lunes, 7 de enero de 2013

Soy un procastinador.


He aprovechado el tiempo de ocio que me ha brindado esta Navidad para hacer algo que llevaba tiempo aplazando: ordenar mi cuarto de trabajo.
De todos los pecados y vicios que me definen, el de la procastinación es sin duda el mayor. Las tareas administrativas me aburren soberanamente, y de esa manera se acumulan papeles, cartas, manuscritos, informes, notas sobre futuras entradas para este blog escritas en servilletas de bares (uno escribe donde la viene la inspiración), números de teléfonos anotados en tickets de parking o en pedazos de papel arrancados de folletos publicitarios, títulos de libros que quiero leer o comprar anotados en un pósit que ya perdió su adherencia,  recibos y más recibos,  y un sin fin de cosas mezcladas y amontonadas en mi mesa -y hasta en alguna de las sillas del despacho- en un totum revolutum caótico del que siempre dejo su clasificación y orden para mañana, porque siempre encuentro una tarea mejor, menos aburrida o más gratificante que hacer primero.
Pero de vez en cuando me enfundo la casaca de hombre serio y responsable y me lanzo a la tarea, a veces ingente, y siempre aburrida, de clasificar y archivar esa marea de papeles que amenaza con tragarme un día de estos.
Cuando lo hago me doy cuenta de lo vanal que es muchas veces mi vida y de lo poco que dura la importancia que le doy a algunas cosas.
Al releer todo lo que se acumula en mi mesa acabo preguntándome si en vez de un café me estaría tomando un copazo  -o unos cuantos- cuando escribí esa nota con tanto apuro que ni yo acabo por entender mi propia letra, o si de verdad creí que aquellos apuntes para un escrito eran merecedores de conservarse como para anotarlos, porque al releerlos hoy me parecieron de lo más vulgar y anodino. 
Y así, papel tras papel, notas de ideas que debieron parecerme geniales en su momento y hoy apostato de ellas, números de teléfonos sin nombre (y hasta alguno con nombre e incluso dirección), tarjetas de visita con alguna anotación que hoy por hoy son un verdadero misterio para mi, recibos caducados, facturas y un sin fin de cosas sin clasificación posible acaban archivados en una enorme bolsa de basura que, muchas veces, se hace insuficiente para tanto archivo.
Así que he tomado la decisión de no volver a guardar nada encima de la mesa, ni de usarla como almacén momentáneo de cartas, notas y demás, sino que voy a darle curso a las cosas día a día, empezando por estas cartas que me acaban de llegar...bueno estas mejor ya las reviso mañana, porque ahora tengo que ir a comprar papel para la impresora, que leí en una de las notas que tiré que hace dos semanas que tendría que haber ido y no fui. 
¡Puñetera procastinación!

1 comentario:

Guillermo ROBAINA dijo...

Me gusta. Es una auténtica inspiración para un taller de gestión del tiempo que me gustaría desarrollar... un día de estos.