sábado, 11 de mayo de 2013

Mirando a las nubes.


Anoche soñé con mi hermano Pablo. Ambos crecimos juntos, jugamos juntos, sufrimos juntos esa autarquía extraña que era mi casa dentro de la gran autarquía que era la España de aquellos años. Juntos hicimos mil y una mataperradas y juntos soñamos algún futuro donde libertad fuera algo más que otra palabra dentro del diccionario Sopena, aquél que llevábamos en las maletas, junto a los libros del cole.
Hace muchos años que no hablo con mi hermano. No creo que vuelva a hacerlo jamás.
Si he de ser sincero, las razones se pierden en la nebulosa de mi memoria. Tampoco importan, la verdad: una palabra mal dicha, otra mal recibida, un gesto a destiempo, una conversación aclaratoria que jamás se realizó porque el orgullo pesa más que la razón... ya no importa. Ese jarrón ya está roto.
Pero anoche mi mente me llevó en sueños de nuevo a aquellos años en los que buscábamos alguna manera para que las mañanas tan aburridas de los domingos no se nos hicieran tan eternas.
A veces, cuando ya no sabíamos a qué jugar porque habíamos agotado todo el repertorio que podíamos usar en el patio y en el jardín de nuestra casa -todo lo demás, la calle, los parques cercanos, eran terrenos vetados por mi padre- girábamos como derviches, a toda velocidad, hasta que el mareo nos vencía y caíamos al suelo, agotados, sudorosos, con el corazón palpitando a toda velocidad, y nos quedábamos allí, con la espalda apoyada en el suelo de cemento del patio, mirando pasar las nubes empujadas por la brisa.
Hoy he necesitado hacer lo mismo.
No sé si es por el sueño o porque últimamente estoy un poco melancólico. 
O porque, como un amigo, que cada vez que habla siembra de pensamientos mi alma dice, cuando nos hacemos viejos volvemos poco a poco a la infancia.

                 El caso es que, menos girar como un derviche, porque evidentemente y por razones físicas ya no puedo, sí que me acosté en suelo del patio de mi casa y, como en aquellos lejanos domingos, me puse a ver cómo pasaban las nubes. 
Sin nada más en la mente volví a disfrutar de un cielo azul y brillante y de decenas de nubes que pasaban lentamente...tan lentamente, que me quedé dormido con una gran sonrisa en mi cara.

3 comentarios:

Lou dijo...

Esos son bellos recuerdos Jesús, la verdad que a veces nos perdemos en el camino de la vida, y el que no recuerdes el motivo de esa ruptura es lo que quizá peor llevemos los seres humanos cuando por alguna razón nos perdemos en los recuerdos queriendo recordar que fue aquello que nos separó...yo a veces miro las nubes e intento recordar cuando era niña, cuantas veces las contemplé con esas ansias de recordar como era nuestra niñez o con que grado de melancolía deseo volver a ser otra vez una niña.

Anónimo dijo...

Este relato me ha dejado muy triste. Nada puede ser tan grave que impida que dos hermanos que han compartido tanto se separen hasta el extremo de no verse o hablarse nunca más.
¡Qué cosa más triste, de verdad!
Déjese de ver pasar las nubes y vaya a arreglar las cosas con su hermano lo antes posible, Chamali.
Luís Varela.

Séfora Malián dijo...

Una nunca sabe qué ocurre, qué pasa en algún momento de nuestras vidas que los caminos que iban juntos, de repente se bifurcan y se alejan, a veces, como usted dice, Chamali, de manera inexorable, como los trozos de un jarrón roto.
Afortunadamente tanto mis hermanas como yo hemos sabido mantener un equilibrio en nuestra relación y hoy, ya mujeres con familias propias, seguimos manteniendo un contacto cotidiano y una buena amistad, que cuando leo páginas como las que usted escribe, valoro cada vez más.
¡Muchas gracias por emocionarme una vez más!