martes, 24 de diciembre de 2013

Las postales de mi infancia.

             La Navidad, a mis ocho años, era para mi aquel periodo del año en el que mi casa se llenaba de dulces, yo dejaba de ir al cole sin estar enfermo, escribía la carta a los Reyes Magos, tal vez la última con ese fervor que da creer en unos seres mágicos que me traerían regalos a cuenta de no sabía bien qué, y de los aguinaldos a una interminable lista de personajes que pasaban por la tienda de mi padre con unas estampitas coloridas felicitándonos las fiestas y pidiéndonos directamente el aguinaldo.
            De todos aquellos personajes al que más deseaba ver yo por aquellos días era al cartero. En su maletón de cuero grueso y recurtido, que llevaba siempre colgado en bandolera, traía decenas de postales navideñas a las que luego, con esa colonización del lenguaje que vino de los EEUU, comenzamos a llamar chritsmas. Era otra época. A la gente lle resultaba caro llamar por teléfono y además, si llamabas a otra provincia, era prohibitivo y había que pedir conferencia para cuando hubiera línea. Lo más parecido al teléfono móvil que imaginábamos era el zapatófono de Maxwell Smart, el súper agente 86. No existían más redes que la de los pescadores y el ancho de banda era Manolito, el hijo de Carmela, que pesaba 135 kilos, trabajaba en los muelles y que en sus ratos libres tocaba la tuba en la banda municipal.
La gente escribía cartas.  Muchas veces ingenuas. De aquellas que empezaban por: "Espero que al recibo de ésta estén todos bien. Yo bien, gracias a Dios." Otras eran de amor, de aquellos soldados que hacían la mili en la península o en las plazas del África continental y que habían dejado aquí a sus novias. Alguno habría dejado a su novio, pero eso, en aquellos años, no se decía y mucho menos se escribía. No a menos que quisieras que se te aplicara la Ley de Peligrosidad Social...
          En Navidad llegaban las postales por docenas. De todos los tamaños y colores: con vírgenes y el niño en el portal, con pastorcillos con cara de pillos tocando algún instrumento  delante del niño recién nacido o con unas hermosas y coloridas bolas decorativas. Todas ideadas para hacernos vivir más intensamente eso que se llamamos el espíritu navideño. Hoy todo esto es parte de la historia, de la que se escribe con minúscula, la que afecta a cada uno y que se elabora con nuestros recuerdos. 
Con el tiempo las felicitaciones han pasado de tener ese toque personal, quizá algo naíf pero auténtico, al sms en su momento y al wassup y las redes sociales ahora, con sus mensajes difundidos, con sus "uno para todos", que nos despersonaliza y nos aleja, un poco más si cabe, de ese sentimiento cálido que era la navidad de mi infancia.
¡Y luego nos quejaremos de que nos traten como números de una serie en otros ámbitos!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Carta abierta a Juan



Sé, Juan, que llevo tiempo pensando.
Sabes que suelo decir que la facultad de pensar y la de andar erecto son las que nos diferencian del resto de los animales que aún pueblan este maltratado planeta.
Tal vez esté pensando demasiado y puede que bajo la influencia de todo lo que estoy viviendo: mi enfermedad, la mala situación económica de mi profesión, el precipicio al que me empujan los que vienen por detrás... Puede.
El caso es que los hechos que han ocurrido últimamente -tú los conoces, no es preciso recordarlos ahora- me afianzan aún más si cabe en mis ideas. Habiendo vivido una vida como la mía he llegado a comprender que, como decía el poeta José Hierro en su soneto "Vida", todo es nada.
Llevo luchando duramente desde los cinco o seis años, edad a la que mi padre me llevó a la tienda, así, por antonomasia. Desde esa edad no conozco otra vida que la de los negocios. Crecí y viví como aquel borrico con orejeras que tiraba de un viejo carro de transporte de la época al que veía pasar delante de la tienda y que paraba justo en el paso de peatones de enfrente, camino de los almacenes de madera que había un poco más adelante. Sólo veía el enfoque limitado que éstas me permitían ver. Mi mundo se limitaba al círculo cerrado de trabajo-estudios-trabajo.
Las variables diversión, amigos, vacaciones... no entraban en esa ecuación vital.
No me quejo. ¡A qué, a esta altura de mi vida! Es la vida que me tocó vivir y la viví como supe y pude, Juan. Pero los años pasan inexorablemente, y si éstos no te matan, que al final lo hacen, claro, y tú no eres tonto del todo, algo vas aprendiendo.
Yo aprendí algunas cosas. Una de ellas es que desde que tengo uso de razón me he pasado la vida tratando de ser otro.
No te rías. Y no me preguntes quién. En cada momento, alguien diferente: unas veces mi padre, otras mi hermano Pepe, otras mi hermano Juan o incluso gente que ahora me da hasta apuro reconocer aquí. En fin, pasé tanto tiempo tratando de ser otro, que me olvidé de ser yo mismo. O lo que es peor, Juan, me olvidé de quién era yo en realidad. Triste, ¿no?
Otra de esas cosas que aprendí es que gran parte de mi tiempo en este mundo lo he desperdiciado intentando poseer cosas que me hicieran más grande, más fuerte y más poderoso, engañándome así al pensar que cuando consiguiera ese objetivo podría dedicarme tiempo a mi mismo. ¿Sabes? Lo primero, es que no me hubiera podido dedicar tiempo a mi mismo porque nunca he sabido quién coño era yo. Lo segundo: jamás se tiene bastante dinero y poder.
Nos matamos, a veces literalmente, para conseguir esto o aquello. Creemos que poseemos cosas, cosas materiales: casas, coches, libros, joyas, dinero, acciones, ropa... y luego viene una desgracia que todo lo cambia. Un incendio, una deuda a la que no pudimos hacer frente o una mala inversión y estamos en la ruina. Nosotros seguimos y todo lo que poseíamos se volatiza en la nada. O lo que es más triste aún, somos nosotros los que partimos y nuestras posesiones son las que nos perviven tozudamente. Yo creo que por eso los egipcios se hacían enterrar con sus bienes más queridos.
Dime Juan, ¿a qué tanta lucha estúpida? ¿A qué tanto afán estéril?
No estoy diciendo que busquemos la sombra cómoda de un árbol bajo la que tumbarnos a esperar a la muerte. No hombre, no tengo espíritu de anacoreta o de asceta. Y desde luego, con la trayectoria que llevo, ya no llego a Santo ni con recomendaciones del Papa. No, de lo que me he dado cuenta es de que quizá he andado errado en mi objetivo en la vida. Tal vez si no hubiera planteado mi vida con el objetivo de ser un empresario de éxito sino un hombre feliz, tal vez, digo, hubiera sido un hombre feliz, que es lo que en el fondo quería ser, y no hubiera fracasado siendo ese empresario triunfador que todos esperaban que fuera.
La filosofía Zen dice que lo más difícil de ser en la vida es ser lo más sencillo. ¿Y sabes Juan? En mi tienes el ejemplo vivo de que es verdad.
Hace un tiempo decidí resetearme. Soltar lastre en mi vida y que fuera eso, mía. Hace tiempo decidí aprender cosas nuevas; nuevas habilidades que me ayudaran a transitar por este nuevo camino. Lo primero que tuve que aprender, Juan, fue a quererme. Lo segundo fue a escucharme.
Te confieso que a partir de ahí todo me resultó más sencillo. 
Hoy sigo sin saber muy bien qué o quién soy. ¡Para qué engañarte! Pero al menos sé que lo que salga de este proceso seré yo mismo y no un ente a medio camino entre mi voluntad contrariada y los deseos frustrados de los demás.
Deberías probarlo.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Árbol de luces.


Sonó el despertador. Claro que no hacía falta. Llevaba ya un buen rato con la mirada fija en sus agujas verdes fluorescentes. Se levantó con los ojos llenos de sueño y los huesos  llenos de dolor. Se calzó aquellas viejas zapatillas deportivas, gastadas hasta la extenuación durante años en miles de paseos, en cientos de excursiones, en decenas de asaderos familiares. Cualquiera las hubiera tirado ya al menos dos o tres años atrás.
Cualquiera que no fuera él.
Se abrigó con el batín de franela, raído en las mangas y por los bajos, pero que Anselmo mantenía escrupulosamente limpio, y como todos los días abrió con el mayor de los sigilos la puerta de su piso para asomarse por el hueco de la escalera al zaguán. Hacía frío allí. Más que en la casa. Se ajustó el batín al cuerpo con más fuerza, pero no podía evitar mirar al cuadro de contadores de la luz. Desde que cambiaron aquellos antiguos por estos modernos, cada día más o menos a esa hora, él se quedaba un buen rato embobado mirando cómo las luces de diez contadores parpadeaban sincopadas. Era como ver las luces de un pequeño árbol de navidad que estaba puesto sólo para él.
Dos luces no parpadeaban en el cuadro de contadores, sino que permanecían encendidas de manera permanente. Una era la de su vivienda. La otra era la de del ático, vacío desde hacía meses, desde que un banco desahució a la propietaria. Ambos tenían suspendido el suministro. Anselmo pensó que aquello era como llevar una letra escarlata delante de sus vecinos: una luz que señalaba constantemente que debía dinero a la compañía eléctrica y que no había podido pagarlo. 
Y eso lo avergonzaba.
Por eso ya no salía de su casa sin comprobar antes que no se cruzase con ninguno de ellos. Al menos con ninguno de los que le conocen. De los otros no se preocupaba tanto, la verdad.
-¡Pero qué frío hace esta mañana, Señor del Cielo!- murmuró por lo bajo tiritando.
Entró de nuevo en la casa y se calentó un café en la cocinilla de gas portátil que le servía para calentar la habitación al tiempo que se hacía algún plato de comida.
Ya había amanecido. El edificio bullía de ruidos, olores y carreras por los pasillos hasta llegar a la escalera. Cerró los ojos. En el silencio y la oscuridad reconocía cada uno de aquellos ruidos. Esos tan escandalosos eran los niños de María. Los otros, que más que andar arrastraban los pies, eran los hijos de la pareja del  tercero. En cinco minutos bajarán sus padres discutiendo como cada mañana. ¡Qué estúpidos eran! Sólo discutían por cosas sin importancia y no se daban cuenta de que cada día sus discusiones eran más agrias y duraban un poco más. La de hoy estaba motivada por la casa de quién era la elegida para la cena de Nochebuena este año. Anselmo movía la cabeza en silencio sin abrir los ojos.
El café empezó a salir.
Se lo sirvió en su viejo tazón de porcelana marrón. Hasta él reconocía que era horroroso. Pero no sabía por qué, le tenía un cariño especial. De hecho, lo frega con tanto cuidado porque no soportaría que se rompiera ni por accidente.  Se lo tomó sin azúcar. No había para esos lujos. A lo más que llegaba el presupuesto es a pizcarle trocitos del pan que sobró de ayer, lo que le ayudaba a darle alguna consistencia sólida a su desayuno.
A través del visillo de la ventana podía ver la calle. Cada día veía a los niños ir y luego volver del colegio. Parece mentira, se decía a veces, tantos años pasados y los niños siguen jugando a lo mismo: tocar un timbre y salir corriendo. Se preguntó qué había pasado en qué vericueto de la vida para que ese niño que tocaba timbres y salía corriendo se hubiera convertido en este anciano derrotado que lo miraba atónito, reflejado en el cristal de la ventana, entre asustado y sorprendido.
Terminó su café, lavó su tazón, limpió de migas la mesa, y se sentó entre tinieblas en el sofá que había en la casi desnuda habitación. Cerró los ojos cansado. Nada se oía en el edificio. Bueno, sí, la tele de Claudia, pero Anselmo sabía que ella no estaba. Cuando iba dejaba la tele puesta para que su perro no se sintiera solo. Él todavía no sabía si los cuidados y la compañía que se hacían mutuamente persona y animal le producían más ternura o envidia.
Con los ojos cerrados pensó en aquél árbol de luces de su zaguán con sus dos bombillas fijas como dedos acusadores,  y sintió tanto frío que tapándose hasta la barbilla con una manta a cuadros, simplemente se durmió para siempre.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Promesas que duran lo que la noche.




Algunas noches se sentaban juntos, cogidos de las las manos, y en silencio miraban al cielo estrellado, asomados a la terraza de su casa
Una noche, Marta, sin mirarle, le dijo: 
- Sin ti, no sabría mirar este cielo ni podría sentir este vértigo que me hace tambalear.
Y le apretó aún más la mano sin dejar de mirar las estrellas.
Al día siguiente Carlos había desaparecido y Marta se sintió ciega y vacía; como muerta. Pero a la noche, casi por inercia,  se asomó a la terraza y miró de nuevo al cielo estrellado. Era el mismo cielo, pero ella lo veía totalmente diferente, y aunque no supo explicarse por qué si Carlos no estaba allí, seguía sintiéndose tan sobrecogida ante ese espectáculo como cuando él lo miraba a su lado. Tanto, que hasta en algún momento le pareció sentir de nuevo el tacto de una mano en la suya. 
Pero mirando a las estrellas, ya no recordaba de quién podría ser.

lunes, 30 de septiembre de 2013

La muerte de un escritor


Pedro se terminó de vestir en el salón, mientras miraba de reojo el caos que reinaba en todo el apartamento. Mirara a dónde mirara sólo veía papeles tirados, cajones revueltos y vaciados en el suelo, muebles fuera de su lugar, las tripas del sillón blancas inmaculadas saliendo por los enormes cortes hechos en sus bajos, trozos de los cuadros que antes adornaban las paredes, desperdigados por las esquinas, y cientos de trozos de cristales de la vajilla y la cristalería que se mezclaban con los de la pantalla del televisor.
Su salón era el escenario de un batalla campal. De hecho, su apartamento entero lo era.
Cuando terminó de vestirse y se miró en el espejo de la entrada, astillado y partido por la mitad, la imagen multiplicada que le devolvió, llena de cortes y magulladuras, le hizo comprender que como en toda guerra, en esta también había habido daños colaterales: él mismo. Hubiera sonreído si el labio roto y el tremendo dolor en las costillas no le hubieran apremiado a salir de allí antes de que a los bestias que hicieron aquello se les ocurriera volver a buscar lo que buscaban y que evidentemente, y a juzgar por el estado en que dejaron su casa y el palizón que le dieron, no encontraron.
¿Pero qué era? ¿Qué podía tener él, pobre novelista de tres al cuarto, con más hambre que éxito, que ellos buscaran con tanto afán? El Premio Planeta, no, desde luego. Ni el Pulitzer. Los contados artículos de investigación que hacía en la prensa le daban para comer y pagar ese cuchitril que pomposamente llamaba "apartamento" pero no pasaba de ser un cuartucho con aspiraciones. ¿Entonces? Claro que le hubiera ayudado mucho entender a los tipos que le machacaban la cabeza y le pateaban las costillas mientras destrozaban su apartamento, pero desde luego no hablaban ninguna lengua que él pudiera entender: no era inglés, ni ruso, ni alemán ni árabe, ni chino o japonés...
Sólo repetían una especie de letanía al tiempo que destrozaban su casa y pateaban su cuerpo. Eso sí, lo hacían todo muy metódicamente; de manera muy profesional. Sabían hasta dónde llegar y cuándo pararse. Tenían un método y lo aplicaban.
Pedro salió de la casa sin molestarse en cerrar la puerta. Total, no había nada entero que robar, y además, la puerta ya estaba forzada, así que era un esfuerzo estúpido y baldío, y él estaba para pocos esfuerzos después del repaso que llevaba encima. Fue bajando las escaleras con paso lento. Cada tramo era un desafío tremendo. Seguro que llevaba más de una costilla rota. Por fin logró salir a la calle. 
La luz del día le golpeó de lleno en los ojos magullados. No fue lo único que le golpeó. No lo vio venir, pero cuando sintió el puñetazo en las costillas rotas se quedó con los ojos en blanco y sin aire. Antes de que cayera desmayado sintió como dos brazos lo cogían por ambos lados y lo introducían a la fuerza en un monovolumen color granate. Allí lo encapucharon, lo ataron a un sillón y comenzaron a interrogarle. 
Cada pregunta iba acompañada de un golpe en las costillas o de un puñetazo en la cara magullada y encapuchada. 
Querían saber qué les había dicho a los otros. Qué querían saber. Qué les había confesado él. Si les había dicho la verdad. Si les había dicho dónde estaba...
Pedro estaba a punto de volverse loco. No era solo el dolor. Ese punto ya había sido superado por el miedo hacía un buen rato, y éste por la indignación. No, Pedro estaba loco de ira. De tener las manos sueltas, daba igual el dolor, daba igual sus costilla rotas, daba igual el pis y la caca que impregnaban sus pantalones o el vómito que corría por su camisa: probablemente se hubiera lanzado sobre sus captores y los hubiera atacado a golpes o a mordiscos.
Por fin una orden se escuchó en la radio del vehículo y todos dejaron de golpearle.
Una mano experta comenzó a cachearle y le quitó toda la documentación que llevaba encima. Luego, notó como le ponían algo en el bolsillo del pantalón. Después nada: silencio absoluto durante un buen rato. Media hora después, sin  previo aviso le dieron un golpe brutal que lo dejó medio atontado y que aprovecharon para desatarlo y bajarlo del coche. Notó que estaban fuera de la ciudad. Quizás en el campo o tal vez en los arrabales. Fue a ponerse de pie y de una patada en el trasero lo volvieron a tumbar. Luego, un frío intenso entró en su costado, y fue entonces cuando supo que ese era su final. Acababan de clavarle un puñal justo en el corazón.
Y cerrando los ojos sólo pudo tratar de buscar, como buen escritor, un final redondo a esta historia.
Pero la muerte le llegó antes.

jueves, 19 de septiembre de 2013

He vendido mi alma.



He vendido mi alma al diablo.
Y me pagó con un cheque sin fondos.
Sería para reírse si no fuera tan patético. El diablo sabe ver en el fondo de cada alma, y la mía es transparente.
Ahora vago errante, en busca de un final misericordioso y rápido. Si además pudiese ser indoloro, sería tan de agradecer... 
Pero no, no será indoloro, ni habrá misericordia. Ni está siendo rápido.
No hay misericordia para los que vendieron su alma y encima fueron tan tontos para aceptar un cheque sin fondos.
Sé que he de pagar tantas deudas como he ido acumulando. Es lo que tiene no morir joven, que no dejas un bello cadáver y que además, te queda demasiado tiempo para cagarla.
¡Y yo la he cagado a base de bien!
Lo peor de haberle vendido así el alma al diablo es que éste es un acreedor paciente. No parece tener prisa por cobrarse su pieza. 
Es más, mientras más ansío acabar con esta deuda, menos interés demuestra él en recoger su presa.
¡Y si al menos hubiera valido la pena!

sábado, 14 de septiembre de 2013

Manuales del Siglo XX en el Siglo XXI


Odio que suene el teléfono mientras estoy descansando.
Me irrita terriblemente, sobre todo porque jamás es para darte una buena noticia. Nunca me han despertado de la siesta para decirme:
-¡Eh, enhorabuena amigo! Le ha tocado un coche nuevo en la rifa del barrio.
Sobre todo porque en mi barrio,  lo más que puedes ganar en una rifa, es un viaje en guagua de ida y vuelta, y además en el mismo día, a la playa de Puerto Rico. Los bocadillos y las cervezas los pones tú.
No, cada vez que suena el teléfono en mi casa a la hora de la siesta es algún comercial novato, acabado de salir del curso de ventas de su empresa, hiper motivado y extra convencido de que lo que le han dicho sobre llamar a esta hora para localizar con más posibilidades al cliente -y por lo tanto de cerrar la venta con éxito- es verdad divina.
Hasta que tropieza con esa especie de mala bestia en la que me convierto cuando me despiertan en lo mejor de mi descanso para ofrecerme cambiar de compañía telefónica, comprar el canal digital, un colchón de látex, o ese fantástico robot de cocina que hará mi vida más cómoda y me dejará más tiempo para descansar.
Justo en esos momentos mis bramidos suelen hacer temblar los cimientos de mi casa y, por lo general, la línea telefónica  con el curioso resultado de quedarme hablando (maldiciendo, en realidad) solo, porque habitualmente ya no hay nadie en el otro lado cuando acabo la pregunta, retórica, cierto, sobre si él o ella creen que la hora de la siesta es la más adecuada para incordiar a nadie con gilipolleces de ese estilo, y si  después de cabrear a un cliente de esta guisa, creen de verdad que está predispuesto, no ya a comprar, sino ni siquiera a escuchar sus bobadas.
Pero ya digo, cuando acabo, no suele haber nadie al otro lado de la línea...
Una cosita: señores formadores de estos comerciales, de ex formador retirado a futuros ex formadores -porque si los evalúan por sus éxitos, pronto estarán en el desempleo, espero- ¿por qué no hacen algo útil, si no por sus pupilos, por ustedes mismos, y en vez de seguir viejos guiones y repetir prontuarios caducos como papagayos, no se paran e innovan?
Les garantizo que el primero que se detenga a pensar y se adapte a la realidad actual creando algo novedoso, algo ingenioso, algo que impacte y no incordie al potencial cliente, ese formador triunfa profesional y económicamente.
Claro que para eso tiene que pensar, y eso es más trabajoso que irse a internet y copiar de los manuales que corren por la red, cambiando una palabra aquí y un término allí, para simplemente cumplir con ésta o aquella empresa, cobrar el curso y a otra cosa... o a otro curso.
Y mientras tanto, cientos, quizás miles de potenciales comerciales se quemarán ante la respuesta airada de otros cientos, quizás miles de potenciales clientes exigentes como yo.
Y todo por unas decenas de inútiles.

martes, 13 de agosto de 2013

Bajo el sicomoro


Sé que está ahí, escondido entre las sombras del sicomoro o detrás de la valla que rodea mi jardín. 
Lo sé.
Lo noto en mis huesos. 
Lo puedo oler en el aire, como la presa es capaz de notar la presencia de la leona en la sabana, aunque no la llegue a ver.
Lleva acechándome años. Y da igual que cambie de casa, de ciudad, de país e incluso de nombre. Lo he intentando todo, de verdad. Pero siempre acaba dando conmigo. Siempre logra localizarme y al poco empieza su acoso nocturno. 
Todo comienza igual: primero una llamada telefónica en la que nadie responde al otro lado cuando contesto. Luego son cosas que se cambian de sitio en mi casa: cojines del sillón que aparecen en mi cama, la taza del desayuno que dejé en el fregadero aparece sucia en el salón... cosas así.
El paso siguiente es vigilar cada paso que doy en mi casa. Por eso nunca enciendo las luces ni la tele. Por eso jamás subo las persianas o descorro las cortinas.
Porque sé que está ahí, escondido, vigilante. Esperando sorprenderme con la guardia baja. Deseando que llame a la policía, como aquella vez, para que me puedan encerrar otra vez en el hospital, pero no, esta vez no. Ya aprendí la lección.
Ahora sé que la policía trabaja con él, que lo ayuda.
No, sé que estoy sola. 
Bueno, sola no. Aparto un segundo la mirada de las sombras y la poso en  mi arma. Aún en la oscuridad de mi casa es hermosa y brillante. Ya me he acostumbrado al peso. Sé que después de esta noche tendré que volver a cambiarme de casa y de nombre, y tal vez tendré que cavar debajo del sicomoro.
Pero también sé que me volverá a encontrar. No sé cómo lo hace, pero siempre me encuentra. Y siempre tiene la misma cara.
Hasta que le disparo.

sábado, 10 de agosto de 2013

Gardel tenía razón.


De todos los tangos que existen, quizá el que más veces he oído, y más veces he destrozado tratando de cantar imitando al inimitable, es "Volver".
Y su estrofa más conocida sin duda es aquella que proclama que veinte años no es nada.
Hoy cumples veinte años, y no puedo evitar pararme a mirar todo lo que ha ocurrido, que no es poco, en todo este tiempo.
Lo más importante es que aquella bebé pelirrojilla, pequeña, fragante como todos los bebés, ha ido creciendo hasta convertirse en una mujer capaz, inteligente y aunque muchas cosas han cambiado en tu vida en estos veinte años -unas buenas, otras no tanto- sigues siendo en esencia la misma persona alegre que reparte alegría a su alrededor, que sabe que la felicidad está en el equilibrio entre lo que uno da a los demás y lo que uno busca recibir de éstos. 
Y eso no te lo he enseñado yo.
Feliz cumpleaños, hija.

miércoles, 3 de julio de 2013

El mejor de la promoción.


Cuando Víctor nació, el hecho en sí cumplió todas las expectativas de su familia. Era el niño que todos esperaban. Era guapo, estaba sano y ambas familias -la de él y la de ella- se volcaron completamente en que nunca le faltara de nada, en una absurda competencia.
Víctor fue creciendo, y lo hizo entre mimos y algodones. Todos tenían planes para él, todos tenían las ideas claras de cómo tenía que ser su futuro, todos menos Víctor, que sólo se dejaba querer, mimar y hacer, sin preocuparse de otra cosa que de conseguir sus más absurdos deseos, y además, conseguirlos ya.
La familia lo tenía claro: el niño tenía que ir a un buen colegio, sin embargo fue problemático decidirse por uno. La familia de él, quería que fuera al mismo que fue el padre y todos los varones de la familia. La familia de ella, prefería  otro de corte más religioso pero de mucho renombre. Al final llegaron a un acuerdo de compromiso, y Víctor fue a un afamado colegio trilingüe y carísimo, pero ¿para qué estaban los abuelos si no? Por supuesto, querían dejar sentadas las bases para que pudiera ir a una buena universidad en el futuro. 
Además lo apuntaron también en kárate, en música, en el uso del ábaco y en tenis.  Y eso que el colegio lo mandaba a casa con montañas de deberes, pero cada vez que el niño se quejaba de que otros niños jugaban en el parque con sus abuelos, oía la misma respuesta: "en esta vida nada se consigue sin esfuerzo, y ya vería él dónde acababan esos niños en el futuro, cuando fueran hombres y se dieran cuenta de que no estaban suficientemente preparados. Serían unos fracasados y no como él"
Víctor se convirtió así en un joven preparado y apagado, serio y triste, pero a nadie le importaba eso. Tenía la misma edad que mi hija, pero mientras ella aprobaba los cursos y salía con sus amigas de vez en cuando, a él se le exigía sacar la mejor nota del curso, ser el número uno de su promoción. Todo lo que no fuera eso se consideraba un fracaso en su familia.
Hacía años que no lo veía. Casi diez. Prácticamente desde que me mudé fuera de la capital, así que cuando esta mañana lo vi, delgado y demacrado, haciendo malabares por unas monedas que casi nadie le echaba en su sombrero, en Mesa y López, me quedé francamente sorprendido. 
Le hice señas. No se acordó de mi hasta que no le nombré a mi hija. Lo invité a un café y un bocadillo y me contó que un día, no recordaba bien cuál o por qué, se levantó y algo hizo "click" en su mente. Cogió una mochila, una muda de ropa, unos cientos de euros, y dejando una nota para que su familia no se volviera loca recorriendo comisarias y hospitales, cogió un barco hasta Cádiz, y de allí un tren hasta Francia, y de allí otro hasta Holanda, y suma y sigue.
Necesitaba respirar, me dijo. Necesitaba olvidarse de horarios, de vivir una vida planeada por otros para él, de ser testigo de discusiones sobre si el "el niño tiene que ser abogado como el abuelo Joaquín o empresario como papá". Necesitaba saber qué quería ser él. Y aquello era imposible en esa casa donde el aire estaba tan rancio que en vez de respirarse, se masticaba.
Cuando le pregunté si ahora era feliz se encogió de hombros. ¿Y quién sabe de verdad si es feliz? Ahora voy a donde  quiero. Duermo donde puedo y como a diario, aunque poco-dijo sonriendo- por cierto, gracias por el bocadillo.
Nos despedimos un poco incómodos. Él, porque tenía prisa por volver a su sitio para seguir haciendo malabares. Yo, porque no paraba de cuestionarme si también me había equivocado en la forma en la que había educado a mis hijas.
Y es que a veces es mejor no mirar tanto por el espejo retrovisor.

lunes, 3 de junio de 2013

Guardando el secreto.


Caí en la cama y se empapó al instante.
Todo ardía: yo ardía, las sábanas ardían, la almohada ardía, mis ojos eran tizones...
La fiebre subía a toda velocidad y no lograba controlarla.
Con la escasa lucidez que aún me queda voy repasando los pasos que vendrán a partir de ahora: pronto la temperatura llegaría a los 40 grados y en breve pasaría de los 41; tal vez llegaría a los 42...
No era la primera vez en mi. 
Luego vendrían los desvaríos y la pérdida del control de mi mente.
A partir de ahí sabría que no sería capaz de mantener encerrado tu nombre donde lo llevo guardado desde hace tantos años, bajo esa losa que nadie, sino yo, puede mover, cerrado con una llave que sólo yo puedo manejar.
Pero cuando la fiebre me gana la partida, me siento totalmente indefenso, y como un niño asustado, te busco en los rincones más profundos de mi mente, perdido, aferrándome a ti.
Y sé que gritaré tu nombre.
Una vez más.
Y tú y yo sabemos que ese es un lujo que no podemos permitirnos, ¿verdad?
Aún estoy lúcido, pero por poco tiempo, así que tengo que impedirlo. 
Con la cara ardiendo abrí la boca y mordí con todas mis fuerzas la lengua.
El chorro de sangre saltó manchándolo todo: mi pecho, las sábanas, la almohada, el suelo, y hasta unas gotas llegaron a la pared. 
El grito de dolor alertó a la gente y avisaron a un médico.
Todos se lo achacaron a la fiebre.
Sólo tú y yo sabemos la verdad.
Y por esta vez al menos, seguirá siendo así.

sábado, 18 de mayo de 2013

Plan de viaje


Quiero apagar la luz del letrero y cerrar la puerta.
Bajar las rejas del chiringuito.
Poner un cartel que diga: "hoy no abrimos".
Mañana tampoco.

Quiero subirme a un barco.
No quiero saber cuál es su destino.
Cuando llegue a puerto, si no me gusta lo que veo, quiero coger otro barco.
Sin mirar tampoco ni destino ni horario.
Sólo quiero mirar nuestras sombras en el mar.
O cómo nos persigue algún delfín más perdido que nosotros.

Quiero que el sonido de la palabra reloj sea tan extraño para mi como lo son el de eikonal, o el de difracción, o incluso suprarrenalectomía.
Sólo me interesa cómo suenan palabras como amanecer, como mar... o como mi nombre cuando lo pronuncias tú.


sábado, 11 de mayo de 2013

Mirando a las nubes.


Anoche soñé con mi hermano Pablo. Ambos crecimos juntos, jugamos juntos, sufrimos juntos esa autarquía extraña que era mi casa dentro de la gran autarquía que era la España de aquellos años. Juntos hicimos mil y una mataperradas y juntos soñamos algún futuro donde libertad fuera algo más que otra palabra dentro del diccionario Sopena, aquél que llevábamos en las maletas, junto a los libros del cole.
Hace muchos años que no hablo con mi hermano. No creo que vuelva a hacerlo jamás.
Si he de ser sincero, las razones se pierden en la nebulosa de mi memoria. Tampoco importan, la verdad: una palabra mal dicha, otra mal recibida, un gesto a destiempo, una conversación aclaratoria que jamás se realizó porque el orgullo pesa más que la razón... ya no importa. Ese jarrón ya está roto.
Pero anoche mi mente me llevó en sueños de nuevo a aquellos años en los que buscábamos alguna manera para que las mañanas tan aburridas de los domingos no se nos hicieran tan eternas.
A veces, cuando ya no sabíamos a qué jugar porque habíamos agotado todo el repertorio que podíamos usar en el patio y en el jardín de nuestra casa -todo lo demás, la calle, los parques cercanos, eran terrenos vetados por mi padre- girábamos como derviches, a toda velocidad, hasta que el mareo nos vencía y caíamos al suelo, agotados, sudorosos, con el corazón palpitando a toda velocidad, y nos quedábamos allí, con la espalda apoyada en el suelo de cemento del patio, mirando pasar las nubes empujadas por la brisa.
Hoy he necesitado hacer lo mismo.
No sé si es por el sueño o porque últimamente estoy un poco melancólico. 
O porque, como un amigo, que cada vez que habla siembra de pensamientos mi alma dice, cuando nos hacemos viejos volvemos poco a poco a la infancia.

                 El caso es que, menos girar como un derviche, porque evidentemente y por razones físicas ya no puedo, sí que me acosté en suelo del patio de mi casa y, como en aquellos lejanos domingos, me puse a ver cómo pasaban las nubes. 
Sin nada más en la mente volví a disfrutar de un cielo azul y brillante y de decenas de nubes que pasaban lentamente...tan lentamente, que me quedé dormido con una gran sonrisa en mi cara.

viernes, 19 de abril de 2013

En tierra hostil.


No sé si ese estado anímico que impregna mi entorno y a mí mismo, en el que la añoranza por un tiempo pasado -donde todo estaba por hacer y todo era posible- es la reina de las emociones, se debe a  a aquello de que cualquier tiempo paso fue mejor, o a que el recuerdo idealizado de los años en los que la fe en uno mismo, la confianza en los demás y la esperanza de que el mundo estaba ahí para que lo conquistáramos era mayor y más agradable que la realidad burda de nuestra vida actual.
De verdad que no lo sé. 
Lo que sí sé es que cada vez me ataca con más fuerza la sensación de que no estoy viviendo en mi época. O incluso de que ahora ni siquiera estoy viviendo, sino sobreviviendo en un ambiente que percibo como hostil.

martes, 9 de abril de 2013

No lloraré por ella.

Tatchert con su socio de ideas y aliado, Reagan.

Sé que en esta sociedad de hipócritas está mal visto hablar mal de los muertos; incluso no hablar bien de ellos, guardar silencio, está mal mirado. Yo seré muchas cosas, pero jamás un hipócrita. Margaret Tatcher murió. No lo celebraré con cava, pero no lloraré por ella.
Creo que su contribución a la Historia y a la humanidad ha sido nefasta. Creo que sus manos estaban llenas de sangre. Y no me refiero sólo a la absurda guerra de Las Malvinas, en la que ella y Galtieri, dieron rienda suelta a su apetito voraz de vidas. ¡Cuándo entenderán los políticos que nada justifica la sangre derramada! Me refiero al ajusticiamiento sin juicio, juez ni jurado, de unos presuntos terrorista del IRA en Gibraltar, muertos a traición por las fuerzas especiales británicas llegadas ex profeso. Me refiero a los 10 presos que murieron en  las cárceles británicas en la huelga de hambre de 1.981, y que protestaban por las condiciones en las que vivía Irlanda, sometida manu militari y con mano férrea a los dictados de Londres. Me refiero a los miles -20.000 al parecer- de personas enfermas que murieron de manera acelerada en injustificada debido a su política sanitaria. O a los innumerables que han muerto en la indigencia merced a sus teorías neo liberales que han llevado a Gran Bretaña a ser lo que hoy es: el paraíso de los capitales en vez de la amable tierra de acogida para todos que era hasta ese momento.
"Nuestra venganza será la risa de nuestros hijos" Bobby Sands.

¿Pero qué esperar de la persona que mandó a su Ministro de Economía al Chile de Pinochet para que aprendiera cómo se hacían las cosas allí y que, años más tarde, dio refugio y apoyo al dictador?
Margaret Tactcher está muerta. Y bien muerta está, desde mi punto nada aséptico de vista. Pero sus ideas, su modo de concebir la sociedad, centrada en el dinero y no en las personas, siguen vivas y gozando de plena salud en todo occidente.
Para la desgracia de la humanidad.

miércoles, 3 de abril de 2013

Empezando el miércoles.

Autor de la imagen: Paul Mccoubrie

          Ya falta poco para que amanezca. El ruido de la lluvia cayendo sobre las planchas que techan el patio se mezcla con el borboteo en la cocina del primer café del día, oloroso , caliente, con esa espuma marrón que lo corona cuando está recién hecho. Me pregunto si es verdad que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, qué clase de Dios demente y egocéntrico fue capaz de crearlo. La lluvia sigue cayendo, mansa, sobre mi patio. El café va calentando mi cuerpo, se lleva con su aroma los últimos restos de una noche de sueños y dudas, y me ayuda a despertar. Comienza este miércoles.

martes, 2 de abril de 2013

Los árabes y el sentido de la vida.


Algo que he podido constatar con los años es que los árabes tenemos de manera casi innata un sentido dramático de las cosas. No sé si ocurre igual con todos los orientales, pero con los árabes, desde luego que sí.
Todo es para nosotros una tragedia, o al menos, todo es susceptible de serlo. Ya saben lo que dicen de nosotros: que la realidad no te estropee un buen drama.
Tal vez sea debido a nuestra visión fatalista de la vida. Tenemos grabado en nuestro código genético que las cosas son como son por alguna razón, aunque no la conozcamos ni, en la mayoría de las veces, nos preocupe lo más mínimo conocerla. Sólo las aceptamos como voluntad divina....
Insha'Alá!!
¡Si Dios lo quiere!
Las cosas pasan o no pasan sólo si Dios quiere o no que ocurran. Y punto. Ante una situación, la que sea, un árabe sólo tiene dos respuestas: "si Dios lo quiere..." O montar un drama en toda regla. Y no es que no sepamos divertirnos, no, que va. Famosas son nuestras fiestas sin fin. Claro que se rumorea que eran "sin fin", porque cuando acababan, lo hacían también de manera un tanto trágica. De tal manera que no sería la primera vez que escuchara a algún árabe decir que para evitar terminar llorando, mejor no empezar riendo...
Así que, entre tragedias barrocas y jaculatorias constantes (no sé si sentidas, la verdad) pasan -aquí ya no me incluyo- su vida quejándose de su mala suerte, de las confabulaciones de sus enemigos, sean éstos reales o ficticios, o de ofensas -más ficticias éstas que reales, por cierto- al tiempo que esperan que las cosas pasen sólo "si Dios quiere..."

lunes, 1 de abril de 2013

Rien ne va plus.


                 A veces me olvido de que en esta extraña partida de dados que es la vida,  una vez lanzados, ya no hay marcha atrás. No sé quién será el dueño de este casino. Pero presiento que en el juego de la vida, como en los casinos de  Las Vegas, juegues a lo que juegues, juegues como juegues, la casa siempre gana.

sábado, 30 de marzo de 2013

Entre dos carriles.

Autor de la foto: J.Cantador

         No sé si cuando te mueres pasas a otro estado de consciencia o si después ya no hay nada. Solo sé que cuando ya no esté por aquí echaré algunas cosas de menos, si es que los muertos pueden sentir amor, añoranza, paz, temor, rencor, tal vez odio. Echaré de menos ver dormir plácidamente a mi pareja. Echaré mucho de menos disfrutar de un buen vino, de un buen guiso, de una mejor conversación, de esos silencios tan cómplices, tan llenos de sentido para mí. Echaré de menos paladear sin prisas un buen café mientras miro pasar a la gente, sentarme un ratito al sol y notar como penetra en mis huesos doloridos, escuchar las risas de mis hijas en Nochebuena y comprobar cómo van descubriendo la vida cada día. Echaré de menos algunos buenos libros, algunas grandes películas, algunas sinfonías inmensas, algunas óperas sublimes. Echaré muchísimo de menos a mis pocos y buenos amigos. No sé si ellos me echarán de menos a mi, pero eso, realmente, no importa.
          Este tipo de añoranzas es una carretera de un sólo sentido.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La banda sonora de mi barrio.


Vivir en mi barrio es como hacerlo dentro de una película. Una de serie "B" por su bajo presupuesto, cierto, pero una película con sus personajes, personajillos, sus tensiones, su acción -algo lenta casi siempre- y su banda sonora.
Una banda sonora reflejo del pasado que compartíamos todos los barrios de esta ciudad, pero que hoy se da en mi barrio y poco más. Una banda sonora llena de ruidos rescatados de ese ayer y de estridentes silencios  que permiten vivir la ficción de una paz que no es tal. Una banda sonora que la componen los ruidos de los vendedores ambulantes que pasan por las calles de mi barrio ofertando con su reclamo sonoro su mercancía. 
Así, el panadero -panadera en realidad- abre el día a las 7:30 de la mañana tocando casi a rebato el claxon de su furgoneta para avisar a los vecinos de la llegada del pan calentito. 
A esa hora en mi barrio el pudor no se encuentra.
Bueno, he de decir que en mi barrio el pudor casi nunca aparece a la hora de salir a la calle. 
Quizás por eso la gente no se corta y lo hacen llevando el pijama o batín cuando salen a por el pan cada día, o incluso a veces, recorren la calle así vestidos para visitar a algún vecino más o menos cercano y tomar un café mientras comentan los chismes más sabrosos del momento: quién pone los cuernos a quién, la hija de quién esta preñadísima o quién volvió a casa ayer tan borracho que andaba a trompicones. 
¡Cosas de mi barrio!
Luego, a media mañana, los martes y los jueves, pasa el furgón de la fruta y la verdura. A éste lo anuncia un par de gritos bien dados que lanzan a quien los quiera oír (y a quien  no, también) las ofertas del día:
-¡Calabacinos baratitos, señora! ¡Limones, limones gordos y llenos de zumo, oiga!
Los viernes pasa el señor del pescado.
Lo hace anunciándose de una manera genuinamente canaria: haciendo sonar una enorme caracola que, como las tompretas de Jericó, es capaz de derribar cualquier muralla al tiempo que, a voz en grito, avisa de lo mejor de ese día:
-¡Calamares saharianos! ¡Sardinas, ricas sardinas, frescas sardinas!
Los miércoles le toca al  chico de la ropa de hogar. 
Éste se anuncia con la música de su coche a todo volumen, de manera que se podría creer que en vez de paños de cocina, sábanas, edredones, mantas o los mil artículos que lleva para vender a crédito en su furgón, anuncie alguna discoteca de mal gusto y peor música.
Y cada día, de lunes a sábado, el vendedor de cupones de la ONCE, que pasa sin prisas haciendo sonar su silbato Fox 40 Classic hasta que ese ruido tan estridente se te meta en lo más profundo del cerebro y salgas a comparle un cuponcito con la esperanza de que te toque el premio gordo...y así mudarte a otro barrio donde el único ruido que escuches sea precisamente el que aquí casi nunca oyes: el del tráfico rodado.

domingo, 3 de marzo de 2013

Los zapatos de mi padre.


            Mi padre tenía más o menos mi edad cuando me engendró. A mi edad, cuando yo estoy haciendo las cuentas de liquidación y cierre de mi propia vida, él seguía creando otras. Entre ellas las de mi hermano menor y la mía propia. Estos días, pensando en eso, me he dado cuenta de que, a pesar de que cada vez me sienta más cercano a su figura y de que cada día lo comprenda más y lo juzgue menos, entre él y yo hay un muro infranqueable, una barrera que está fuera de mis límites. Él era un hombre fuerte y luchador, yo sólo soy apenas una sombra de él; una mala imitación, como esas que hacen los chinos de perfumes, ropa o bolsos de marca. Mi padre se equivocó muchas veces en su vida. Y muchas cosas de las que hizo las hizo mal. No por maldad o indolencia, sino porque no supo hacerlas de otra forma. Mi padre era así. Nos quiso sin medida, trabajó sin medida, y vivió intensamente su oficio de comerciante. Mi padre, ¿a qué negarlo?, siempre fue un hombre apasionado.
                 Hoy he hecho el ejercicio de ponerme en sus zapatos, aquellos zapatos negros, de cordones, siempre brillantes y abetunados, siempre el mismo modelo. He tratado de ponerme su zapatos para poder pensar como él, para poder equivocarme donde él, para poder sentir lo que él, para poder parecerme un poco más a él y tratar de ser tan buen padre como él -con sus errores y aciertos- lo fue para todos sus hijos. Pero no puedo. Sus zapatos me vienen grandes, casi tanto como su vida. Porque mi padre no era un hombre grande, pero sin duda era un gran hombre. Aunque nunca presumiera de ello.

domingo, 24 de febrero de 2013

Mi vecino.


Estos días me he dado cuenta de algo inquietante: mi vecino se aburre.
Se aburre mucho.
Sobre todo los fines de semanas y festivos. Si no no se entendería esa irritante costumbre que tiene de hacer obras prácticamente cada sábado o domingo.
El caso es que en vez de irse a la playa o al campo, o a dar una vuelta y al cine, como cualquier mortal, él se pertrecha de martillo, de mazas, de taladro, de sierra eléctrica y de toda herramienta susceptible de hacer el más molesto de los ruidos, y se dedica a hacer vaya usted a saber el qué, pero eso sí, lo hace con inusitada fruición.
Y la verdad es que no me explico qué demonios puede estar haciendo para necesitar acometer esas obras en un piso de 120 mtrs cuadrados semana sí y semana no. Porque con el tiempo que lleva haciendo chapuzas en su casa, ya debería haberla renovado por entero dos o tres veces. El caso es que raro es el fin de semana en el que el sábado o el domingo -cuando no en los dos días- no tenga de música de fondo una sinfonía inaguantable de martillazos, taladros, mazazos y demás. 
Y digo yo, ¿tanto le habría costado a este hombre aficionarse a la cocina en vez de al bricolaje?
Porque, puestos a dar por sentado que se aburre y que leer no entra en sus previsiones, menos molesto sería ese hobby que el de derruir y reconstruir su casa semana a semana.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Un final como otro cualquiera

Imagen de la web  fenomenosparanormales.org 

Noto su presencia tan cercana, que se podría decir que siento como su aliento me enfría la nuca. 
¡Quién me lo iba a decir! Tanto tiempo fanfarroneando sobre ella y sobre el poco o ningún miedo que me inspiraba, y ahora que sé que ya está aquí, que ya viene a buscarme, y que esta vez no se irá de vacío, estoy aterrado.
Sé que esta vez es la definitiva. Sé que moriré pronto.
Tal vez hoy mismo.
Desde luego, no creo que vea la luz de mañana.
Y esta absoluta certeza, en vez de ser, como siempre creí, liberadora, es tan perturbadora que está convirtiendo mis últimas horas en una tortura insoportable.
Si creyera en algo, si tuviera alguna fe, podría consolarme con que hay otra vida, con que en ese más allá me espera algo, ya sea un premio o un castigo; en todo caso, otra oportunidad para volver a ser algo vivo, para ser alguien, para amar y ser amado...tal vez. Para empezar de nuevo.
Pero saber que cuando ella llegue definitivamente, que cuando su soplido apague de una vez y para siempre la cada vez más tenue llama de mi vida, no quedará sino una espantosa e impenetrable oscuridad, hace mucho más duros estos momentos. Por mucho que los entienda y por muchos años que lleve preparándome para ellos.
Ya ves, en eso los creyentes nos llevan ventaja. Viven en una mentira y en la ignorancia, pero mueren en paz y en el confort que esa mentira y esa ignorancia les brinda.
Ya llega. Lo sé. Lo noto.
Mis ojos ya se apagan. Mi corazón  ya no quiere seguir, y este sé que es mi último pensamiento lógico, después vendrá la nada.
Esto se acaba...

sábado, 12 de enero de 2013

Un día cualquiera.


Él ya no tenía duda: estaba loco.
Loco de desesperación y de ira.
Loco de angustia y de miedo.
Loco de ansiedad y de frustración.
Loco,  y a punto de hacer una locura. Era lo propio, ¿no?. Los locos hacen locuras y los tontos tonterías, como decía la célebre frase de Forrest Gump.
Cada noche, cuando cerraba los ojos para dormir, oía el ruido atronador de la reja de su negocio cerrándose por última vez, el timbre de su puerta sonando insistente pulsado por los oficiales de los juzgados donde se tramitaban las demandas de impago contra él, tratando de dejarle las citaciones a los juicios. Volvía a sentir el mismo estupor que sintió la tarde que llegó a su casa y no pudo abrir la puerta porque su mujer le había cambiado la cerradura, harta de él y de sus malos humores. Volvía a sentir el vértigo infinito que sintió al darse cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba solo y sin tener a nadie ni a nada a quien recurrir. Así, noche tras noche. Imposible dormir. ¿Desde cuándo no dormía más de una hora seguida? No lograba recordarlo.
Pero eso ya era historia, se dijo. Estaba loco, no había otra explicación. 
¡Estaba loco! Eso le diría a la policía y al juez cuando llegase el momento, si es que podía, claro...
Pero ahora tenía algo importante que hacer. Algo que diera sentido a su miserable vida y que hiciera que todos lo recordaran como un loco, sí, pero un gran tipo también.
Suspirando entró en el banco que hace años había iniciado su descenso a los infiernos al cerrarle el crédito justo cuando más lo necesitaba y llevándole con ello a la ruina y amablemente preguntó por el director mientras aferraba con firmeza un abultado maletín esperando que no saliera de él ningún olor a gasolina que le pudiera delatar...

lunes, 7 de enero de 2013

Soy un procastinador.


He aprovechado el tiempo de ocio que me ha brindado esta Navidad para hacer algo que llevaba tiempo aplazando: ordenar mi cuarto de trabajo.
De todos los pecados y vicios que me definen, el de la procastinación es sin duda el mayor. Las tareas administrativas me aburren soberanamente, y de esa manera se acumulan papeles, cartas, manuscritos, informes, notas sobre futuras entradas para este blog escritas en servilletas de bares (uno escribe donde la viene la inspiración), números de teléfonos anotados en tickets de parking o en pedazos de papel arrancados de folletos publicitarios, títulos de libros que quiero leer o comprar anotados en un pósit que ya perdió su adherencia,  recibos y más recibos,  y un sin fin de cosas mezcladas y amontonadas en mi mesa -y hasta en alguna de las sillas del despacho- en un totum revolutum caótico del que siempre dejo su clasificación y orden para mañana, porque siempre encuentro una tarea mejor, menos aburrida o más gratificante que hacer primero.
Pero de vez en cuando me enfundo la casaca de hombre serio y responsable y me lanzo a la tarea, a veces ingente, y siempre aburrida, de clasificar y archivar esa marea de papeles que amenaza con tragarme un día de estos.
Cuando lo hago me doy cuenta de lo vanal que es muchas veces mi vida y de lo poco que dura la importancia que le doy a algunas cosas.
Al releer todo lo que se acumula en mi mesa acabo preguntándome si en vez de un café me estaría tomando un copazo  -o unos cuantos- cuando escribí esa nota con tanto apuro que ni yo acabo por entender mi propia letra, o si de verdad creí que aquellos apuntes para un escrito eran merecedores de conservarse como para anotarlos, porque al releerlos hoy me parecieron de lo más vulgar y anodino. 
Y así, papel tras papel, notas de ideas que debieron parecerme geniales en su momento y hoy apostato de ellas, números de teléfonos sin nombre (y hasta alguno con nombre e incluso dirección), tarjetas de visita con alguna anotación que hoy por hoy son un verdadero misterio para mi, recibos caducados, facturas y un sin fin de cosas sin clasificación posible acaban archivados en una enorme bolsa de basura que, muchas veces, se hace insuficiente para tanto archivo.
Así que he tomado la decisión de no volver a guardar nada encima de la mesa, ni de usarla como almacén momentáneo de cartas, notas y demás, sino que voy a darle curso a las cosas día a día, empezando por estas cartas que me acaban de llegar...bueno estas mejor ya las reviso mañana, porque ahora tengo que ir a comprar papel para la impresora, que leí en una de las notas que tiré que hace dos semanas que tendría que haber ido y no fui. 
¡Puñetera procastinación!