martes, 24 de diciembre de 2013

Las postales de mi infancia.

             La Navidad, a mis ocho años, era para mi aquel periodo del año en el que mi casa se llenaba de dulces, yo dejaba de ir al cole sin estar enfermo, escribía la carta a los Reyes Magos, tal vez la última con ese fervor que da creer en unos seres mágicos que me traerían regalos a cuenta de no sabía bien qué, y de los aguinaldos a una interminable lista de personajes que pasaban por la tienda de mi padre con unas estampitas coloridas felicitándonos las fiestas y pidiéndonos directamente el aguinaldo.
            De todos aquellos personajes al que más deseaba ver yo por aquellos días era al cartero. En su maletón de cuero grueso y recurtido, que llevaba siempre colgado en bandolera, traía decenas de postales navideñas a las que luego, con esa colonización del lenguaje que vino de los EEUU, comenzamos a llamar chritsmas. Era otra época. A la gente lle resultaba caro llamar por teléfono y además, si llamabas a otra provincia, era prohibitivo y había que pedir conferencia para cuando hubiera línea. Lo más parecido al teléfono móvil que imaginábamos era el zapatófono de Maxwell Smart, el súper agente 86. No existían más redes que la de los pescadores y el ancho de banda era Manolito, el hijo de Carmela, que pesaba 135 kilos, trabajaba en los muelles y que en sus ratos libres tocaba la tuba en la banda municipal.
La gente escribía cartas.  Muchas veces ingenuas. De aquellas que empezaban por: "Espero que al recibo de ésta estén todos bien. Yo bien, gracias a Dios." Otras eran de amor, de aquellos soldados que hacían la mili en la península o en las plazas del África continental y que habían dejado aquí a sus novias. Alguno habría dejado a su novio, pero eso, en aquellos años, no se decía y mucho menos se escribía. No a menos que quisieras que se te aplicara la Ley de Peligrosidad Social...
          En Navidad llegaban las postales por docenas. De todos los tamaños y colores: con vírgenes y el niño en el portal, con pastorcillos con cara de pillos tocando algún instrumento  delante del niño recién nacido o con unas hermosas y coloridas bolas decorativas. Todas ideadas para hacernos vivir más intensamente eso que se llamamos el espíritu navideño. Hoy todo esto es parte de la historia, de la que se escribe con minúscula, la que afecta a cada uno y que se elabora con nuestros recuerdos. 
Con el tiempo las felicitaciones han pasado de tener ese toque personal, quizá algo naíf pero auténtico, al sms en su momento y al wassup y las redes sociales ahora, con sus mensajes difundidos, con sus "uno para todos", que nos despersonaliza y nos aleja, un poco más si cabe, de ese sentimiento cálido que era la navidad de mi infancia.
¡Y luego nos quejaremos de que nos traten como números de una serie en otros ámbitos!

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