domingo, 3 de marzo de 2013

Los zapatos de mi padre.


            Mi padre tenía más o menos mi edad cuando me engendró. A mi edad, cuando yo estoy haciendo las cuentas de liquidación y cierre de mi propia vida, él seguía creando otras. Entre ellas las de mi hermano menor y la mía propia. Estos días, pensando en eso, me he dado cuenta de que, a pesar de que cada vez me sienta más cercano a su figura y de que cada día lo comprenda más y lo juzgue menos, entre él y yo hay un muro infranqueable, una barrera que está fuera de mis límites. Él era un hombre fuerte y luchador, yo sólo soy apenas una sombra de él; una mala imitación, como esas que hacen los chinos de perfumes, ropa o bolsos de marca. Mi padre se equivocó muchas veces en su vida. Y muchas cosas de las que hizo las hizo mal. No por maldad o indolencia, sino porque no supo hacerlas de otra forma. Mi padre era así. Nos quiso sin medida, trabajó sin medida, y vivió intensamente su oficio de comerciante. Mi padre, ¿a qué negarlo?, siempre fue un hombre apasionado.
                 Hoy he hecho el ejercicio de ponerme en sus zapatos, aquellos zapatos negros, de cordones, siempre brillantes y abetunados, siempre el mismo modelo. He tratado de ponerme su zapatos para poder pensar como él, para poder equivocarme donde él, para poder sentir lo que él, para poder parecerme un poco más a él y tratar de ser tan buen padre como él -con sus errores y aciertos- lo fue para todos sus hijos. Pero no puedo. Sus zapatos me vienen grandes, casi tanto como su vida. Porque mi padre no era un hombre grande, pero sin duda era un gran hombre. Aunque nunca presumiera de ello.

4 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Gracias por compartir estas palabras, amigo. Creo necesario hacer ese ejercicio. Y no sé por qué a veces tardamos tanto en hacerlo o ni lo hacemos.

Contrariamente a lo que sientes, creo que tu horma es tan grande como la de tu padre, sólo que es distinta. Eres hijo no sólo de tu psdre, sino de toda una secuencia genética en retrospectiva. Esto te hace levemente distinto a todo el mundo. Lo correcto es decir, único e irrepetible.

Sé que él, donde esté, está o estaría orgulloso de tí, tal como yo que soy tu amigo, y aunque te he conocido mucho menos tiempo, he percibido clara y profundamente todo lo que vales como hombre, como ser humano.

Un abrazo fuerte.

Guillermo ROBAINA dijo...

"Por sus frutos los conoceréis". Y éste, sin duda, es uno de los mejores "frutos" que he leído de tu pluma.

Suscribo todo lo dicho por Jorge, pues no me quedan palabras.

Laura dijo...

Después de lo dicho por Jorge, poco más se puede aportar.
Gracias por tu sinceridad. Tus vivencias, en cierto modo, son de todos cuando las compartes. Así podemos acompañarte en el camino.
Un fuerte abrazo Jesús

Jesús Chamali dijo...

Muchas gracias amigos. Al final, yo también me he quedado sin palabras. Un agradecido abrazo a los tres.