sábado, 30 de marzo de 2013

Entre dos carriles.

Autor de la foto: J.Cantador

         No sé si cuando te mueres pasas a otro estado de consciencia o si después ya no hay nada. Solo sé que cuando ya no esté por aquí echaré algunas cosas de menos, si es que los muertos pueden sentir amor, añoranza, paz, temor, rencor, tal vez odio. Echaré de menos ver dormir plácidamente a mi pareja. Echaré mucho de menos disfrutar de un buen vino, de un buen guiso, de una mejor conversación, de esos silencios tan cómplices, tan llenos de sentido para mí. Echaré de menos paladear sin prisas un buen café mientras miro pasar a la gente, sentarme un ratito al sol y notar como penetra en mis huesos doloridos, escuchar las risas de mis hijas en Nochebuena y comprobar cómo van descubriendo la vida cada día. Echaré de menos algunos buenos libros, algunas grandes películas, algunas sinfonías inmensas, algunas óperas sublimes. Echaré muchísimo de menos a mis pocos y buenos amigos. No sé si ellos me echarán de menos a mi, pero eso, realmente, no importa.
          Este tipo de añoranzas es una carretera de un sólo sentido.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La banda sonora de mi barrio.


Vivir en mi barrio es como hacerlo dentro de una película. Una de serie "B" por su bajo presupuesto, cierto, pero una película con sus personajes, personajillos, sus tensiones, su acción -algo lenta casi siempre- y su banda sonora.
Una banda sonora reflejo del pasado que compartíamos todos los barrios de esta ciudad, pero que hoy se da en mi barrio y poco más. Una banda sonora llena de ruidos rescatados de ese ayer y de estridentes silencios  que permiten vivir la ficción de una paz que no es tal. Una banda sonora que la componen los ruidos de los vendedores ambulantes que pasan por las calles de mi barrio ofertando con su reclamo sonoro su mercancía. 
Así, el panadero -panadera en realidad- abre el día a las 7:30 de la mañana tocando casi a rebato el claxon de su furgoneta para avisar a los vecinos de la llegada del pan calentito. 
A esa hora en mi barrio el pudor no se encuentra.
Bueno, he de decir que en mi barrio el pudor casi nunca aparece a la hora de salir a la calle. 
Quizás por eso la gente no se corta y lo hacen llevando el pijama o batín cuando salen a por el pan cada día, o incluso a veces, recorren la calle así vestidos para visitar a algún vecino más o menos cercano y tomar un café mientras comentan los chismes más sabrosos del momento: quién pone los cuernos a quién, la hija de quién esta preñadísima o quién volvió a casa ayer tan borracho que andaba a trompicones. 
¡Cosas de mi barrio!
Luego, a media mañana, los martes y los jueves, pasa el furgón de la fruta y la verdura. A éste lo anuncia un par de gritos bien dados que lanzan a quien los quiera oír (y a quien  no, también) las ofertas del día:
-¡Calabacinos baratitos, señora! ¡Limones, limones gordos y llenos de zumo, oiga!
Los viernes pasa el señor del pescado.
Lo hace anunciándose de una manera genuinamente canaria: haciendo sonar una enorme caracola que, como las tompretas de Jericó, es capaz de derribar cualquier muralla al tiempo que, a voz en grito, avisa de lo mejor de ese día:
-¡Calamares saharianos! ¡Sardinas, ricas sardinas, frescas sardinas!
Los miércoles le toca al  chico de la ropa de hogar. 
Éste se anuncia con la música de su coche a todo volumen, de manera que se podría creer que en vez de paños de cocina, sábanas, edredones, mantas o los mil artículos que lleva para vender a crédito en su furgón, anuncie alguna discoteca de mal gusto y peor música.
Y cada día, de lunes a sábado, el vendedor de cupones de la ONCE, que pasa sin prisas haciendo sonar su silbato Fox 40 Classic hasta que ese ruido tan estridente se te meta en lo más profundo del cerebro y salgas a comparle un cuponcito con la esperanza de que te toque el premio gordo...y así mudarte a otro barrio donde el único ruido que escuches sea precisamente el que aquí casi nunca oyes: el del tráfico rodado.

domingo, 3 de marzo de 2013

Los zapatos de mi padre.


            Mi padre tenía más o menos mi edad cuando me engendró. A mi edad, cuando yo estoy haciendo las cuentas de liquidación y cierre de mi propia vida, él seguía creando otras. Entre ellas las de mi hermano menor y la mía propia. Estos días, pensando en eso, me he dado cuenta de que, a pesar de que cada vez me sienta más cercano a su figura y de que cada día lo comprenda más y lo juzgue menos, entre él y yo hay un muro infranqueable, una barrera que está fuera de mis límites. Él era un hombre fuerte y luchador, yo sólo soy apenas una sombra de él; una mala imitación, como esas que hacen los chinos de perfumes, ropa o bolsos de marca. Mi padre se equivocó muchas veces en su vida. Y muchas cosas de las que hizo las hizo mal. No por maldad o indolencia, sino porque no supo hacerlas de otra forma. Mi padre era así. Nos quiso sin medida, trabajó sin medida, y vivió intensamente su oficio de comerciante. Mi padre, ¿a qué negarlo?, siempre fue un hombre apasionado.
                 Hoy he hecho el ejercicio de ponerme en sus zapatos, aquellos zapatos negros, de cordones, siempre brillantes y abetunados, siempre el mismo modelo. He tratado de ponerme su zapatos para poder pensar como él, para poder equivocarme donde él, para poder sentir lo que él, para poder parecerme un poco más a él y tratar de ser tan buen padre como él -con sus errores y aciertos- lo fue para todos sus hijos. Pero no puedo. Sus zapatos me vienen grandes, casi tanto como su vida. Porque mi padre no era un hombre grande, pero sin duda era un gran hombre. Aunque nunca presumiera de ello.