jueves, 19 de septiembre de 2013

He vendido mi alma.



He vendido mi alma al diablo.
Y me pagó con un cheque sin fondos.
Sería para reírse si no fuera tan patético. El diablo sabe ver en el fondo de cada alma, y la mía es transparente.
Ahora vago errante, en busca de un final misericordioso y rápido. Si además pudiese ser indoloro, sería tan de agradecer... 
Pero no, no será indoloro, ni habrá misericordia. Ni está siendo rápido.
No hay misericordia para los que vendieron su alma y encima fueron tan tontos para aceptar un cheque sin fondos.
Sé que he de pagar tantas deudas como he ido acumulando. Es lo que tiene no morir joven, que no dejas un bello cadáver y que además, te queda demasiado tiempo para cagarla.
¡Y yo la he cagado a base de bien!
Lo peor de haberle vendido así el alma al diablo es que éste es un acreedor paciente. No parece tener prisa por cobrarse su pieza. 
Es más, mientras más ansío acabar con esta deuda, menos interés demuestra él en recoger su presa.
¡Y si al menos hubiera valido la pena!

4 comentarios:

Séfora Malián dijo...

Impactante relato Chamali, que de corazón espero que no sea autobiográfico. Llevo años siguiéndole y le he cogido aprecio a usted y a ese sentido suyo de la justicia y del humor ácido e irónico al reivindicarla, y quien escribe esto es alguien que carga con un dolor intimo e intenso.
En cualquier caso, como todos sus páginas, una delicia.

Juan Antena dijo...

¿Quien no ha vendido su alma alguna vez? ¿Quién no guarda algún muerto en su armario? Mala cosa esa la de tener conciencia, amigo.

Guillermo ROBAINA dijo...

¿No hay posibilidad de alegar "Nulidad de contrato" como con cierta entidad a la que no quiero hacer publicidad gratuita...?

Jesús Chamali dijo...

Guillermo, ya lo decía el Sr. Botín, (curioso nombre para el amo de un banco, ¿no?), que el diablo habita en la letra pequeña. Mucho me temo que ese señor, que por algo habrá elegido el color rojo para su entidad, de demonios, diablos, súcubos, y letras pequeñas sabe más de lo que dice y menos de lo que le gustaría, y desde luego, infinitamente más que yo, que no supe leer entre líneas ese contrato que un día firmé creyéndome más listo que nadie.