martes, 13 de agosto de 2013

Bajo el sicomoro


Sé que está ahí, escondido entre las sombras del sicomoro o detrás de la valla que rodea mi jardín. 
Lo sé.
Lo noto en mis huesos. 
Lo puedo oler en el aire, como la presa es capaz de notar la presencia de la leona en la sabana, aunque no la llegue a ver.
Lleva acechándome años. Y da igual que cambie de casa, de ciudad, de país e incluso de nombre. Lo he intentando todo, de verdad. Pero siempre acaba dando conmigo. Siempre logra localizarme y al poco empieza su acoso nocturno. 
Todo comienza igual: primero una llamada telefónica en la que nadie responde al otro lado cuando contesto. Luego son cosas que se cambian de sitio en mi casa: cojines del sillón que aparecen en mi cama, la taza del desayuno que dejé en el fregadero aparece sucia en el salón... cosas así.
El paso siguiente es vigilar cada paso que doy en mi casa. Por eso nunca enciendo las luces ni la tele. Por eso jamás subo las persianas o descorro las cortinas.
Porque sé que está ahí, escondido, vigilante. Esperando sorprenderme con la guardia baja. Deseando que llame a la policía, como aquella vez, para que me puedan encerrar otra vez en el hospital, pero no, esta vez no. Ya aprendí la lección.
Ahora sé que la policía trabaja con él, que lo ayuda.
No, sé que estoy sola. 
Bueno, sola no. Aparto un segundo la mirada de las sombras y la poso en  mi arma. Aún en la oscuridad de mi casa es hermosa y brillante. Ya me he acostumbrado al peso. Sé que después de esta noche tendré que volver a cambiarme de casa y de nombre, y tal vez tendré que cavar debajo del sicomoro.
Pero también sé que me volverá a encontrar. No sé cómo lo hace, pero siempre me encuentra. Y siempre tiene la misma cara.
Hasta que le disparo.

No hay comentarios: