lunes, 26 de noviembre de 2012

Tiempo de setas.


Cuando vivir se vuelve una tarea insoportable y me veo incapaz de entender nada ni a nadie. O siento que todo se desmorona a mi alrededor y que nada parece ser capaz de mantenerse firme para darme refugio.
En los momentos en los que la nostalgia y la tristeza se reparten mi alma sin encontrar mucha resistencia, tú te levantas del sillón y me llamas para que veamos juntos cómo cae la lluvia a través de la ventana abierta.
Y así, abrazados, en silencio, mojándonos, me doy cuenta de repente de que en el fondo todo está bien, de que lo seguirá estando mientras podamos seguir disfrutando abrazados, tan juntos que casi somos uno, de cosas como la lluvia de otoño, de esta gran luna llena que algunas noches entra por la ventana del dormitorio o de esa extraordinaria y casi mágica luz que por las mañanas tiñe de dorado la terraza de casa mientras nos tomamos el café.
Por cierto, hoy me has dicho que es tiempo de setas y castañas.
La Navidad ya toca en la puerta.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños de infancia.


Cuando era un niño con el futuro intacto por delante, miles de sueños en mi mente y millones de ilusiones en mi corazón, pensaba que la gente mayor que veía tan seria era porque se ocupaban de cosas de mayores; cosas importantes como resolver esos difíciles problemas de matemáticas que estaban en mis libros y que yo era incapaz de hacer, descubrir inventos como la televisión en color, que algunos fantasiosos decían que en ciertos lugares ya existía -¡qué locos!- o lograr que los coches corrieran más rápido o tuvieran formas cada vez más bonitas.
Por eso iban tan serios y tan preocupados, porque siempre estaban pensando en cosas muy importantes para mejorar nuestra vida.
Menos las mamás. Ellas iban serias por otros motivos. Porque nosotros, los niños, no nos comíamos los potajes de acelgas o el pescado frito. O por cosas así. Por cosas de mamás.
Cuando era niño, estar enfermos significaba que ese día no iba al colegio y que, además, mis padres me traían más caramelos o un pirulí de la Habana para mí solo, y nuevos cuentos de las aventuras de Tin Tin, del Capitán Trueno o del Jabato. Bueno, salvo que estuviera malito de la tripa. Entonces no había ni caramelos ni pirulí, sino que bajaban del altillo del ropero donde guardaban las medicinas un terrorífico instrumento de tortura de metal verde, con una manguera y una cánula, que llamaban lavativa, y con la que habitualmente acababan con mi dolor...y mi dignidad al mismo tiempo.
Cuando era niño me imaginaba a mi como esos personajes de las películas de ciencia ficción, viviendo en el S XXI, serio y ocupado en cosas importantes, cosas de mayores,  pero vestido con una especie de mono enterizo plateado y con un coche de hermosa forma que ya no sólo corría mucho, sino que además, volaba. Me imaginaba sesudo y trabajando en un laboratorio lleno de aparatos con cientos de luces parpadeantes y probetas humeantes.
Lo que nunca me imaginé cuando era un niño con tanta capacidad de imaginarme cosas fue mi vida actual.
Y quizás fuese mejor así.