miércoles, 31 de diciembre de 2014

Mentiras piadosas, mentiras sociales, y verdades incómodas.


Antón Chéjov ponía en boca de un personaje de su cuento La Desgracia, el siguiente pensamiento: 
"Su falta de sinceridad es natural y está en el orden de las cosas. Si las personas se pusieran de acuerdo y se volvieran de pronto sinceras, todo se iría al diablo, porque sólo son sinceros los salvajes y los animales. La civilización ha dejado a la sinceridad fuera de lugar."
Lo cierto es que valoramos la sinceridad como la condición principal y básica para la confianza, pero en realidad ni queremos ni soportamos que los demás sean sinceros con nosotros. Aunque eso jamás lo reconoceremos, no ya en público, sino incluso ante nosotros mismos, en la intimidad del diálogo con la propia alma.
Hoy acaba 2014 y entra, con un aire revoltoso, casi de revolución pendiente, el 2015. Un año marcado en rojo por las citas electorales pendientes y que, presumiblemente, cambiará el color político dominante, y que desgobierna y mal gestiona España. No sé quién dijo que, en una guerra, la primera víctima es la verdad. Pero a mi juicio, acertó. Las campañas electorales, y éste será un año dominado por ellas, son el perfecto ejemplo de que eso es así.
Nos mentirán. Todos lo harán en mayor o menor medida.
Lo triste es que no sólo lo sabemos sino que lo esperamos y hasta lo justificamos como algo normal, como parte del juego electoral. De hecho, no es la primera vez que, en estos últimos meses, he escuchado la frase aplicada a la campaña de PODEMOS y a su ascenso de vértigo en el panorama político español: "Ellos también nos mentirán. Pero al menos, que me engañen otros, no los mismos de siempre." 
Triste país que, no sólo espera que sus representantes políticos mientan, sino que hasta justifica, puede que más ante sí mismo que ante los demás, el acto de votar a alguien que crees que te va a mentir.
Parece como si el hartazgo de las mentiras conocidas justificara el elegir otras mentiras en vez de la verdad, por incómoda y fea que ésta pueda ser.
Y yo no lo entiendo.
Porque si asumimos que la política es campo abonado para
que la mentira social florezca, es que no hemos entendido lo que debiera ser la Política. (Y he usado mayúsculas y minúsculas con toda la intención.)  Es como si una persona maltratada me dijera que está harta de la somanta de palos que le propina su maltratador habitual y decidiera cambiarlo, pero no por alguien que la cuide o la trate con la dignidad debida, sino por otro maltratador diferente.
España es un país maltratado por su clase política. Por esa casta, como la llaman desde PODEMOS. Claro, esto es una generalización, y como tal, perversa en sí misma. Yo conozco políticos honestos en todos los partidos políticos. En PODEMOS también. Lo que diferencia a esta opción sobre otras es que, de momento, y como el valor al soldado, a ellos la honestidad de ideas y la correlación entre éstas y su acción política, se les presume.
España necesita ilusión. Pero también realidades. Y la única realidad que tiene ahora es que los partidos políticos actuales, los que han tocado poder, no son lo que creíamos. Son un estado dentro del Estado. Y si bien les chirría, lo cierto es que ellos sí que se han comportado como una casta. Más como una secta que como un grupo de personas a las que debería unir un ideario político y social, y una vocación de servicio al ciudadano. 
Y ante el presumible cambio de aires que se acerca, su única reacción es mentir. Y no piadosamente.
Feliz año de cambios, feliz 2015.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Despedidas.


Recientemente la muerte ha venido de visita, a buscar a uno de los míos.
No fue una visita inesperada. De hecho la suya nunca debería ser una visita inesperada porque de todas las pseudo certezas que los humanos decimos tener, esa es la única que siempre se cumple: todo lo vivo, muere. Y aunque su visita no fue inesperada, tampoco fue bienvenida. ¡Pocas veces lo es! El temor a lo que desconocemos, ese miedo atávico que anida escondido en la parte reptiliana de nuestro cerebro, hace que su paso por nuestra vida, como punto final de la misma, siga reflejando más el temor que la aceptación de una nueva fase, esta vez la última, de nuestra existencia. 
Hoy escribo esto pensando en alguien que ya no está, que se acaba de ir para siempre. Alguien que conocí, que quise (aunque fuera brevemente y en un tiempo ya lejano), alguien con quien compartí confidencias, mesa, mantel y, en muchas ocasiones, penurias. Y me doy cuenta de que, en el fondo, escribo eso por mi. Tal vez porque sé que nadie lo hará en el momento en el que sea yo quien haya partido.
¿Qué siento en realidad ante la muerte? ¿Qué razón inteligente hay para mantener todo el rito que la acompaña, más dedicado a los vivos, los que aquí quedamos, que a los difuntos, los que ya no están?
Porque ellos ya no están. No al menos de la forma  en la que estamos nosotros. 
La muerte es la gran niveladora, me decía un amigo ayer.
Ella es quien mejor imparte la definitiva justicia social porque le da igual tu edad, tu estatus, tu color de piel, tu religión o tu sexo. Le da igual si fuiste una buena persona o un redomado canalla. No le importa si amaste, si te amaron o si tuviste una vida triste, fría y gris. Ella viene, y con su sola presencia hace que nada por lo que hayas luchado, vivido o trabajado tenga ninguna importancia en ese momento. Hablo de la muerte, del acto en sí, no de los ritos que la adornan o de las ínfulas de grandeza con la que los vivos tendemos a decorar su presencia para quitarle ese sentimiento de final irreparable que la acompaña.
Dicen también que no morimos del todo mientras alguien nos mantenga vivos en su recuerdo. Entonces sin duda yo seré el muerto más muerto que pueda existir. Lo que si sé es que ella, la muerte, también vendrá a por mi. Y ambos nos iremos de la mano, tranquilos, riéndonos de mi última ocurrencia.
Espero que al menos ese día me salga un buen chiste. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El equilibrio.


Tal vez sea una funesta consecuencia de los telefilmes y las películas de Hollywood, pero desde que en 1.966 se promulgó en los EE.UU, la conocida como Ley Miranda, se ha convertido en habitual oír en los interrogatorios aquello de "Tiene usted derecho a...". 
Y asumimos que eso siempre fue así.
Curiosa ley la Ley Miranda. Y curiosa la sociedad norteamericana, capaz de modificar su ordenamiento legal si alguien, en este caso, Ernesto Miranda, un ex convicto, reincidente, y acusado de rapto y violación, considera -y además demuestra- que sus derechos fundamentales, en concreto los recogidos en la 5ª y 6ª enmienda de su constitución, fueron vulnerados. En 1.966 se dicta esa Ley por el Tribunal Supremo y al reconocer que sus derechos no fueron respetados, Ernesto Miranda sale libre...para morir apuñalado en un bar por alguien que consideraba que sí que era culpable y que había que hacer justicia de una u otra manera.
Lo irónico de todo esto es que su asesino sí se benefició de la nueva doctrina implantada por la Ley que llevaba  el nombre de su víctima.
El caso es que la frase yo tengo mis derechos; o la de yo conozco mis derechos, es ya un clásico que no sólo ha traspasado fronteras sino ámbitos y que se ha extendido a toda la sociedad. Sin duda, vivimos en una sociedad de derechos. Todos tenemos derechos y todos exigimos nuestros derechos. Pero hay algo que echo en falta.
Todos tenemos derechos, sí, y los enarbolamos como banderas de guerra, pero no oigo a nadie hablar de sus deberes. ¿Es que ya no hay obligaciones en esta sociedad?
No creo que nadie piense así. Es más, estoy seguro de que la gente cree que sí que existen obligaciones, pero mientras los derechos son mis derechos, las obligaciones siempre son tus obligaciones.
Y así, sin equilibrio, no hay sociedad que pueda avanzar.

martes, 16 de diciembre de 2014

Santa Claus llega a la ciudad.



"You better watch out
you better not cray.
Better no poud
I´m telling yoy why.
Santa Claus is coming to town..."


                 Camino sorteando a la gente que anda nerviosa de tienda en tienda, cruzando las calles con impaciencia sin esperar a que los semáforos se pongan en verde o a que el tráfico se detenga. Zombies que van cada vez con más bolsas en sus manos y menos ilusión en sus miradas, comprobando a cada momento lo que aún les queda que comprar de una lista que parece no parar de crecer como por arte de magia en la misma proporción en la que disminuye el saldo de la cuenta del banco o el de la tarjeta de crédito. Y mientras, Mariah Carey no para de cantar en mi cabeza una y otra vez Santa Claus is Coming to Town
               Cuando veo mi reflejo en un escaparate iluminado con cien guirnaldas de colores que parpadean sincopadamente me doy cuenta de cómo desentono en medio de este río de gente que se mueve  como si realmente tuvieran una misión importante que cumplir. Como si gastar a manos llenas un dinero que probablemente no tienen, para comprar cosas que probablemente no necesiten pero que, al parecer, hay que poseer si no se quiere perder comba y pasar de ser alguien cool a ser alguien con el que nadie cuente para nada. La ruina económica es preferible al ostracismo social para algunos. Las tiendas vomitan gente artificiosa y calor artificial.  Los árboles de Navidad son de mentira. La nieve que decora los escaparates son bolitas de corcho blanco. Hasta la sonrisa con que los dependientes te atienden es una especie de mueca tatuada en un rostro por demás sin expresión. Sólo los niños lo miran todo con ojos abiertos y sin cuestionarse para nada lo que a mi me tiene tan desasosegado. Para ellos la Navidad es aún ese tiempo casi mágico donde todo puede ocurrir de verdad. Y les importa un carajo si los árboles de Navidad son de mentirijillas, si las luces son de led o no, si la nieve es o no real o si los dependientes de las tiendas les sonríen o sólo les muestran una mueca casi sardónica en la cara. Para ellos, Santa Claus llega a la ciudad y eso hay que disfrutarlo. 

"He's making a list
And cheking it twice
Gonna find out Who's naughty and nice
Santa Claus is coming to town.

jueves, 11 de diciembre de 2014

A la luz de la tarde.


El frío, el ruido, la luz de la tarde, amortiguada por la calima, y esa afición que me puede y me convierte en un voyeur de las vidas ajenas, quizá como el mejor exorcismo de los demonios de mi propia vida, me llevaron a sentarme a solas en uno de los bancos vacíos de la alameda. Simplemente quería estar un rato sin pensar. Sólo inspirar y expirar, dejar que el reloj fuera marcando las horas, lento o rápido, me daba igual, de la misma manera que las maderas de ese banco marcaban mi cuerpo. 
En medio de las cuquis de medio pelo que iban a tomar el té a esa hora, tomar café es taaaan vulgar, querida,  pasó frente a mi una mujer con la mirada y la juventud perdidas. No sé si ambas se perdieron en el mismo sitio, no sé si las dos por la misma causa, y no sé si una se extravió buscando a la otra. Pero lo cierto es que ninguna  de las dos la acompañaban ya en su paseo errático por la misma alameda donde yo, mirón ocasional, observo su decadencia. No puedo evitar preguntarme si esa mirada, vacía de expresión, es la que se ve también en mis ojos cuando otros ojos los miran desde la distancia y el aséptico desconocimiento de un extraño en la calle.
Esa idea hace que un nudo me atenace el estómago y de pronto dejo de sentir las tablas del banco marcando mi carne, el frío de la tarde mordiendo mi piel, el aturdimiento del ruido de la gente, e incluso la misma gente parece desaparecer de mi alrededor. De repente, parece que sólo quedamos esa mujer, de juventud perdida, mirada extraviada y andar errático y yo. Y entre los dos, esa duda que no paraba de crecer en mi interior, pesada y obsesiva hasta el extremo, tanto que no pude sino cerrar los ojos y esperar a que el miedo se  fuera diluyendo con esas lágrimas que empezaban a caer, lentas y tibias por mi cara.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Corazón de piedra.


A veces dicen de mi que tengo el corazón de piedra.
Eso estaría bien.
Al menos aún tendría corazón.
Pero lo cierto es que donde este debiera estar hay un hueco gélido y desolado como un paisaje estepario. Un vacío donde hace tiempo que no tiene cabida ninguna emoción.
Dicen que cuando ves la muerte de frente, o cuando te enfrentas a tu peor temor cara a cara, enloqueces o envileces. Algunos dicen que ven "la luz". Yo, simplemente, dejé de sentir.
Por eso leo, y leo, y leo, casi hasta la extenuación. Porque en los libros, en la literatura, en ese mundo de ficción hecho realidad en mi mente, los personajes me prestan sus corazones, sus sentimientos y emociones, y es como estar vivo otra vez.
A veces, cuando dicen que tengo el corazón de piedra, me molesto un poco.
Nunca me han gustado los halagos gratuitos.


viernes, 5 de diciembre de 2014

Huyendo.



Si cada llamada de teléfono es para ti como el aviso de una nueva catástrofe.
Si cada carta en tu buzón es un casi el aviso seguro de una mala noticia.
Si cada toque en la puerta es una visita que desearías evitar. 
Si lo único que de verdad deseas es que el tiempo pase tan deprisa que ya sea la hora de dormir, porque sólo en la cama te sientes seguro y protegido, amigo, es hora de que te pares un poco y pienses si de verdad merece la pena seguir con esta historia que han montado para ti.
Porque desde ya te digo que la felicidad no es esto.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

The End


-Ya no te quiero,  le dijo ella, mirándole fijamente a los ojos.
Él no contestó.
Si apenas podía respirar, ¿qué diablos iba a contestarle?
Sin poder apartar los ojos de ella, la vio irse y alejarse con el paso tranquilo y erguida.
-Pero yo sí que te quiero, atinó a decir al fin, con la voz quebrada.
Sólo que ya no había nadie allí para escucharle.

Caminando.


Y sigo en el camino aunque no quiera andar más.
Obligado a comprender a todos, condenado a no ser comprendido por nadie. Cargando una mochila que he llevado durante tanto tiempo, que ya es tan mía que sin ella no soy yo. 
Una mochila cada vez más vacía de sueños.
Una mochila cada vez más llena de esa tristeza que da la certeza del error irreparable, del fallo irremediable, que te acompañará durante toda tu vida como el sambenito de los condenados por blasfemia.
Y sigo andando aunque ya no pueda andar más.
Solo, conocedor de mí mismo.
¡Si al menos me pudiera mentir a mí...!
Camino y camino, traicionado por mis sueños, golpeado por una realidad que se yergue insultante ante mi cada vez que, ebrio de rabia, me miro al espejo.
Y sigo caminando...

lunes, 1 de diciembre de 2014

Sobre dioses y hombre


Yo nací y crecí dentro de una familia católica, de esas fundamentalistas, de las de misa y comunión diaria, de las que rezan al acostarse y al levantarse, antes y después de comer. Mi madre incluso rezaba mientras hacía la comida. No sé, tal vez por eso le salía divina...
Pero todo lo que se consume en exceso, harta. En mi caso lo que me alejó de la religión practicante y militante, de la católica y de todas, no sólo fue el empacho de misas, rosarios, rezos y jaculatorias, sino que además fue una pérfida y pecaminosa costumbre: la de leer. Leía de todo, y en ese todo entró también filosofía e historia. En ambas disciplinas pude conocer otras religiones. Puede que fuera entonces cuando comprendí que yo había nacido católico, apostólico y romano por una mera casualidad, por un simple azar cósmico, y no por designio divino.
Al comparar religiones, las actuales y las del pasado, las de aquí y las de allí, me di cuenta de que todas tienen una raíz común: el miedo que siente el ser humano a lo desconocido y la necesidad de creer que algo o alguien, más grande, más fuerte, más sabio, mejor en suma, cuida de nosotros y nos protege, o por el contrario, nos endereza si nos desviamos de la senda
Comprobé que dios, (o los dioses, según de qué religión hablemos), era más poderoso y temible en la proporción inversa al conocimiento que tuviera el hombre del universo que le rodeaba. De tal manera que si Nietzsche afirma en "Así habló Zaratustra" que Dios ha muerto, en cierta manera su asesino ha sido la ciencia, que le ha brindado al hombre la capacidad de comprender sin la necesidad de creer.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Estatua de sal.


Hubiera querido poder sentir algo. No sé bien el qué, algo, me da igual.
Amor, miedo, dolor, ira, esperanza o desesperación...
Lo que sea, pero algo que me permita continuar sintiendo que sigo vivo, que aunque herido en mil batallas, aún sigo en esta guerra.
Pero por mucho que lo intento lo único que encuentro en mi interior es un vacío absoluto.
Un vacío lleno de silencios.
O tal vez sea ese insoportable aullido que nunca para y que cada vez que miro en mi corazón retumba en mi cabeza. Un aullido tan fuerte, tan alto, tan continuo, que no deja hueco a otra cosa que no sea el silencio y la nada.
Y duele estar tan muerto y vacío. 
Y más aún si me da por mirar hacia atrás.
¿Me estaré convirtiendo yo también en una estatua de sal?
Ahora comprendo de verdad a Lot y su dilema: siempre mirar adelante, siempre andar adelante, siempre adelante...
Aunque adelante no haya nada.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Y la memoria se hizo carne...


             Hoy te volví a ver. Fue por casualidad, pero eras tú. Estoy seguro de ello. No en vano llevo treinta y cinco años con tus ojos y tu sonrisa clavados en mi alma. Hoy no sonreías, pero esos ojos tuyos los hubiera reconocido en medio de cualquier multitud. Y hoy no nos rodeaba ninguna multitud, si acaso media docena de personas que, entre adormiladas y aburridas, despachaban su desayuno en aquella terraza. Eras tú. Estoy seguro. Y eso que hace veinte años que nos vimos por última vez. Aquel día yo luchaba contra el dolor que me producía que tú, mi primer gran amor, mi primera pasión, me usaras como confidente y no como amante. Sufría, sí, ¿no lo notabas? Era imposible no verlo. Era un milagro no darse cuenta de que, mientras tú me contabas tus cuitas de amor con él, yo palidecía y las manos me temblaban. Me temblaban tanto que tenía que esconderlas en los bolsillos del pantalón. ¿De verdad no lo viste?
             Veinte años pensándote, recreándote, de alguna manera hasta idealizándote, haciendo cualquier cosa que mantuviera vivo en mí tu recuerdo. Claro que te confieso que no fue un gran esfuerzo. Veinte años. Dice el tango que veinte años no es nada, pero, ¿sabes?, es mentira. El tiempo te ha tratado mejor a ti a que a mi. Desde luego que ya no eres esa chica joven y alocada que yo conocí, pero te has convertido en una mujer con porte elegante y aún conservas esa sensualidad que siempre ha tenido cada gesto tuyo. Lo pude comprobar hoy al verte comer tu bocadillito de jamón a la catalana, y hasta el gesto de remover el azúcar de tu café, así, pausadamente, casi con desdén, desbordaba sensualidad. Sí, eras tú. 
             Me lo pensé mientras te observaba de lejos pero al final no pude contener el impulso y me senté en la misma terraza en la que tú estabas. Nos separaban cuatro metros, nada más. Cuatro metros y veinte años. Me miraste pero no me reconociste. O tal vez simplemente es que ya no me recuerdas. ¿A santo de qué lo ibas a hacer? El enamorado era yo, no tú.  En un momento dado nuestras miradas se quedaron enganchadas. Lo cierto es que creí que me ibas a saludar en ese momento, pero sólo pusiste un gesto de fastidio y seguiste comiendo. Tus ojos seguían azules y hermosos, pero ya no parecían de cielo sino de hielo. Pagué y me fui sin terminar mi café. Los mitos no deben hacerse carne nunca, así siempre podrán mantenerse vivos en nuestros recuerdos. Te miré cuando me iba, mientras la escalera mecánica me acercaba a la puerta. Fue entonces cuando me di cuenta de que, tal vez, a pesar de todo, finalmente, aquella no fueras tú.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La cocina de Tonita.


Hoy mi barrio tiene más aire de pueblo que nunca, con sus calles estrechas desiertas a media mañana, con el ladrillo solitario y triste de algún perro perdido que busca en vano quien le alivie esa soledad, y con el cacareo de algún gallo despistado que, ante la poca luz  y el mucho frío que nos han dejado estos días de tormenta, no sabe bien si es hora de cantar o de dormir.
Ni siquiera escucho el trajín de los calderos y el canturreo de coplas que me suele acompañar desde la ventana de la cocina de mi vecina de enfrente cuando, a solas en mi despacho, leo, escribo, o simplemente permanezco en silencio y relajado con los ojos cerrados. A veces, cierro el libro que tengo delante o dejo la pluma y la libreta donde escribo lo que se me va ocurriendo y me quedo absorto mirando los lomos de los libros que cubren las paredes del cuarto mientras empiezo a salivar con el aroma que sale de su cocina, un aroma a guiso rico. El olor de la auténtica comida casera, de la de antes, de la que ella, abuela y bisabuela, prepara con tanta alegría y amor, que es imposible que no huela a gloria bendita. 
No puede haber mejor poesía ni mejor manera de demostrar amor que cocinar así, cantando, disfrutando con el proceso y con la idea de ver felices a los nuestros al saborear lo que hacemos con nuestras manos.
Pero hoy no. 
Hoy, a pesar del frío y la lluvia he abierto mi ventana de par en par para oler y escuchar los ruidos y aromas de su cocina, pero  permaneció en silencio y con la luz apagada.
Tal vez ella, como el perro perdido que sigue ladrando lastimeramente, como el gallo despistado que sigue cantando tímidamente de vez en cuando mientras decide si callar del todo o arrancarse definitivamente, o como yo mismo, náufrago en mi propio mar de melancolía, estemos desorientados en este extraño otoño y estemos buceando en simas interiores donde normalmente solo nos atrevemos a mojar los pies.
O simplemente ocurra que ante la belleza oscura de esta mañana fría y lluviosa, ni a ella le apetezca cocinar ni a mi escribir, tan solo disfrutar de este momento.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¡Benditas estadísticas!


Me acabo de enterar de que, según las últimas estadísticas, me voy a gastar 209 euros en regalos navideños este año. ¡Oiga, y no saben la alegría que me he llevado! Eso sí, no sé de dónde diablos los voy a sacar, esos, y los otros 445 euros "extra" que según las mismas estadísticas me voy a pulir de más en comida en estas fiestas. ¡Y todo con mi exigua pensión! ¡Ole, ole, y ole!
Claro que me preocupo por nada, porque leyendo las estadísticas sobre pensiones, yo cobro una pensión media de 1.011,9 euros cada mes, con dos paguitas extra. Y ya me empiezo a mosquear. Porque por ahí debe haber algún desgraciado que se está embolsando la enorme diferencia de lo que realmente cobro y lo que esas fantásticas estadísticas dicen que debería cobrar. 
Se lo estaba comentando a mi hija, a la entera, no al 0.3 de hija que según las estadísticas tengo, ya que al parecer tengo 1.3 hijas, y me decía que me preocupaba por nada, que ya lo había dicho el escritor Andrew Lang: un pronosticador poco sofisticado utiliza las estadísticas como un borracho las farolas, para apoyarse y no para iluminarse.
Y si lo dice mi hija, debe ser verdad.

miércoles, 22 de octubre de 2014

El figurante.


A veces la nostalgia dejaba de ser ese territorio conocido, ese sofá cómodo con la huella de su trasero, y se convertía en una senda espinosa y oscura que debía recorrer a tientas con el temor continuo de tropezar a cada paso. 
Eran momentos en los que sabía que si quería sobrevivir a ese estado de  tristeza inexplicable, sí, pero que lo sumía en una profunda postración anímica de la que, ni podía, ni sabía, y mientras más pasara el tiempo, menos quería salir, la única medicina válida era huir. ¿Pero de quién y a dónde? ¿Dónde encontrar ese aire no viciado por recuerdos ni plagado de imágenes de un pasado que tal vez no fuera mejor pero que, ante la realidad tan hiriente de un presente odioso y odiado, se le antojaba el recuerdo dulce de la feliz Arcadia?
Siempre quiso ser el protagonista de eso que los demás llamaban la vida, su vida, pero nunca logró pasar de ser un espectador de la de los demás. Un mero comparsa de relleno en una obra de teatro en la que se sentía el figurante que permanecía sentado casi en sombras, detrás de la última mesa, mientras en el centro del escenario, bajo la potente luz de los focos y centrando todas las miradas, Don Juan Tenorio y Don Luis Mejías se retaban por el amor de Doña Inés.
Tanto tiempo sentado, tanto tiempo siendo espectador de la vida ajena, que se olvidó de vivir la suya propia.
Y ahora ya no sabía cómo hacerlo.

lunes, 20 de octubre de 2014

Personajes de mi barrio.


Todos lo conocemos como Manolito el de las luces. Si pasas por mi barrio lo puedes ver sentado en un banquito de piedra junto a la iglesia, con su camisa de cuadros abotonada hasta el cuello, da igual que sea verano o invierno, y con la cabeza cubierta por su gorra roja de visera.
Manolito tiene una edad indefinible. Tal vez le ayude esa cara de niño grande sin malicia que siempre ha tenido. Al menos yo lo recuerdo siempre así. O tal vez sea que simplemente es feliz. Aunque a nosotros, a los que nos hacemos llamar normales, nos cueste entender que esa felicidad radique en comer cada día, vestir limpio, llevar esa gorra roja de visera, y estar un montón de horas cada mañana sentado en ese banco avisando a los coches que pasan de que se han olvidado apagar las luces al salir del túnel que está en la entrada de mi barrio, camino hacia Arucas. Para él es como un deber sagrado. Una especie de sacerdocio al que se dedica con todas sus fuerzas y que le arranca una sonrisa de satisfacción del deber cumplido cada vez que un vehículo apaga las luces y toca el claxon para darle las gracias.
Nosotros, los del barrio, dejamos muchas veces las luces encendidas a intención sólo para que Manolito pueda avisarnos y así hacerlo feliz durante ese breve espacio de tiempo que se tarda en pasar delante de él.
Hoy he estado un buen rato mirándolo. Realmente es feliz. Y me pregunto si la felicidad estriba en eso: en encontrar algo que te llene y hacerlo con esa ilusión a diario. No me he podido resistir, he ido a casa, he cogido el coche y he dado una vuelta para poder pasar delante de él con las luces encendidas. Me avisó, las apagué, él fue feliz y yo me volví a mi casa un poco menos apenado.

martes, 14 de octubre de 2014

Recuerdos otoñales.


Hacía frío. De eso me acuerdo perfectamente.
De eso, y de cómo las luces en la calle parecían brillar más que nunca entre las gotas de aquella lluvia fina y tenaz que no había parado en toda la tarde.
Y del olor de las castañas asadas. De eso también me acuerdo como si lo estuviera oliendo en este mismo instante.
Aquellas castañas, pequeñas y calentitas, que nos comíamos bajo aquella luvia, paseando entre la gente y riéndonos al ver cómo se nos quedaban las manos tiznadas de carbón al pelarlas.
De lo que ya no me acuerdo es del sabor de tus besos. O del escalofrío que me producían tus manos recorriendo mi espalda bajo aquél abrigo de paño azul. De eso te juro que ya no me acuerdo.
Sin embargo, en los días como hoy, lluviosos y fríos, con las calles llenas de gente, paseando entre el aroma a castañas asadas, sigo buscándote, como al despiste, en los ojos de quien se va cruzando conmigo y detrás de cada esquina que doblo, como si fueras a salir de sopetón, con tus ojos brillantes entre la lluvia, con esa risa más cálida que las propias castañas asadas, cuyo olor me persigue y se me queda en la piel casi como un tatuaje odorífico.
Esas que nunca más he vuelto a probar.

jueves, 19 de junio de 2014

Cosas de juegos.


Como para casi todos los niños de mi generación, la guerra para mi, sólo era un juego. Jugar con palos que simulaban ser fusiles, espadas o puñales, era mi diversión preferida. Aquella era una guerra de mentira, un juego maniqueo donde los buenos eran invencibles, cubiertos de sangre ajena e investidos de un valor propio que los convertía en héroes, y donde los malos eran unos seres abyectos, cobardes por definición, que huían en desbandada en plena batalla para no morir en ella.
Imitábamos las imágenes de la guerra de Vietnam que poblaban los telediarios de aquellos años o repetíamos hasta la saciedad lo que leíamos en Hazañas Bélicas, el cómic para niños, de moda por entonces, que nos contaba las heroicidades de los soldados aliados en la II Guerra Mundial.
En un país y una época donde el ir de uniforme era algo habitual y quien lo llevaba, poderoso y temido. ¿Qué niño no iba a querer ser de los que mandan?
Nadie nos enseñó que esa guerra de mentirijilla era un reflejo de aquella otra guerra, la de verdad. Y que en esas guerras de verdad las heroicidades no tenían cabida. Que lo que producían esas guerras era dolor, destrucción, odio y muerte.
Éramos niños y jugábamos a la guerra. Nadie nos hizo pensar en aquellos otros niños que morían en las otras, en las que la sangre no era de pega y el fuego quemaba de verdad. Llegábamos a casa sucios y derrengados, sudorosos y llenos de barro, a veces con la ropa rota, y en muchos casos con auténticos morados de las caídas, o de los golpes de aquellas espadas de mentira.
 Y además, éramos felices en nuestra inconsciencia.

jueves, 12 de junio de 2014

Anclados.


Son el club de los que han perdido el paso.
Al menos yo los llamo así. Son un grupo de hombres que pasan de los cincuenta años, algunos incluso parecen estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Todos se dedicaron al mundo de la intermediación inmobiliaria cuando éste estaba plagado de amas de casa o de personajes como ellos, sin oficio ni beneficio, que con una agenda y un teléfono móvil, y ninguna preparación o formación profesional, ganaban tres, cuatro, cinco o seis mil euros cada mes por los que no tributaron jamás. Eso cuando no daban un pequeño pelotazo y se embolsillaban una comisión de doce o quince mil euros. Todos vivieron en la cresta de una ola, dejándose llevar a dónde la marea fuera, sin darse cuenta de que, cuanto más alta es una ola, con más fuerza bate las rocas de la costa al romper en ella. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: cuando la marejada de dinero fácil se convirtió en un tsunami de ruina y caos financiero, ellos se dieron de bruces con la dura roca de la realidad. Ésa que siempre está ahí, en tierra firme, y que sigue ahí después de miles de olas, altas, medianas y bajas, que rompen contra ella desde siempre.
Pero los componentes de este club de los que han perdido el paso del desfile de la vida, se niegan a reconocer esa realidad y sus propias miserias. Ellos siguen ahí, haciendo tertulia en la cafetería de la Casa del Mar, tomando un café que les dura una hora y un vaso de agua que tardan otra media hora en beber. Vistiendo ropa que una vez estuvo de moda y calzando zapatos que vivieron mejores épocas y anduvieron por los enmoquetados despachos de los notarios y por los suelos de mármol de algunos despachos financieros. Viven como lo que son y como lo que, en el fondo, siempre fueron: como mentirosos e intrusos. Fingiendo ser lo que hace años que la realidad demostró que no eran: profesionales de un sector complejo y con necesidades específicas de ciertas aptitudes de las que ellos carecen completamente. 
A veces, los escucho desde la mesa de al lado. Son una media docena, de los que cuatro son fijos en esa tertulia anclada en un pasado que, tal vez, fue glorioso para ellos alguna vez. Mienten continuamente. ¿Cómo van a decir la verdad? ¿Cómo van a hablar sobre la realidad de su vida cotidiana? ¿Cómo van a reconocer delante de los otros que hace tiempo que sus únicos ingresos provienen del paro o de las ayudas sociales y que, en realidad, en esas carpetas de tapas gastadas y gomas cedidas, no llevan esos grandes proyectos inmobiliarios o esos contratos de reserva de los que continuamente están hablando? Aquí, el primero que reconozca la verdad en público, o será expulsado de este tan poco selecto club, o directamente acabará con el mismo a golpe de realidad desnuda y dura.

miércoles, 11 de junio de 2014

¡Ya está bien!


Me reconozco cansado. Estoy muy harto de tanto lobo político acechante y ansioso por llegar a ser el macho alfa de una manada que se arroga privilegios que exceden de los que las urnas les dan o su cargo conlleva. Estoy francamente hastiado de tanto alboroto inútil, de tanta soflama interesada, de tanto grito, de tanta descalificación basada más en discursos vacíos de otro contenido que no sea el de quítate tú para ponerme yo.
Esta gente vive drogada, trabaja drogada, habla drogada, y toma drogada las decisiones que afectan a mi vida y a la de tantos como yo. Y afirmo que lo hacen drogados, sí. Alienados por la ambición más sucia: aquella que se basa en obtener sólo lo que ellos desean, y además lo hacen mintiendo con el desparpajo que les da saberse prácticamente impunes. Me da igual los colores que vistan o la bandera en la que se envuelvan. Todos, pero todos, pecan de lo mismo: de confundir sus ideas, voluntades e intereses con los del pueblo, al que califican de soberano, sin empacho o rubor alguno.
Estoy muy defraudado al comprobar que, elección tras elección, en el país de los ciegos, el tuerto sigue siendo rey; de ver, una y otra vez, cómo nos vampirizan sin el menor decoro o remordimiento, cómo hacen bueno el refrán aquél que dice : prometer hasta meter, y una vez metido, olvidemos lo prometido.  Ciegos y estúpidos, estos lobos políticos no ven que el rebaño se rebela cada día un poco más. Que algunas ovejas ya no van tan dóciles al matadero y de que, poco a poco nos volvemos sordos ante sus cantos de sirenas. De que, ya que ellos no lo hacen, somos nosotros los que empezamos a pensar y a tener espíritu crítico qen los que vemos o nos dicen. Yo les recomendaría a estos aprendices de gurús que aparquen la lectura de "La riqueza de las naciones" de Adam Smith, o de "El Capital" de Karl Marx, o del argumentario que les mandan cada mañana al smartphone los sesudos estrategas de sus partidos, y leyeran (dudo que lo hayan hecho antes, a la luz de sus actos), "Rebelión en la Granja", de George Orwell. 
Tal vez entonces, y sólo tal vez, empiecen a vislumbrar las consecuencias de sus actos.

sábado, 7 de junio de 2014

Antes.


Antes nos veíamos más a menudo. Antes, cuando éramos jóvenes y alocados, y creíamos que el futuro sería siempre patrimonio nuestro, que la vida jamás dejaría de ser esa maravillosa aventura llena de diversión y emociones. Eso era antes. Cuando los días siempre tenían un cielo azul y las noches siempre estaban llenas de vino y rosas, de sexo desenfrenado que disfrazábamos de amor apasionado para no infringir las reglas de una sociedad que decíamos venir a cambiar. Claro que eso ocurría antes. Cuando nuestros únicos miedos eran engordar, quedarnos calvos o envejecer sin cumplir las metas. Antes. Luego llegó la vida y todo cambió. Dejamos de vernos tan seguido. Llegó el matrimonio, con él los hijos, las responsabilidades y alguna irresponsabilidad también. Llegó el divorcio, nos repartimos los despojos del naufragio de los sueños, envejecimos, engordamos, y hasta muchos perdimos el pelo. Dejamos de vernos, punto.
Y luego, al cabo de los años, volvieron las llamadas.
Siempre del mismo amigo. Siempre con el mismo mensaje. ¿Cómo estás? ¡Qué barbaridad, el tiempo que hace que no hablamos! ¡Parece mentira, cómo somos! Oye, que Carlos, o Angelito, o Miguel, ha fallecido. Sí, ¡qué palo, tío! ¿Nos vemos todos a las 10 en el Tanatorio? Sólo cambiaba el nombre en cada ocasión. Sólo cambiaba la frecuencia de la llamada, cada vez mayor. Eso, y que todos cada vez éramos menos.
Esta semana, por mi cumpleaños, sonó el teléfono. Pero no, esta vez no eras tú. Esta vez fue tu nombre el que iba en el mensaje.
Todos morimos, ya lo sé. Lo hemos hablado mil veces ante mil copas en esas noches eternas de eterno insomnio. ¡Ya dormiremos cuando estemos muertos, joder! Decíamos brindando por la vida. Una vida que ambos sabíamos que se nos escapaba de entre los dedos, pero que nunca quisimos atrapar más allá de lo que dura esta copa, carajo, que mañana, sí es que existe, ya veremos cómo nos levantamos. Si es que nos levantamos. Mil veces juramos no rendirnos. ¿O fueron mil y una? No sé. Pocas fueron, amigo. Confieso que pierdo la memoria cuando bebo. Quizás por eso ese día no fui al tanatorio a las 10, porque preferí beber en tu memoria hasta perder yo la mía. Porque no quiero recordar. Pero sobre todo, porque no quiero pensar, como pensé cuando colgué el teléfono después de escuchar tu nombre pronunciado por esa otra voz que me emplazaba para despedirte, amigo, que ya quedamos pocos de aquel grupo de locos ilusos que una vez creímos que nos comeríamos el mundo sin despeinarnos, y que por necesidad el próximo en partir será uno de nosotros tres.
Y sabes, amigo, que a mi se me da muy mal dar noticias.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Confesión de un naufrago.


Perdido en un mundo que cada día me parece más absurdo, soy incapaz de encontrar respuestas a tanta pregunta, aunque las busco en el silencio de lo más profundo de mi alma y el sutil ruido que hacen las hojas de ese libro de poemas de Bukowski al que siempre acudo cuando necesito reencontrarme.
Cada vez que vuelvo a él, hay uno que resalta sobre los demás. No siempre es el mismo. Supongo que depende del día o de cómo me sienta. O simplemente de cómo sienta la vida en ese día.
Hoy es Confesión el que se salta a  mis ojos hasta grabarse como nunca antes en mi corazón.

Esperando la muerte
Como un gato
Que va a saltar sobre
La Cama

Me da tanta pena
Mi mujer

Ella verá
Este 
Cuerpo
Blanco
Rígido
Lo zarandeará una vez y luego
Quizás
Otra

Hank no
Responderá

No es mi muerte lo que
Me preocupa, es mi mujer
Que se quedará con este
Montón de
Nada

Quiero que
Sepa
Sin embargo
Que todas las noches
Que he dormido a su lado

Incluso las discusiones 
Más inútiles
Siempre fueron
Algo espléndido

Y esas difíciles
Palabras 
Que siempre temí
Decir
Pueden decirse
Ahora

Te amo.

Charles Bukowski.

Sigo leyendo el libro. Tal vez encuentre entre sus letras la clave que me ayude a salir del laberinto absurdo en el que se ha convertido el mundo para mi.

sábado, 26 de abril de 2014

A la vuelta de una esquina.


Me tropecé con él al doblar una esquina. Claro que, ahora que lo pienso, las esquinas tienen esa utilidad, ¿no?,  la de que te tropieces al doblarlas con viejos amigos o con antiguos amores a los que haces tiempo que ya no ves o has dejado de odiar. Esa, y la de que los perros puedan mear en ellas para marcar su territorio, claro.
Lo vi mayor. Muy desmejorado. Ni rastro de aquel hombre dinámico y activo, listo como el hambre y fuerte, que reunía a su alrededor a una cohorte de admiradores de esa vida tan extravagante que había llevado, pardillos entre los que yo me encontraba. De una sola ojeada pude ver como el tiempo empezaba a ser cruel con él. Claro que no podía quejarse. ¡Estaba a punto de cumplir 79 años, carajo! Y aún andaba recto. Pero no sé, algo había en su voz, quizá más débil de lo que yo recordaba; o tal vez fuera en su mirada, menos vivaz y brillante, con menos chispa que antes. Todo aquello me indicaba que el viejo militar ya no tenía mando en plaza. Nos invitamos a café. Durante aquella charla errática él parecía querer insistir en mantener viva lo que ya se hacía evidente que ya sólo era una vieja ficción tan muerta como al parecer lo estaban algunos de sus recuerdos. Sentí pena. Sé que no debiera. En su plenitud vital fue un hombre despiadado, casi cruel. Nunca tuvo en cuenta qué medios, legales, ilegales, humanos, o no, usar si éstos lo llevaban directa y rápidamente a conseguir su fin. Cayera quien cayera. Siempre y cuando el que cayera no fuera él, claro.
Cuando nos despedimos, en vez de abrazarnos nos miramos como dos perros de la guerra curtidos en mil batallas, no todas inventadas, con algo de afecto y un cierto recelo en la mirada preñada de viejos desafíos. No sé si él meó en su trozo de esquina para marcar el territorio cuando me di la vuelta. Yo sí que estuve a punto de hacerlo.

domingo, 20 de abril de 2014

Motivando.


La culpa la tuvo aquella mariposa. El sol de la tarde hacía brillar los colores de sus alas de tal manera que yo, con siete años, jamás había visto antes. Era imposible que no me quedara embobado mirando para ella o que siguiera prestando atención a la aburrida clase de gramática.
-¡Ibrahim Chamali!
Aquel fue un grito de doble efecto: logró que me olvidara de la mariposa y me puso de pie al instante. La voz del padre Mariano era para nosotros, los alumnos de 2º de EGB del Colegio Claret, algo así como el sonido atronador que anunciaba el castigo, ya fuera divino o humano, lo mismo daba. Imponía, créanme.
-A ver, dígame: ¿qué estaba explicando cuando usted decidió que eso no era de su interés?
El padre Mariano fue el peor profesor de todos aquellos que me torturaron a lo largo de mi vida escolar. Y fueron muchos. Pero éste además se creía investido de una autoridad divina y siempre nos lo recordaba justo después de aplicarnos el castigo que él considerara adecuado a nuestra culpa. 
Y por si fuera poco, parecía tener ojos en la espalda, porque era capaz de saber quién estaba mirando hacia la pizarra y quién no, sin necesidad de volverse. Creo que eso y andar en el silencio más absoluto, eran sus únicos méritos académicos.
-¿Y bien?
Mi cara debió responder por mi, porque el tirón de pelos que me dio en la patilla derecha, me puso de puntillas e hizo que se me saltaran las lágrimas.
-Recuerde, Ibrahim. Le castigo por su bien. Y lo hago investido de la autoridad del maestro y como sacerdote.
Me senté con la cara ardiendo, un mechón de pelo menos, los ojos con lagrimones y la mirada aterrorizada de los otros 32 niños posada en mí, mientras el padre Mariano se dirigía de nuevo a la pizarra soplándose mis pelos de entre sus dedos sentenciando: 
-¡Jamás será usted nada útil en esta vida con esa actitud! ¡Qué pena, con lo excelentes estudiantes que fueron sus hermanos! Rece, rece por no ser usted la decepción de su familia...
Tuve que escuchar aquella frase de sus labios cada vez que me pilló despistado en clase a lo largo de todos los años que estuve en ese colegio, cosa que, reconozco, me pasó con alguna frecuencia. 
¡No cabe duda de que el padre Mariano sabía cómo motivar a un niño!

martes, 8 de abril de 2014

A modo de despedida.


Hay quien afirma que, o te enamoras así, de sopetón, como si te diera un golpe de calor, o realmente no te enamoras. Sin embargo, al menos en mi caso, esa teoría del flechazo, eso del amor a primera vista,  nunca se ha cumplido. Y les puedo jurar que he amado y he sido amado apasionadamente.  Y que en la actualidad se sigue dando esa circunstancia. Pero no sé si, tal vez mi naturaleza analítica predomina sobre la parte emocional de mi mente. De verdad que no lo sé.
El caso es que cada vez que me he enamorado lo he hecho a sorbitos, de poco a poco, hasta que por fin la borrachera de los sentimientos fue tal que ya no supe reaccionar y me vi pillado. 
Todas las confidencias anteriores, tan poco habituales en mi, vienen porque hoy, cosas del destino, me he enterado de que hace pocos días murió unos de mis primeros amores. 
Cuando me lo dijeron sentí un vértigo extraño. Y eso que hace treinta y tantos años que no nos veíamos cara a cara. Sin embargo, jamás nos perdimos el rastro del todo. Siempre hubo algún amigo o alguna amiga que nos traía de tanto en tanto noticias al uno de la otra o viceversa.
Así me enteré de que ella nunca llegó a casarse. Creo que fue porque nunca tuvo la paciencia necesaria para aguantar las tonterías de nadie y, además, le sobraban razones (o eso dijo siempre) para que nadie aguantara las suyas. Quizá por eso su vida fue un continuo ir de pareja en pareja. A veces sin tener en cuenta ni edad ni sexo, lo que al principio, hace ya tantos años, reconozco que me escandalizó. Como a todos, claro. 
¡Qué estúpidos y ciegos fuimos entonces!
Porque ahora que lo pienso, ahora que ya no puedo decírselo, ¿por qué habría de ser mi opción de vida mejor que la suya? ¿Qué derecho teníamos yo, o tú, lector, o su familia, que le dio la espalda escandalizada ante tanta promiscuidad, para juzgarla?
Creo que a ella todo aquello le dio siempre igual porque, en el fondo, siempre fue una persona más inteligente y más valiente que los que la rodeábamos. Alguien que no daba respuestas ante las preguntas que no le gustaban. Alguien que fue tan feliz y tan libre que nunca necesitó a nadie para serlo.
Descansa en paz, amiga, amante, mujer libre, y aunque ahora ya sea tarde para ello, quiero que sepas que hoy te comprendo.

jueves, 3 de abril de 2014

Un día de mala suerte


El 9 de octubre cambió mi vida. Y lo hizo de una manera tan radical, que aún hoy, seis meses después, no he logrado adaptarme a ella.
Todo se debió a una casualidad. A un hecho meramente fortuito. Si no hubiera estado sentado en esa cafetería, si no me hubiera aburrido tanto leyendo aquel periódico resobado, si hubiera puesto la oreja para escuchar la conversación de la mesa de al lado, probablemente nada de lo que ocurrió después hubiera sucedido y mi vida hubiera seguido el curso plácido y monótono de siempre. Pero no. Está visto que ese día todo estaba conjurado para que mi vida, tal y como yo la había vivido hasta entonces, diera un giro y cambiara de una manera absoluta.
Tal vez fue el inusual ajetreo de ir y venir de las camareras y el encargado entre la barra y la mesa, y viceversa, lo que me llamó la atención. O quizá fuera el tono nervioso de la conversación que mantenían las clientas con ellos. No sé. Pero el caso es que, de pronto, sin saber cómo, en la cafetería sólo quedamos ellas, el personal y yo.
Y un silencio extraño e incómodo que se veía subrayado por El Chojín que cantaba Únete a mi Bando en un CD en la cocina.
De repente una mano se posó en mi hombro dándome un susto de muerte. Tanto, que el café que estaba tomando acabó en mi camisa del salto que pegué.
Me giré furioso y asustado, dispuesto a cagarme en la madre del responsable de aquel desaguisado hasta que mi mirada se tropezó con dos enormes policías, que salieron de la nada, con caras de pocos amigos. O más bien de muchos enemigos. Y muy susceptibles, carajo. Eso, o no son capaces de entender que cuando te cae una taza de café encima, lo normal es que manotees para limpiarte, porque el café caliente quema. ¿O no?
Pero el más bajo de de los dos entendió que le estaba atacando. Y me aflojó un castañetazo de esos que hacen época. De los que hacen época y te aflojan los empastes al mismo tiempo, vaya.
Sin embargo el otro, el más alto, no fue tan impulsivo. Ese esperó que estuviera ya en el suelo, boqueando en busca de un poco de aire, para patearme bien los riñones. 
Sin duda hacían un buen equipo. Estaban muy compenetrados  los dos. Eran como bailarinas. O mejor, como bailadores de flamenco. Sólo que a mi me daba la impresión de que el zapateado me lo estaban bailando en el lomo. Luego vino la misericordiosa oscuridad del desmayo.
Y aquí estoy ahora, seis meses más tarde; en una cárcel a espera de juicio. Acusado de violar a no sé cuántas mujeres. Y todo lo que hay contra mí es la identificación de esas dos chicas que estaban desayunando en la mesa de al lado el 9 de octubre pasado. Eso, claro, y todas las que, después de que mi imagen se viera en  los telediarios, dijeron reconocerme. Aunque unas dijeron que estaba más gordo, otras que más flaco, unas que me recordaban más alto y hasta una dijo que yo tenía pecas. ¡Pecas, y eso que soy moreno! Casi mulato.
Además, King y Kong, los dos policías-roperos que me detuvieron 
(yo los llamo así), pusieron en su informe que me resistí violentamente y que traté de huir, por lo que tuvieron que usar la fuerza "de manera proporcionada" ante mi reacción agresiva. Lo que corroboraron todos los testigos presentes.
Estoy jodido.
Porque el autentico violador, si es que existe, que ya lo empiezo a dudar, jamás ha dejado ningún rastro biológico, y de él sólo tienen los testimonios de las mujeres violadas. Y por lo que mi abogado me ha contado, estas descripciones son tan generales que cualquiera podría encajar en ellas.
"Si al menos no te hubieras resistido tan violentamente al arresto, hombre, pero así me lo pones muy difícil, la verdad."
Es entonces cuando lo miro y me dan ganas de aplastarle esa cabeza repeinada y engominada. Pero mejor no. Al fin y al cabo, me han dicho que él es el único que está de mi parte.
Estoy bien jodido...

jueves, 27 de marzo de 2014

Adjetivando.


Desde que el Homo erectus logró la suficiente evolución de su aparato fonador y de su cerebro como para lograr articular aquel primer esbozo de un lenguaje codificado, hasta el ser humano actual, con su capacidad casi ilimitada de crear palabras y estructuras lingüísticas, han pasado aproximadamente 1.800.000 años.
Sin duda es un largo camino el recorrido y no es mi intención entrara en él. Sería, además, una enorme osadía por mi parte.  Pero sí que quiero entender cómo y por qué.
¿Cómo es posible que, con esa casi perfección del dominio del lenguaje, sigamos recurriendo a la violencia para resolver diferencias y disputas?
¿Por qué, con ese indudable dominio de la lengua, en vez de lograr su perfección como herramienta comunicativa, lo que hacemos es prostituir el lenguaje con adjetivos y eufemismos? No para embellecerlo, sino dándoles un uso espurio para estirar su indudable capacidad elástica y plástica y conseguir así que, lo que simple y llanamente es un horror, se reconvierta en algo menos ofensivo a fuerza de añadirle esos adjetivos.
Veamos un ejemplo: "pobreza energética".
Suena mal, pero suena a algo casi técnico. Desde luego suena mejor que si dejamos a la pobreza tal cual es: desnuda, fría, solitaria y trágica en muchos casos. Porque, sinceramente, cuando alguien ya no puede pagar la luz o el gas, cuando queda condenado a no tener luz en casa, con todo lo que eso significa (termo y nevera inutilizados, televisión apagada, noches más frías y oscuras, depresión más cercana y profunda) o a no poder disponer de gas, con lo que tampoco podría hacerse la comida o un café (en caso de que la cocina no fuera eléctrica, que entonces tampoco), no es que sea un pobre energético, simple y llanamente es pobre. Así, de solemnidad.
Y España y sus Gobiernos se han empeñado en disimular esta terrible y angustiosa realidad vistiendo al santo con ropajes prestados. Así la realidad no es tan desagradable. Es como esa absurda costumbre de los noticieros de, cuando alguien muere de cáncer, decir que falleció víctima de una "larga y dolorosa enfermedad". Vivimos en el reinos del eufemismo. En el paraíso de los "despidos en diferido". Seguro que todos tenemos nuestros eufemismo preferido; aquél que más nos ha impactado en esta época de velos lingüísticos que tratan de esconder la podredumbre social en la que nos debatimos a diario. Hacer una lista sería agotador y, además, ni mis nervios ni mi estómago están para estos trotes.
Tal vez nos hace falta otro millón de años más para que el Homo sapiens sapiens evolucione su capacidad cerebral y lingüística, y aprenda a llamar las cosas por su nombre dejando las figuras retóricas para el ámbito para el que nacieron: la literatura.