miércoles, 1 de agosto de 2012

Confidencias a media voz


            No podía evitar mirarla a los ojos mientras ella iba desgranando su historia, a ratos lentamente, a ratos atropellándose con las palabras, como si éstas no pudieran salir a la velocidad en la que sus recuerdos se desbordaban.
Se retorcía las manos y el tono de su voz era casi inaudible, al punto de recordarme a una plegaria más que a un relato de desdichas. Pero aún así traté de no perderme ninguna de sus palabras.
        -¿Cómo pude estar tan ciega?-me dijo con la mirada perdida en el suelo- ¿Cómo?
            La miré. 
            Me miró.
          ¿Quién sabe qué decirle a un corazón perdido?
            Yo no. 
           Sólo me encogí de hombros y le brindé mi mano para que la estrujara entre las de ella mientras ambos guardábamos silencio y nos perdíamos en nuestros recuerdos.

1 comentario:

Jorge Muzam dijo...

Si alguien no fuese ciego sería un dios. Lo triste es que en ciertas circunstancias nos volvemos villanos o víctimas sin haberlo predispuesto. Son los factores de la vida que se conjugan a su antojo.

Un abrazo grande amigo mío.