lunes, 30 de septiembre de 2013

La muerte de un escritor


Pedro se terminó de vestir en el salón, mientras miraba de reojo el caos que reinaba en todo el apartamento. Mirara a dónde mirara sólo veía papeles tirados, cajones revueltos y vaciados en el suelo, muebles fuera de su lugar, las tripas del sillón blancas inmaculadas saliendo por los enormes cortes hechos en sus bajos, trozos de los cuadros que antes adornaban las paredes, desperdigados por las esquinas, y cientos de trozos de cristales de la vajilla y la cristalería que se mezclaban con los de la pantalla del televisor.
Su salón era el escenario de un batalla campal. De hecho, su apartamento entero lo era.
Cuando terminó de vestirse y se miró en el espejo de la entrada, astillado y partido por la mitad, la imagen multiplicada que le devolvió, llena de cortes y magulladuras, le hizo comprender que como en toda guerra, en esta también había habido daños colaterales: él mismo. Hubiera sonreído si el labio roto y el tremendo dolor en las costillas no le hubieran apremiado a salir de allí antes de que a los bestias que hicieron aquello se les ocurriera volver a buscar lo que buscaban y que evidentemente, y a juzgar por el estado en que dejaron su casa y el palizón que le dieron, no encontraron.
¿Pero qué era? ¿Qué podía tener él, pobre novelista de tres al cuarto, con más hambre que éxito, que ellos buscaran con tanto afán? El Premio Planeta, no, desde luego. Ni el Pulitzer. Los contados artículos de investigación que hacía en la prensa le daban para comer y pagar ese cuchitril que pomposamente llamaba "apartamento" pero no pasaba de ser un cuartucho con aspiraciones. ¿Entonces? Claro que le hubiera ayudado mucho entender a los tipos que le machacaban la cabeza y le pateaban las costillas mientras destrozaban su apartamento, pero desde luego no hablaban ninguna lengua que él pudiera entender: no era inglés, ni ruso, ni alemán ni árabe, ni chino o japonés...
Sólo repetían una especie de letanía al tiempo que destrozaban su casa y pateaban su cuerpo. Eso sí, lo hacían todo muy metódicamente; de manera muy profesional. Sabían hasta dónde llegar y cuándo pararse. Tenían un método y lo aplicaban.
Pedro salió de la casa sin molestarse en cerrar la puerta. Total, no había nada entero que robar, y además, la puerta ya estaba forzada, así que era un esfuerzo estúpido y baldío, y él estaba para pocos esfuerzos después del repaso que llevaba encima. Fue bajando las escaleras con paso lento. Cada tramo era un desafío tremendo. Seguro que llevaba más de una costilla rota. Por fin logró salir a la calle. 
La luz del día le golpeó de lleno en los ojos magullados. No fue lo único que le golpeó. No lo vio venir, pero cuando sintió el puñetazo en las costillas rotas se quedó con los ojos en blanco y sin aire. Antes de que cayera desmayado sintió como dos brazos lo cogían por ambos lados y lo introducían a la fuerza en un monovolumen color granate. Allí lo encapucharon, lo ataron a un sillón y comenzaron a interrogarle. 
Cada pregunta iba acompañada de un golpe en las costillas o de un puñetazo en la cara magullada y encapuchada. 
Querían saber qué les había dicho a los otros. Qué querían saber. Qué les había confesado él. Si les había dicho la verdad. Si les había dicho dónde estaba...
Pedro estaba a punto de volverse loco. No era solo el dolor. Ese punto ya había sido superado por el miedo hacía un buen rato, y éste por la indignación. No, Pedro estaba loco de ira. De tener las manos sueltas, daba igual el dolor, daba igual sus costilla rotas, daba igual el pis y la caca que impregnaban sus pantalones o el vómito que corría por su camisa: probablemente se hubiera lanzado sobre sus captores y los hubiera atacado a golpes o a mordiscos.
Por fin una orden se escuchó en la radio del vehículo y todos dejaron de golpearle.
Una mano experta comenzó a cachearle y le quitó toda la documentación que llevaba encima. Luego, notó como le ponían algo en el bolsillo del pantalón. Después nada: silencio absoluto durante un buen rato. Media hora después, sin  previo aviso le dieron un golpe brutal que lo dejó medio atontado y que aprovecharon para desatarlo y bajarlo del coche. Notó que estaban fuera de la ciudad. Quizás en el campo o tal vez en los arrabales. Fue a ponerse de pie y de una patada en el trasero lo volvieron a tumbar. Luego, un frío intenso entró en su costado, y fue entonces cuando supo que ese era su final. Acababan de clavarle un puñal justo en el corazón.
Y cerrando los ojos sólo pudo tratar de buscar, como buen escritor, un final redondo a esta historia.
Pero la muerte le llegó antes.

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