lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños de infancia.


Cuando era un niño con el futuro intacto por delante, miles de sueños en mi mente y millones de ilusiones en mi corazón, pensaba que la gente mayor que veía tan seria era porque se ocupaban de cosas de mayores; cosas importantes como resolver esos difíciles problemas de matemáticas que estaban en mis libros y que yo era incapaz de hacer, descubrir inventos como la televisión en color, que algunos fantasiosos decían que en ciertos lugares ya existía -¡qué locos!- o lograr que los coches corrieran más rápido o tuvieran formas cada vez más bonitas.
Por eso iban tan serios y tan preocupados, porque siempre estaban pensando en cosas muy importantes para mejorar nuestra vida.
Menos las mamás. Ellas iban serias por otros motivos. Porque nosotros, los niños, no nos comíamos los potajes de acelgas o el pescado frito. O por cosas así. Por cosas de mamás.
Cuando era niño, estar enfermos significaba que ese día no iba al colegio y que, además, mis padres me traían más caramelos o un pirulí de la Habana para mí solo, y nuevos cuentos de las aventuras de Tin Tin, del Capitán Trueno o del Jabato. Bueno, salvo que estuviera malito de la tripa. Entonces no había ni caramelos ni pirulí, sino que bajaban del altillo del ropero donde guardaban las medicinas un terrorífico instrumento de tortura de metal verde, con una manguera y una cánula, que llamaban lavativa, y con la que habitualmente acababan con mi dolor...y mi dignidad al mismo tiempo.
Cuando era niño me imaginaba a mi como esos personajes de las películas de ciencia ficción, viviendo en el S XXI, serio y ocupado en cosas importantes, cosas de mayores,  pero vestido con una especie de mono enterizo plateado y con un coche de hermosa forma que ya no sólo corría mucho, sino que además, volaba. Me imaginaba sesudo y trabajando en un laboratorio lleno de aparatos con cientos de luces parpadeantes y probetas humeantes.
Lo que nunca me imaginé cuando era un niño con tanta capacidad de imaginarme cosas fue mi vida actual.
Y quizás fuese mejor así.

1 comentario:

Encarna Morin dijo...

Me ha encantado el texto. Genuino, y emana la personalidad de ese niño convertido en adulto, que por suerte es mi amigo.