viernes, 29 de noviembre de 2013

Árbol de luces.


Sonó el despertador. Claro que no hacía falta. Llevaba ya un buen rato con la mirada fija en sus agujas verdes fluorescentes. Se levantó con los ojos llenos de sueño y los huesos  llenos de dolor. Se calzó aquellas viejas zapatillas deportivas, gastadas hasta la extenuación durante años en miles de paseos, en cientos de excursiones, en decenas de asaderos familiares. Cualquiera las hubiera tirado ya al menos dos o tres años atrás.
Cualquiera que no fuera él.
Se abrigó con el batín de franela, raído en las mangas y por los bajos, pero que Anselmo mantenía escrupulosamente limpio, y como todos los días abrió con el mayor de los sigilos la puerta de su piso para asomarse por el hueco de la escalera al zaguán. Hacía frío allí. Más que en la casa. Se ajustó el batín al cuerpo con más fuerza, pero no podía evitar mirar al cuadro de contadores de la luz. Desde que cambiaron aquellos antiguos por estos modernos, cada día más o menos a esa hora, él se quedaba un buen rato embobado mirando cómo las luces de diez contadores parpadeaban sincopadas. Era como ver las luces de un pequeño árbol de navidad que estaba puesto sólo para él.
Dos luces no parpadeaban en el cuadro de contadores, sino que permanecían encendidas de manera permanente. Una era la de su vivienda. La otra era la de del ático, vacío desde hacía meses, desde que un banco desahució a la propietaria. Ambos tenían suspendido el suministro. Anselmo pensó que aquello era como llevar una letra escarlata delante de sus vecinos: una luz que señalaba constantemente que debía dinero a la compañía eléctrica y que no había podido pagarlo. 
Y eso lo avergonzaba.
Por eso ya no salía de su casa sin comprobar antes que no se cruzase con ninguno de ellos. Al menos con ninguno de los que le conocen. De los otros no se preocupaba tanto, la verdad.
-¡Pero qué frío hace esta mañana, Señor del Cielo!- murmuró por lo bajo tiritando.
Entró de nuevo en la casa y se calentó un café en la cocinilla de gas portátil que le servía para calentar la habitación al tiempo que se hacía algún plato de comida.
Ya había amanecido. El edificio bullía de ruidos, olores y carreras por los pasillos hasta llegar a la escalera. Cerró los ojos. En el silencio y la oscuridad reconocía cada uno de aquellos ruidos. Esos tan escandalosos eran los niños de María. Los otros, que más que andar arrastraban los pies, eran los hijos de la pareja del  tercero. En cinco minutos bajarán sus padres discutiendo como cada mañana. ¡Qué estúpidos eran! Sólo discutían por cosas sin importancia y no se daban cuenta de que cada día sus discusiones eran más agrias y duraban un poco más. La de hoy estaba motivada por la casa de quién era la elegida para la cena de Nochebuena este año. Anselmo movía la cabeza en silencio sin abrir los ojos.
El café empezó a salir.
Se lo sirvió en su viejo tazón de porcelana marrón. Hasta él reconocía que era horroroso. Pero no sabía por qué, le tenía un cariño especial. De hecho, lo frega con tanto cuidado porque no soportaría que se rompiera ni por accidente.  Se lo tomó sin azúcar. No había para esos lujos. A lo más que llegaba el presupuesto es a pizcarle trocitos del pan que sobró de ayer, lo que le ayudaba a darle alguna consistencia sólida a su desayuno.
A través del visillo de la ventana podía ver la calle. Cada día veía a los niños ir y luego volver del colegio. Parece mentira, se decía a veces, tantos años pasados y los niños siguen jugando a lo mismo: tocar un timbre y salir corriendo. Se preguntó qué había pasado en qué vericueto de la vida para que ese niño que tocaba timbres y salía corriendo se hubiera convertido en este anciano derrotado que lo miraba atónito, reflejado en el cristal de la ventana, entre asustado y sorprendido.
Terminó su café, lavó su tazón, limpió de migas la mesa, y se sentó entre tinieblas en el sofá que había en la casi desnuda habitación. Cerró los ojos cansado. Nada se oía en el edificio. Bueno, sí, la tele de Claudia, pero Anselmo sabía que ella no estaba. Cuando iba dejaba la tele puesta para que su perro no se sintiera solo. Él todavía no sabía si los cuidados y la compañía que se hacían mutuamente persona y animal le producían más ternura o envidia.
Con los ojos cerrados pensó en aquél árbol de luces de su zaguán con sus dos bombillas fijas como dedos acusadores,  y sintió tanto frío que tapándose hasta la barbilla con una manta a cuadros, simplemente se durmió para siempre.

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