miércoles, 8 de febrero de 2012

Reflexiones de un viejo apátrida sobre el que fue su país: Siria

Familia Assad en 1969/1970.  El actual presidente está justo a la sombra de su padre...como ahora.

                Siria era la tierra de mi padre. Siria es la que, en 1982, cuando el padre del actual presidente masacró inmisericorde a los pueblo de Hama y Deera, decidió que no podía hacer esa absurda y cruel guerra sin mí, y me reclamó militarmente para que acudiera allí a matar o morir por una patria desconocida para mis ojos y lejana en mi corazón. Siria es la que, cuando me negué a ser un borrego entre borregos, a vestir un uniforme y a portar un arma con la que defender lo indefendible y sostener lo insostenible, el poder de Hafez al Assad me declaró prófugo militar, me retiró el pasaporte y me mandó al limbo administrativo de los apátridas donde me encuentro desde entonces. Siria es la que, ahora, siente que el límite ya se cruzó y que la hora de los dictadores, de las "dinastías republicanas hereditarias" finalizó, y que -aunque  a lo lejos- se oyen trompetas que llaman a la libertad. Una libertad a lo árabe; una libertad que cuando llegue -porque llegará- occidente ni comprenderá ni aceptará, e incluso temerá, porque siempre se teme lo diferente. Siria es ahora un gran campo de batalla. Un campo de batalla que está convirtiendo al país de mis mayores en el mayor cementerio de la zona; un gran campo de batalla donde se demuestra una vez más que la ONU no es otra cosa sino un organismo absolutamente inútil desde el momento en que los más poderosos -Francia, los EE.UU, Rusia, China y el Reino Unido- tiene permanentemente derecho a veto y lo utilizan a discreción, como protección de sus intereses económicos y geopolíticos, sin tener en cuenta que con ese veto matan a miles, a millones de personas, con la misma culpabilidad y contundencia del que apunta y dispara el arma asesina. Siria es también un buen negocio. Lo es al menos en la actualidad para países como China o Rusia, que saltándose los embargos económicos, políticos, de tecnología o de armas, las venden a un país que las necesita para reinstaurar la paz entre su pueblo; la paz de los cementerios, sin duda. Y lo será para sus empresas, que esperan pacientemente a que la destrucción de infraestructuras sea cada vez mayor para, como agradecimiento a que sus países les vendieran las armas y la tecnología suficiente para destruirlas, les encarguen a ellas la tarea costosísima y bien pagada de reconstruirlas,
              Hafez el Asasd, el padre del actual presidente, mató al menos a 10.000 sirios en 1982 para acabar con la revuelta que amenazaba con derrocarlo. A él, que llegó al poder en 1970 a través de un golpe de estado, y eso no lo iba a permitir. Basshar al Assafd, su hijo, el actual presidente de Siria, sólo lleva unos 5.000 muertos de momento. Pero parece que estos últimos días se ha aplicado para, como buen hijo, superar las marcas de su padre. Yo seguiré siendo un apátrida de mierda. Me seguirán mirando raro en los controles de documentos. Seguiré sin poder viajar a muchos sitios (prácticamente a ninguno), pero al menos puedo decir que lo soy porque me negué a ser cómplice de esa sinrazón y me negué a colaborar económicamente con ellos cuando me insinuaron que mi situación se podría arreglar si donaba 6.000 US Dolar de 1982.  Basshar aún matará a miles y miles de sirios, pero jamás podrá acabar con Siria.
              Y Siria será feroz en su venganza.

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