miércoles, 6 de marzo de 2013

La banda sonora de mi barrio.


Vivir en mi barrio es como hacerlo dentro de una película. Una de serie "B" por su bajo presupuesto, cierto, pero una película con sus personajes, personajillos, sus tensiones, su acción -algo lenta casi siempre- y su banda sonora.
Una banda sonora reflejo del pasado que compartíamos todos los barrios de esta ciudad, pero que hoy se da en mi barrio y poco más. Una banda sonora llena de ruidos rescatados de ese ayer y de estridentes silencios  que permiten vivir la ficción de una paz que no es tal. Una banda sonora que la componen los ruidos de los vendedores ambulantes que pasan por las calles de mi barrio ofertando con su reclamo sonoro su mercancía. 
Así, el panadero -panadera en realidad- abre el día a las 7:30 de la mañana tocando casi a rebato el claxon de su furgoneta para avisar a los vecinos de la llegada del pan calentito. 
A esa hora en mi barrio el pudor no se encuentra.
Bueno, he de decir que en mi barrio el pudor casi nunca aparece a la hora de salir a la calle. 
Quizás por eso la gente no se corta y lo hacen llevando el pijama o batín cuando salen a por el pan cada día, o incluso a veces, recorren la calle así vestidos para visitar a algún vecino más o menos cercano y tomar un café mientras comentan los chismes más sabrosos del momento: quién pone los cuernos a quién, la hija de quién esta preñadísima o quién volvió a casa ayer tan borracho que andaba a trompicones. 
¡Cosas de mi barrio!
Luego, a media mañana, los martes y los jueves, pasa el furgón de la fruta y la verdura. A éste lo anuncia un par de gritos bien dados que lanzan a quien los quiera oír (y a quien  no, también) las ofertas del día:
-¡Calabacinos baratitos, señora! ¡Limones, limones gordos y llenos de zumo, oiga!
Los viernes pasa el señor del pescado.
Lo hace anunciándose de una manera genuinamente canaria: haciendo sonar una enorme caracola que, como las tompretas de Jericó, es capaz de derribar cualquier muralla al tiempo que, a voz en grito, avisa de lo mejor de ese día:
-¡Calamares saharianos! ¡Sardinas, ricas sardinas, frescas sardinas!
Los miércoles le toca al  chico de la ropa de hogar. 
Éste se anuncia con la música de su coche a todo volumen, de manera que se podría creer que en vez de paños de cocina, sábanas, edredones, mantas o los mil artículos que lleva para vender a crédito en su furgón, anuncie alguna discoteca de mal gusto y peor música.
Y cada día, de lunes a sábado, el vendedor de cupones de la ONCE, que pasa sin prisas haciendo sonar su silbato Fox 40 Classic hasta que ese ruido tan estridente se te meta en lo más profundo del cerebro y salgas a comparle un cuponcito con la esperanza de que te toque el premio gordo...y así mudarte a otro barrio donde el único ruido que escuches sea precisamente el que aquí casi nunca oyes: el del tráfico rodado.

2 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Es una narración sabrosamente informativa que relata ciertos pequeños acontecimientos que de tan repetitivos y predecibles resultan exasperantes.
El chismoseo barrial es cosa universal, donde viven más de dos familias hay un pequeño infierno.

La forma está perfecta, y es un texto muy entretenido de leer, querido amigo. Tomaré tu idea para extenderme en mi blog respecto a los ruidos que han pasado por los muchos barrios donde he vivido.

Un abrazo fuerte.

Unknown dijo...

Sabes amigo, me gusta tu barrio, mejor, me gustan los sonidos de tu barrio.
Un abrazo
Juan