jueves, 3 de enero de 2013

Creer o conocer, ese es el dilema.

Símbolos de diferentes religiones.

Era 1969 y yo, con 7 años, asistía a las clases de religión que impartía el padre Mariano. Un día nos contó la famosa anécdota -falsa, por demás- de cuando San Agustín paseaba por la orilla de una playa tratando de entender el misterio de la Santísima Trinidad cuando tropezó con un niño que había hecho un agujero  en la arena y no paraba de echarle cubos de agua del mar dentro. Extrañado por esa actitud, al preguntarle qué hacía, el niño le contesta que intentaba vaciar el mar dentro de aquel agujero.
San Agustín, entre sorprendido y divertido le advierte que esa era una tarea imposible a lo que el niño, con voz seria, le contesta que más imposible era tratar de entender el misterio de la Trinidad y él llevaba meses intentándolo.
La Iglesia, todas las Iglesias, da igual el credo que éstas profesen, siempre se han valido de hechos mágicos o taumatúrgicos, tan inexplicables como falsos, para tratar de convencer al hombre de que lo imposible es posible -hasta mover montañas-  sólo a través de la fe. De su única fe verdadera, claro, ya sea ésta la cristiana, la musulmana o la hebrea (con todas las variantes y derivaciones de cada una de ellas incluidas), o incluso de otras menos mayoritarias pero no menos excluyentes con las demás en cuanto a ser la única fe verdadera y eterna.
Todas se arrogan ese privilegio , y todas mienten, claro.
Un ejemplo: el culto a Baal duró 3.200 años;  el de Mitra, 2.500 aproximadamente, más o menos como el culto egipcio. El brindado a los Dioses griegos duró 1.200 años, el de los romanos unos 1.100 y el de los Dioses nórdicos vikingos dura desde hace tiempo inmemorial hasta hoy en día en algunas zonas rurales de los países escandinavos. Yavhé lleva 5.774 años guiando a su pueblo elegido; Cristo unos 2.000 dando ejemplo a sus seguidores, y Alá, con su profeta Mahoma, 1.434 dirigiendo a los musulmanes.
Incluso hasta hay religiones de nuevo cuño, como la Cienciología, que acaba de cumplir 60 años y que nació con vocación eterna.
Y si nos fijamos, todas las religiones, desde la más antigua a la más moderna, comparten tres objetivos principales y un enemigo común.
Todas buscan la sumisión de sus fieles a través del miedo al castigo o de la esperanza de un premio tras la muerte, todas pretenden dar consuelo y respuestas a sus fieles ante los miedos atávicos del ser humano y todas -a la corta- se enriquecen a través de ese miedo y/o del consuelo que ofrecen ante él.
Ya se sabe...nada es gratis. Al menos en este mundo.
Especialmente la fe.
Y todas tienen un enemigo común: la razón pura y el libre pensamiento, a la que todas, sin excepción, tildan de ateísmo.
Yo reconozco que me encantaría tener fe. Me encantaría poder creer en un ser magnificente, omnisciente, omnipresente y omnipotente que cuidase de mi al tiempo que me vigila para darme un premio si soy buena gente, o un coscorrón, si me portase mal. Así no tendría que hacerme absolutamente responsable de mi vida y de mis actos, ni de mis aciertos o errores, porque para eso estaba Dios.
Y me encantaría ser creyente porque cuando la razón me diga que estoy jodido, y bien jodido, la fe me diría que ese Dios tan bondadoso me va a echar un capote...
¡Qué mierda ser como soy!

1 comentario:

Encarna Morin dijo...

Buena reflexión, digna de un tratado de filosofía...
Lo bueno y breve, dos veces bueno.