martes, 21 de enero de 2014

Vigas y pajas.


Tendría que haberme dado cuenta.
O al menos tendría que haberme dado cuenta antes, mucho antes. Sobre todo yo, caramba, testigo silencioso pero siempre firme y presente durante el proceso que vivieron tantos amigos y hasta algún adversario declarado.
Pero no, no lo vi.
No me percaté de nada. Fue como si conocedor de la dureza de lo que se me venía encima y de su inexorable poder destructivo, al mismo tiempo que me iba corroyendo por dentro, me iba anestesiando de una manera muy sutil. Lo justo para permanecer alerta pero no para poder comprender lo que de verdad me está ocurriendo.
Simplemente me muero.
Tal vez físicamente no. Esa sin duda sería para mi una muerte menor, una muerte piadosa y liberadora. Una forma de encontrar alivio al dolor y de dar paz a un cuerpo ampliamente torturado. No, es la mía una muerte intelectual; la más dura y terrible para mi.
Al principio avanzó lenta, muy lentamente.
Tanto que no pude darme cuenta. Como tampoco me doy cuenta de que la tierra gira sobre su eje y alrededor del sol y sin embargo sus resultados son más que evidentes en los días y sus noches, en las primaveras, en los veranos, en esos otoños tan queridos por mi, en esos melancólicos inviernos preñados de promesas de renacer en otras nuevas primaveras...
Sólo que el invierno que se está asentando en mi cerebro no viene con ninguna promesa ni hay en él ningún renacer. Es una gélida escarcha que cada día avanza un poco más matando por congelación lo que va quedando bajo su capa blanca. Igual que una glaciación fatal.
Lo sé bien.
Yo ya he sido testigo de ello, silencioso testigo, atemorizado testigo de otros inviernos mentales en otros cerebros, de otros amigos - y de algunos adversarios- más listos que yo, más grandes que yo, más sanos que yo...
¡Qué terrible es cuando miras a sus ojos y donde antes había un volcán de ideas y recuerdos, de genialidades, perpetuamente en erupción, de repente solo ves una gélida estepa de hielo inacabable donde nada sobrevive.
Ni siquiera los recuerdos.
¡Y fíjense que tendría que haberme dado cuenta de que el siguiente era yo! Pero uno nunca ve la viga en el ojo propio de tanto andar buscando la paja en el ojo ajeno...




(Publicado previamente en Plumas Hispanoamericanas)

1 comentario:

tercerolasvegas dijo...

ME ENCANTA, DURO PERO PRECIOSO.