viernes, 24 de febrero de 2012

Aviso a navegantes.



Hoy, en las páginas interiores de los periódicos, entre otras muchas noticias sin clasificación, se ha publicado la historia de Miguel.
Miguel (pongamos que se llama así) tenía una vida normal. Casado, dos hijos, una hipoteca y un trabajo que le daba, junto con el de su mujer, para ir viviendo. Hace tres años su mujer quedó en paro y la empresa donde él trabajaba redujo personal y le tocó  salir entre los despedidos.
Miguel, conocido en el pueblo donde vive, persona seria y trabajadora,  encontró empleo al poco tiempo. No ganaba lo mismo, pero al menos llevaba un sueldo a su casa. Con esos ingresos y el seguro de desempleo de su mujer, fueron tirando un tiempo, hasta que el seguro de ella se les acabó.
Ella siguió buscando trabajo. De lo que fuera. Pero con un paro de un 23% y sin estudios superiores, eso era tarea imposible. Y más si eres mujer y tienes dos hijos menores.
Los días pasaban, los meses corrían.
Miguel tuvo que desprenderse de cosas. Lo primero que cayó fue su coche. Recién acabado de pagar tuvo que venderlo para poder hacer frente a pagos urgentes. Total -se dijo- aquí en el pueblo todo está cerca y el transporte colectivo funcionaba relativamente bien para otros desplazamientos...
Luego fueron las joyas de su mujer. Cuando las llevó a un "compro oro" de esos que han proliferado como setas en otoño, sintió que con ellas se iban los recuerdos físicos de gran parte de su vida: el anillo de compromiso, la joya del primer aniversario, aquella que le regaló cuando fue madre, el collar que le pusieron los Reyes Magos... Pero ellos se consolaron pensando que al fin y al cabo aquello no eran sino objetos y que el verdadero recuerdo siempre estaría en su corazón. Además, había que seguir pagando y viviendo...
Luego llevaron a un casa de empeños algunos cosas que eran superfluas, aunque les hizo mucha ilusión cuando las adquirieron: el DVD, la Play, una televisión auxiliar...Pero ellos se dijeron que total, qué mas daba. Así tendrían más tiempo para verse en familia y hablar.
Pero los meses seguían pasando y las facturas acumulándose.
Un día les llegó lo que tanto temían: una notificación del banco en la que les apremiaban a pagar las cuotas pendientes de la hipoteca y se les advertían que en caso contrario, se procedería al embargo y subasta de su casa.
Durante días no pudieron reaccionar. No sabían qué hacer. Ya no había nada que vender ni que empeñar. No tenían a nadie a quien acudir. Sus padres malvivían con una pensión mínima, no tenían hermanos y sus amigos estaban en su misma situación o peor. Ya no veían salida alguna.
Y mientras, en la televisión, no paraban de salir noticias sobre éste o aquél político, empresario, banquero o personaje público que se había enriquecido brutalmente chorizándole al pueblo decenas de millones de euros y que seguían viviendo en una aparente tranquilidad hasta la espera de un juicio que parecía no llegar nunca o que cuando llegaba, una batería de abogados carísimos y de renombre conseguían con artimañas sacarlos sin mucho problema del trance.
O comprobaban que daba igual quién gobernara, izquierdas o derechas. El único dinero que fluía era siempre para resolver el problema de los mismos: la banca y el poder.
Cuando les quedaba menos de una semana para que se cumpliera la amenaza del banco, un banco que, por cierto, pidió y obtuvo ayuda del Fondo Interbancario, del Estado y del Banco Central Europeo para solucionar sus problemas de liquidez y seguir ganando indecentes cantidades de dinero, Miguel cayó en la desesperación.
Y cometió un error.
Cogió 1.500.-€ de la recaudación de la Sidrería donde trabajaba y acudió al banco a ponerse al día con la hipoteca.
Sabía que lo que hacía estaba mal. Sabía que la empresa se daría cuenta. Pero sabía también que él no podía permitir que sus hijos se quedaran en la calle.
La policía investigó el caso, pero fue él el que acudió a hablar con su jefe para explicarle lo ocurrido. La desesperación cedió y volvió a salir la parte íntegra de Miguel.
El jefe no va a presentar cargos contra él. Le dijo que ya buscarían una manera para que pudiera devolver lo cogido.
El jefe es un hombre que ve y comprende.
El fiscal, no. 
Y la ley pretende actuar de oficio y atajar esos actos usando a Miguel como ejemplo para que nadie se les desmande. Mano dura contra todo aquel que robe por debajo de un millón de euros, parece ser la consigna...
Este es un caso real, aunque parezca una novelilla barata. Y real es también el dolor, la desesperación y el sentimiento de vivir atrapados en una gigantesca pesadilla de Miguel (pongamos que se llama así) y de otros muchos -demasiados. como él.
Y el rumor que se escucha en la calle ya no es el de "qué se le va a hacer: es la crisis" Ahora empiezo a percibir el ruido de las piedras en los bolsillos y el que se produce cuando el hartazgo alcanza y pasa todas las líneas rojas.
Aviso a navegantes...

domingo, 12 de febrero de 2012

Condiciones.


             Si la noche dejara de ser ese tiempo donde la muerte ensaya la eternidad durante cuatro horas o mi cama dejara de ser ese campo de batalla donde miedos, fantasmas, sombras y demonios libran su guerra, tal vez mis sueños empezarían a tener sentido de nuevo. Si pudiera dejar de repasar todos los errores de mi vida antes de caer rendido por el sueño, si alguna vez pudiera perdonármelos. Si alguna vez el mañana llegara a tiempo o si yo tuviera un sitio en él. Si alguna vez pudiera leer todo lo que me estoy perdiendo o escribir lo que me callo hasta para mí.
Tal vez, entonces, pueda rozar la felicidad con la punta de mis dedos.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Reflexiones de un viejo apátrida sobre el que fue su país: Siria

Familia Assad en 1969/1970.  El actual presidente está justo a la sombra de su padre...como ahora.

                Siria era la tierra de mi padre. Siria es la que, en 1982, cuando el padre del actual presidente masacró inmisericorde a los pueblo de Hama y Deera, decidió que no podía hacer esa absurda y cruel guerra sin mí, y me reclamó militarmente para que acudiera allí a matar o morir por una patria desconocida para mis ojos y lejana en mi corazón. Siria es la que, cuando me negué a ser un borrego entre borregos, a vestir un uniforme y a portar un arma con la que defender lo indefendible y sostener lo insostenible, el poder de Hafez al Assad me declaró prófugo militar, me retiró el pasaporte y me mandó al limbo administrativo de los apátridas donde me encuentro desde entonces. Siria es la que, ahora, siente que el límite ya se cruzó y que la hora de los dictadores, de las "dinastías republicanas hereditarias" finalizó, y que -aunque  a lo lejos- se oyen trompetas que llaman a la libertad. Una libertad a lo árabe; una libertad que cuando llegue -porque llegará- occidente ni comprenderá ni aceptará, e incluso temerá, porque siempre se teme lo diferente. Siria es ahora un gran campo de batalla. Un campo de batalla que está convirtiendo al país de mis mayores en el mayor cementerio de la zona; un gran campo de batalla donde se demuestra una vez más que la ONU no es otra cosa sino un organismo absolutamente inútil desde el momento en que los más poderosos -Francia, los EE.UU, Rusia, China y el Reino Unido- tiene permanentemente derecho a veto y lo utilizan a discreción, como protección de sus intereses económicos y geopolíticos, sin tener en cuenta que con ese veto matan a miles, a millones de personas, con la misma culpabilidad y contundencia del que apunta y dispara el arma asesina. Siria es también un buen negocio. Lo es al menos en la actualidad para países como China o Rusia, que saltándose los embargos económicos, políticos, de tecnología o de armas, las venden a un país que las necesita para reinstaurar la paz entre su pueblo; la paz de los cementerios, sin duda. Y lo será para sus empresas, que esperan pacientemente a que la destrucción de infraestructuras sea cada vez mayor para, como agradecimiento a que sus países les vendieran las armas y la tecnología suficiente para destruirlas, les encarguen a ellas la tarea costosísima y bien pagada de reconstruirlas,
              Hafez el Asasd, el padre del actual presidente, mató al menos a 10.000 sirios en 1982 para acabar con la revuelta que amenazaba con derrocarlo. A él, que llegó al poder en 1970 a través de un golpe de estado, y eso no lo iba a permitir. Basshar al Assafd, su hijo, el actual presidente de Siria, sólo lleva unos 5.000 muertos de momento. Pero parece que estos últimos días se ha aplicado para, como buen hijo, superar las marcas de su padre. Yo seguiré siendo un apátrida de mierda. Me seguirán mirando raro en los controles de documentos. Seguiré sin poder viajar a muchos sitios (prácticamente a ninguno), pero al menos puedo decir que lo soy porque me negué a ser cómplice de esa sinrazón y me negué a colaborar económicamente con ellos cuando me insinuaron que mi situación se podría arreglar si donaba 6.000 US Dolar de 1982.  Basshar aún matará a miles y miles de sirios, pero jamás podrá acabar con Siria.
              Y Siria será feroz en su venganza.