sábado, 12 de enero de 2013

Un día cualquiera.


Él ya no tenía duda: estaba loco.
Loco de desesperación y de ira.
Loco de angustia y de miedo.
Loco de ansiedad y de frustración.
Loco,  y a punto de hacer una locura. Era lo propio, ¿no?. Los locos hacen locuras y los tontos tonterías, como decía la célebre frase de Forrest Gump.
Cada noche, cuando cerraba los ojos para dormir, oía el ruido atronador de la reja de su negocio cerrándose por última vez, el timbre de su puerta sonando insistente pulsado por los oficiales de los juzgados donde se tramitaban las demandas de impago contra él, tratando de dejarle las citaciones a los juicios. Volvía a sentir el mismo estupor que sintió la tarde que llegó a su casa y no pudo abrir la puerta porque su mujer le había cambiado la cerradura, harta de él y de sus malos humores. Volvía a sentir el vértigo infinito que sintió al darse cuenta de que, por primera vez en su vida, estaba solo y sin tener a nadie ni a nada a quien recurrir. Así, noche tras noche. Imposible dormir. ¿Desde cuándo no dormía más de una hora seguida? No lograba recordarlo.
Pero eso ya era historia, se dijo. Estaba loco, no había otra explicación. 
¡Estaba loco! Eso le diría a la policía y al juez cuando llegase el momento, si es que podía, claro...
Pero ahora tenía algo importante que hacer. Algo que diera sentido a su miserable vida y que hiciera que todos lo recordaran como un loco, sí, pero un gran tipo también.
Suspirando entró en el banco que hace años había iniciado su descenso a los infiernos al cerrarle el crédito justo cuando más lo necesitaba y llevándole con ello a la ruina y amablemente preguntó por el director mientras aferraba con firmeza un abultado maletín esperando que no saliera de él ningún olor a gasolina que le pudiera delatar...

lunes, 7 de enero de 2013

Soy un procastinador.


He aprovechado el tiempo de ocio que me ha brindado esta Navidad para hacer algo que llevaba tiempo aplazando: ordenar mi cuarto de trabajo.
De todos los pecados y vicios que me definen, el de la procastinación es sin duda el mayor. Las tareas administrativas me aburren soberanamente, y de esa manera se acumulan papeles, cartas, manuscritos, informes, notas sobre futuras entradas para este blog escritas en servilletas de bares (uno escribe donde la viene la inspiración), números de teléfonos anotados en tickets de parking o en pedazos de papel arrancados de folletos publicitarios, títulos de libros que quiero leer o comprar anotados en un pósit que ya perdió su adherencia,  recibos y más recibos,  y un sin fin de cosas mezcladas y amontonadas en mi mesa -y hasta en alguna de las sillas del despacho- en un totum revolutum caótico del que siempre dejo su clasificación y orden para mañana, porque siempre encuentro una tarea mejor, menos aburrida o más gratificante que hacer primero.
Pero de vez en cuando me enfundo la casaca de hombre serio y responsable y me lanzo a la tarea, a veces ingente, y siempre aburrida, de clasificar y archivar esa marea de papeles que amenaza con tragarme un día de estos.
Cuando lo hago me doy cuenta de lo vanal que es muchas veces mi vida y de lo poco que dura la importancia que le doy a algunas cosas.
Al releer todo lo que se acumula en mi mesa acabo preguntándome si en vez de un café me estaría tomando un copazo  -o unos cuantos- cuando escribí esa nota con tanto apuro que ni yo acabo por entender mi propia letra, o si de verdad creí que aquellos apuntes para un escrito eran merecedores de conservarse como para anotarlos, porque al releerlos hoy me parecieron de lo más vulgar y anodino. 
Y así, papel tras papel, notas de ideas que debieron parecerme geniales en su momento y hoy apostato de ellas, números de teléfonos sin nombre (y hasta alguno con nombre e incluso dirección), tarjetas de visita con alguna anotación que hoy por hoy son un verdadero misterio para mi, recibos caducados, facturas y un sin fin de cosas sin clasificación posible acaban archivados en una enorme bolsa de basura que, muchas veces, se hace insuficiente para tanto archivo.
Así que he tomado la decisión de no volver a guardar nada encima de la mesa, ni de usarla como almacén momentáneo de cartas, notas y demás, sino que voy a darle curso a las cosas día a día, empezando por estas cartas que me acaban de llegar...bueno estas mejor ya las reviso mañana, porque ahora tengo que ir a comprar papel para la impresora, que leí en una de las notas que tiré que hace dos semanas que tendría que haber ido y no fui. 
¡Puñetera procastinación!

jueves, 3 de enero de 2013

Creer o conocer, ese es el dilema.

Símbolos de diferentes religiones.

Era 1969 y yo, con 7 años, asistía a las clases de religión que impartía el padre Mariano. Un día nos contó la famosa anécdota -falsa, por demás- de cuando San Agustín paseaba por la orilla de una playa tratando de entender el misterio de la Santísima Trinidad cuando tropezó con un niño que había hecho un agujero  en la arena y no paraba de echarle cubos de agua del mar dentro. Extrañado por esa actitud, al preguntarle qué hacía, el niño le contesta que intentaba vaciar el mar dentro de aquel agujero.
San Agustín, entre sorprendido y divertido le advierte que esa era una tarea imposible a lo que el niño, con voz seria, le contesta que más imposible era tratar de entender el misterio de la Trinidad y él llevaba meses intentándolo.
La Iglesia, todas las Iglesias, da igual el credo que éstas profesen, siempre se han valido de hechos mágicos o taumatúrgicos, tan inexplicables como falsos, para tratar de convencer al hombre de que lo imposible es posible -hasta mover montañas-  sólo a través de la fe. De su única fe verdadera, claro, ya sea ésta la cristiana, la musulmana o la hebrea (con todas las variantes y derivaciones de cada una de ellas incluidas), o incluso de otras menos mayoritarias pero no menos excluyentes con las demás en cuanto a ser la única fe verdadera y eterna.
Todas se arrogan ese privilegio , y todas mienten, claro.
Un ejemplo: el culto a Baal duró 3.200 años;  el de Mitra, 2.500 aproximadamente, más o menos como el culto egipcio. El brindado a los Dioses griegos duró 1.200 años, el de los romanos unos 1.100 y el de los Dioses nórdicos vikingos dura desde hace tiempo inmemorial hasta hoy en día en algunas zonas rurales de los países escandinavos. Yavhé lleva 5.774 años guiando a su pueblo elegido; Cristo unos 2.000 dando ejemplo a sus seguidores, y Alá, con su profeta Mahoma, 1.434 dirigiendo a los musulmanes.
Incluso hasta hay religiones de nuevo cuño, como la Cienciología, que acaba de cumplir 60 años y que nació con vocación eterna.
Y si nos fijamos, todas las religiones, desde la más antigua a la más moderna, comparten tres objetivos principales y un enemigo común.
Todas buscan la sumisión de sus fieles a través del miedo al castigo o de la esperanza de un premio tras la muerte, todas pretenden dar consuelo y respuestas a sus fieles ante los miedos atávicos del ser humano y todas -a la corta- se enriquecen a través de ese miedo y/o del consuelo que ofrecen ante él.
Ya se sabe...nada es gratis. Al menos en este mundo.
Especialmente la fe.
Y todas tienen un enemigo común: la razón pura y el libre pensamiento, a la que todas, sin excepción, tildan de ateísmo.
Yo reconozco que me encantaría tener fe. Me encantaría poder creer en un ser magnificente, omnisciente, omnipresente y omnipotente que cuidase de mi al tiempo que me vigila para darme un premio si soy buena gente, o un coscorrón, si me portase mal. Así no tendría que hacerme absolutamente responsable de mi vida y de mis actos, ni de mis aciertos o errores, porque para eso estaba Dios.
Y me encantaría ser creyente porque cuando la razón me diga que estoy jodido, y bien jodido, la fe me diría que ese Dios tan bondadoso me va a echar un capote...
¡Qué mierda ser como soy!