miércoles, 10 de octubre de 2012

Un hombre discreto


Terminó el café de un solo sorbo, limpió con un gesto distraído las migajas de bizcocho del mantel de hule que cubría la mesa y dando un suspiro se levantó. Aunque aquella iba a ser sin duda su última comida, unos bizcochos y un café aguachirlado, no tenía por ello sentimientos de ira, de rencor, o de lástima por sí mismo. Hacía tiempo ya que se sentía tan solo y vacío que era incapaz de albergar sentimiento alguno. Simplemente las cosas eran así, y así las tomaba.
Se duchó y luego se afeitó con esmero. Estaba vistiéndose cuando la casa se quedó de repente a oscuras. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que fuera una avería. Sabía perfectamente que le habían suspendido el suministro por falta de pago. 
Suspirando, encendió la vela que tenía preparada en previsión de que eso ocurriera. Así, a la mortecina luz de la vela, se miró por última vez en el espejo del baño. Su imagen ganaba o perdía intensidad según se avivara más o menos la llama de la vela.
-¡Parezco un alma en pena!- se dijo susurrando, como si tuviera miedo de que la figura del espejo se enojara con él por ese comentario.
Comprobó por el cuello de la camisa cuánto se notaba lo que había adelgazado en los últimos meses. El pantalón también se le fruncía en el culo y a los lados apretado por el cinto, al que hizo el último agujero con un clavo contra el suelo de la cocina. Parecía que la ropa no fuera suya, que fuera prestada, aunque era la misma que llevaba poniéndose los últimos cinco años, cuando se compró la última prenda de vestir.
Con la mirada fija en sus ojos hundidos se dijo de nuevo susurrando:
-¡Hoy es el día amigo! Ya llegó el final.
Cogió los dos sobres que había en la mesa, se los guardó en el bolsillo de la chaqueta y se giró en redondo para ver la que había sido su casa en los últimos años. Quiso comprobar que todo quedaba limpio y ordenado. Le espeluznaba la idea de que cuando todo aquello pasara y entraran en su casa, la vieran desastrada y sucia. Su vida había sido una vida ordenada y pulcra, no veía ninguna razón para que no lo fuera en este momento.
Al salir hizo el ademán de apagar la luz sin darse cuenta de que no había ninguna luz que apagar. Aquello lo desconcertó un poco, pero luego, mirando hacía la vela que ya ardía en sus últimos centímetros, se encogió de hombros y dejó que ésta se apagara por sí misma mientras salía cerrando la puerta casi en silencio, como si no quisiera llamar la atención de nadie sobre su partida.
-Total -pensó- ya se armará revuelo después, y al fin y al cabo, a mi siempre me ha gustado la discreción.
Lo último que vio cuando se volvió antes de girar la esquina fue el viejo álamo y el banco donde solía sentarse, en el parquecito frente a su casa, ahora solitario y lleno de rocío.
-No es un mal recuerdo para llevarme - pensó.
 Y caminó decidido hasta adentrase en la noche como una sombra más.

Publicado simultáneamente en el Blog "Plumas Hispanoamericanas".

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