lunes, 3 de junio de 2013

Guardando el secreto.


Caí en la cama y se empapó al instante.
Todo ardía: yo ardía, las sábanas ardían, la almohada ardía, mis ojos eran tizones...
La fiebre subía a toda velocidad y no lograba controlarla.
Con la escasa lucidez que aún me queda voy repasando los pasos que vendrán a partir de ahora: pronto la temperatura llegaría a los 40 grados y en breve pasaría de los 41; tal vez llegaría a los 42...
No era la primera vez en mi. 
Luego vendrían los desvaríos y la pérdida del control de mi mente.
A partir de ahí sabría que no sería capaz de mantener encerrado tu nombre donde lo llevo guardado desde hace tantos años, bajo esa losa que nadie, sino yo, puede mover, cerrado con una llave que sólo yo puedo manejar.
Pero cuando la fiebre me gana la partida, me siento totalmente indefenso, y como un niño asustado, te busco en los rincones más profundos de mi mente, perdido, aferrándome a ti.
Y sé que gritaré tu nombre.
Una vez más.
Y tú y yo sabemos que ese es un lujo que no podemos permitirnos, ¿verdad?
Aún estoy lúcido, pero por poco tiempo, así que tengo que impedirlo. 
Con la cara ardiendo abrí la boca y mordí con todas mis fuerzas la lengua.
El chorro de sangre saltó manchándolo todo: mi pecho, las sábanas, la almohada, el suelo, y hasta unas gotas llegaron a la pared. 
El grito de dolor alertó a la gente y avisaron a un médico.
Todos se lo achacaron a la fiebre.
Sólo tú y yo sabemos la verdad.
Y por esta vez al menos, seguirá siendo así.