus padres se empeñan y dan la lata al inspector escolar y "asumen la responsabilidad", el niño pasa de curso. 
¿Qué lección aprende ese niño? ¿Para qué se va a esforzar en aprender -o en trabajar el día de mañana- o en nada? Si lo que saben es que alguien: papá, mamá o papá Estado saldrá en su auxilio cuando las cosas se pongan feas. ¿A qué preocupase?
Nos olvidamos de que en la vida sólo nos encontramos lo que sembramos y regamos.
No como mi amigo, que al parecer guardó en su chaqueta un billete de 5 euros y se extrañó de no encontrar uno de 50 sin hacer nada más que guardar la chaqueta en la oscuridad un armario durante casi diez años.