miércoles, 3 de julio de 2013

El mejor de la promoción.


Cuando Víctor nació, el hecho en sí cumplió todas las expectativas de su familia. Era el niño que todos esperaban. Era guapo, estaba sano y ambas familias -la de él y la de ella- se volcaron completamente en que nunca le faltara de nada, en una absurda competencia.
Víctor fue creciendo, y lo hizo entre mimos y algodones. Todos tenían planes para él, todos tenían las ideas claras de cómo tenía que ser su futuro, todos menos Víctor, que sólo se dejaba querer, mimar y hacer, sin preocuparse de otra cosa que de conseguir sus más absurdos deseos, y además, conseguirlos ya.
La familia lo tenía claro: el niño tenía que ir a un buen colegio, sin embargo fue problemático decidirse por uno. La familia de él, quería que fuera al mismo que fue el padre y todos los varones de la familia. La familia de ella, prefería  otro de corte más religioso pero de mucho renombre. Al final llegaron a un acuerdo de compromiso, y Víctor fue a un afamado colegio trilingüe y carísimo, pero ¿para qué estaban los abuelos si no? Por supuesto, querían dejar sentadas las bases para que pudiera ir a una buena universidad en el futuro. 
Además lo apuntaron también en kárate, en música, en el uso del ábaco y en tenis.  Y eso que el colegio lo mandaba a casa con montañas de deberes, pero cada vez que el niño se quejaba de que otros niños jugaban en el parque con sus abuelos, oía la misma respuesta: "en esta vida nada se consigue sin esfuerzo, y ya vería él dónde acababan esos niños en el futuro, cuando fueran hombres y se dieran cuenta de que no estaban suficientemente preparados. Serían unos fracasados y no como él"
Víctor se convirtió así en un joven preparado y apagado, serio y triste, pero a nadie le importaba eso. Tenía la misma edad que mi hija, pero mientras ella aprobaba los cursos y salía con sus amigas de vez en cuando, a él se le exigía sacar la mejor nota del curso, ser el número uno de su promoción. Todo lo que no fuera eso se consideraba un fracaso en su familia.
Hacía años que no lo veía. Casi diez. Prácticamente desde que me mudé fuera de la capital, así que cuando esta mañana lo vi, delgado y demacrado, haciendo malabares por unas monedas que casi nadie le echaba en su sombrero, en Mesa y López, me quedé francamente sorprendido. 
Le hice señas. No se acordó de mi hasta que no le nombré a mi hija. Lo invité a un café y un bocadillo y me contó que un día, no recordaba bien cuál o por qué, se levantó y algo hizo "click" en su mente. Cogió una mochila, una muda de ropa, unos cientos de euros, y dejando una nota para que su familia no se volviera loca recorriendo comisarias y hospitales, cogió un barco hasta Cádiz, y de allí un tren hasta Francia, y de allí otro hasta Holanda, y suma y sigue.
Necesitaba respirar, me dijo. Necesitaba olvidarse de horarios, de vivir una vida planeada por otros para él, de ser testigo de discusiones sobre si el "el niño tiene que ser abogado como el abuelo Joaquín o empresario como papá". Necesitaba saber qué quería ser él. Y aquello era imposible en esa casa donde el aire estaba tan rancio que en vez de respirarse, se masticaba.
Cuando le pregunté si ahora era feliz se encogió de hombros. ¿Y quién sabe de verdad si es feliz? Ahora voy a donde  quiero. Duermo donde puedo y como a diario, aunque poco-dijo sonriendo- por cierto, gracias por el bocadillo.
Nos despedimos un poco incómodos. Él, porque tenía prisa por volver a su sitio para seguir haciendo malabares. Yo, porque no paraba de cuestionarme si también me había equivocado en la forma en la que había educado a mis hijas.
Y es que a veces es mejor no mirar tanto por el espejo retrovisor.