viernes, 19 de abril de 2013

En tierra hostil.


No sé si ese estado anímico que impregna mi entorno y a mí mismo, en el que la añoranza por un tiempo pasado -donde todo estaba por hacer y todo era posible- es la reina de las emociones, se debe a  a aquello de que cualquier tiempo paso fue mejor, o a que el recuerdo idealizado de los años en los que la fe en uno mismo, la confianza en los demás y la esperanza de que el mundo estaba ahí para que lo conquistáramos era mayor y más agradable que la realidad burda de nuestra vida actual.
De verdad que no lo sé. 
Lo que sí sé es que cada vez me ataca con más fuerza la sensación de que no estoy viviendo en mi época. O incluso de que ahora ni siquiera estoy viviendo, sino sobreviviendo en un ambiente que percibo como hostil.

6 comentarios:

pirugenia dijo...

Quizá por la falta de personajes que nos inspiren, y de movimientos que muevan nuestro espíritu (el ecológico es muy loable, pero no basta), quizá a efecto del bombardeo constante de publicidad, de opciones falsas y decepciones, hay un des-inspiración general. En lo personal la puedo superar, si bien a duras penas, ya que creo en Cristo que renueva todo y a todos los que abren su corazón a El. El amor ha emigrado, arrastrando sus harapos ridículos, viejo y enfermo. El sexo ha perdido su vital razón de ser y se ha visto forzado a desvincularse de la procreación. En las plazas no hay tantos niños ni cantan y juegan despreocupadamente. La cama se ha vuelto una plataforma de observación cuando no un campo de batalla. Vomitamos nuestras entrañas en la televisión, y eso se nos sirve como sustituto de la intimidad. Pues, ¿cómo, si no, sentirse motivado? Es el umbral gris de lo que nos espera y, a los que conocimos otro mundo, nos hiela el alma ver ese campo yermo de nuestra "civilización". Tenemos el alma hecha pedazos y el cuerpo no nos funciona como cuando la teníamos entera.

Jesús Chamali dijo...

Caramba, Pirugenia, su comentario es tan analíticamente profundo que en sí mismo daría para una entrada.
Le agradezco su contribución.
Un saludo lleno de afecto.

Anónimo dijo...

La añoranza de los tiempos en los que vivimos es algo natural, desde mi punto de vista. El niño añora la paz del claustro del vientre materno, el adolescente añora en secreto los juegos de infancia, la persona metida en la treintena añoramos el amor adolescente, los de edad madura añoran el vigor juvenil y los de edad avanzada añoran la serenidad y el equilibrio de los de edad madura. Parece que nos pasamos la vida añorando lo que una vez fuimos y ya no somos más. ¿No nos impedirá tanta añoranza disfrutar del día de hoy?
Mena, Las Palmas.

Laura dijo...

Creo que, como dice María Eugenia, hay un desencanto general que es muy palpable en el ambiente. Esa palabra: "desinspiración", lo define muy bien. Es muy contagioso, y uno acaba convencido de que no hay más camino posible que lo que ven los ojos de uno, y eso es realmente decepcionante. Ultimamente, he empezado a plantearme si, viendo que un porcentaje inmenso de lo que observo es mentira, o mezquindad, o vanalidad, en algún lado tiene que estar la Verdad, el origen, lo completo. Supongo que esa búsqueda mantiene en mí la inspiración. Quizás sea una búsqueda sin final, o quizás no tenga resultado, pero el mismo hecho de sentir profundamente que existe una verdad debajo de toda esta mentira, me da una fuerza que desconocía.
Te entiendo muy bien Jesús, somos muchos los que sentimos el desencanto, pero creo que también eso es importante sentirlo para no dejarse convencer por las mentiras que nos mantienen aceptando una situación inconcebible para lo verdaderamente humano.
Te mando un abrazo y otro para María Eugenia! Un placer leeros.

Séfora Malián dijo...

Es cierto Chamali, vivimos una época de desilusión y tristeza. Nada sabe como antes, ni los colores son tan luminosos y brillantes. Pero no nos resignemos, la vida es un continuo tránsito y sólo nos queda transitar por ella como nos dejen el conocimiento y las circunstancias.

pirugenia dijo...

últimamente me inspira la gente joven, en especial la de mi familia: tengo una sobrina vasca, Sara Soloaga, hija única, huérfana, que es tan alegre y valiente que, al graduarse de bióloga marina y no hallar chamba en España, se fue a Tailandia y allí encontró trabajo, y vive contenta, no se queja, corazón. Se parece a mí cuando tenía su edad, aun más que mi propia hija; Sara es igual de goofy, de payasa; el mismo color, nariz respingada, dientes algo salidos, pecosa. En fin, que es un reciclaje biológico pero en modelo mejorado. Mi Teresa también es animosa, cariñosa, audaz y trabajadora; le han pegado un par de palos últimamente en su primer año de leyes. Yo estaría hecha una telenovela, pero ella se buscó una pasantía en el despacho más importante de Los Angeles y más grande de la nación.