jueves, 27 de marzo de 2014

Adjetivando.


Desde que el Homo erectus logró la suficiente evolución de su aparato fonador y de su cerebro como para lograr articular aquel primer esbozo de un lenguaje codificado, hasta el ser humano actual, con su capacidad casi ilimitada de crear palabras y estructuras lingüísticas, han pasado aproximadamente 1.800.000 años.
Sin duda es un largo camino el recorrido y no es mi intención entrara en él. Sería, además, una enorme osadía por mi parte.  Pero sí que quiero entender cómo y por qué.
¿Cómo es posible que, con esa casi perfección del dominio del lenguaje, sigamos recurriendo a la violencia para resolver diferencias y disputas?
¿Por qué, con ese indudable dominio de la lengua, en vez de lograr su perfección como herramienta comunicativa, lo que hacemos es prostituir el lenguaje con adjetivos y eufemismos? No para embellecerlo, sino dándoles un uso espurio para estirar su indudable capacidad elástica y plástica y conseguir así que, lo que simple y llanamente es un horror, se reconvierta en algo menos ofensivo a fuerza de añadirle esos adjetivos.
Veamos un ejemplo: "pobreza energética".
Suena mal, pero suena a algo casi técnico. Desde luego suena mejor que si dejamos a la pobreza tal cual es: desnuda, fría, solitaria y trágica en muchos casos. Porque, sinceramente, cuando alguien ya no puede pagar la luz o el gas, cuando queda condenado a no tener luz en casa, con todo lo que eso significa (termo y nevera inutilizados, televisión apagada, noches más frías y oscuras, depresión más cercana y profunda) o a no poder disponer de gas, con lo que tampoco podría hacerse la comida o un café (en caso de que la cocina no fuera eléctrica, que entonces tampoco), no es que sea un pobre energético, simple y llanamente es pobre. Así, de solemnidad.
Y España y sus Gobiernos se han empeñado en disimular esta terrible y angustiosa realidad vistiendo al santo con ropajes prestados. Así la realidad no es tan desagradable. Es como esa absurda costumbre de los noticieros de, cuando alguien muere de cáncer, decir que falleció víctima de una "larga y dolorosa enfermedad". Vivimos en el reinos del eufemismo. En el paraíso de los "despidos en diferido". Seguro que todos tenemos nuestros eufemismo preferido; aquél que más nos ha impactado en esta época de velos lingüísticos que tratan de esconder la podredumbre social en la que nos debatimos a diario. Hacer una lista sería agotador y, además, ni mis nervios ni mi estómago están para estos trotes.
Tal vez nos hace falta otro millón de años más para que el Homo sapiens sapiens evolucione su capacidad cerebral y lingüística, y aprenda a llamar las cosas por su nombre dejando las figuras retóricas para el ámbito para el que nacieron: la literatura. 

2 comentarios:

Esteban Rodriguez G. dijo...

Exquisito, como siempre metiendo el dedo el la llaga con tu fino estilo y fluido lenguaje,abrazos.

Jesús Chamali dijo...

Muchas gracias Esteban. Saber que personas como tú me leen y hasta encuentran un hueco en su tiempo para comentar las entradas de mi blog es un potente estímulo que me ayuda a continuar.
¡Un abrazo!