sábado, 18 de mayo de 2013

Plan de viaje


Quiero apagar la luz del letrero y cerrar la puerta.
Bajar las rejas del chiringuito.
Poner un cartel que diga: "hoy no abrimos".
Mañana tampoco.

Quiero subirme a un barco.
No quiero saber cuál es su destino.
Cuando llegue a puerto, si no me gusta lo que veo, quiero coger otro barco.
Sin mirar tampoco ni destino ni horario.
Sólo quiero mirar nuestras sombras en el mar.
O cómo nos persigue algún delfín más perdido que nosotros.

Quiero que el sonido de la palabra reloj sea tan extraño para mi como lo son el de eikonal, o el de difracción, o incluso suprarrenalectomía.
Sólo me interesa cómo suenan palabras como amanecer, como mar... o como mi nombre cuando lo pronuncias tú.


sábado, 11 de mayo de 2013

Mirando a las nubes.


Anoche soñé con mi hermano Pablo. Ambos crecimos juntos, jugamos juntos, sufrimos juntos esa autarquía extraña que era mi casa dentro de la gran autarquía que era la España de aquellos años. Juntos hicimos mil y una mataperradas y juntos soñamos algún futuro donde libertad fuera algo más que otra palabra dentro del diccionario Sopena, aquél que llevábamos en las maletas, junto a los libros del cole.
Hace muchos años que no hablo con mi hermano. No creo que vuelva a hacerlo jamás.
Si he de ser sincero, las razones se pierden en la nebulosa de mi memoria. Tampoco importan, la verdad: una palabra mal dicha, otra mal recibida, un gesto a destiempo, una conversación aclaratoria que jamás se realizó porque el orgullo pesa más que la razón... ya no importa. Ese jarrón ya está roto.
Pero anoche mi mente me llevó en sueños de nuevo a aquellos años en los que buscábamos alguna manera para que las mañanas tan aburridas de los domingos no se nos hicieran tan eternas.
A veces, cuando ya no sabíamos a qué jugar porque habíamos agotado todo el repertorio que podíamos usar en el patio y en el jardín de nuestra casa -todo lo demás, la calle, los parques cercanos, eran terrenos vetados por mi padre- girábamos como derviches, a toda velocidad, hasta que el mareo nos vencía y caíamos al suelo, agotados, sudorosos, con el corazón palpitando a toda velocidad, y nos quedábamos allí, con la espalda apoyada en el suelo de cemento del patio, mirando pasar las nubes empujadas por la brisa.
Hoy he necesitado hacer lo mismo.
No sé si es por el sueño o porque últimamente estoy un poco melancólico. 
O porque, como un amigo, que cada vez que habla siembra de pensamientos mi alma dice, cuando nos hacemos viejos volvemos poco a poco a la infancia.

                 El caso es que, menos girar como un derviche, porque evidentemente y por razones físicas ya no puedo, sí que me acosté en suelo del patio de mi casa y, como en aquellos lejanos domingos, me puse a ver cómo pasaban las nubes. 
Sin nada más en la mente volví a disfrutar de un cielo azul y brillante y de decenas de nubes que pasaban lentamente...tan lentamente, que me quedé dormido con una gran sonrisa en mi cara.