jueves, 6 de marzo de 2014

Esperando mi guagua.


 (Foto: Hulton Archive / Getty Images). 1952
A veces me quedo absorto, con la vista fija en el aire, como si allí, en un indeterminado punto fijo de la nada se estuviera desarrollando una escena tan interesante que me impidiera apartar la mirada de ella. Sé que la gente cree que es en esos momentos cuando nacen algunas de mis reflexiones o cuando se crean mis relatos. Y puede que de vez en cuando ocurra así, pero no siempre. La verdad es que muchas de esas veces, quizá demasiadas, lo que veo es una guagua llena de aquellas personas que me acompañaron en el recorrido de parte del camino de mi vida, y hoy ya no están.
Ya sé que esa guagua no existe. 
Y sé también que la veo solamente yo.
Pero para mi, al menos durante esos momentos, es tan real como el banco de piedra donde estoy sentado ahora mismo, o como estas palmeras que el viento cimbrea. Hasta me atrevo a decir que a ratos me parece incluso más real que yo mismo.
Es una guagua muy extraña, gris y antigua, en la que cada vez quedan menos asientos libres.
Por las ventanillas, translúcidas, no sé si por un insano vaho o por la patina que va dejando el polvo acumulado por el paso del tiempo, veo las caras serenas de mis padres. Parece que quisieran, aún después de muertos, aún siendo sólo parte de mi imaginación, infundirme una tranquilidad y una confianza que confieso estar muy lejos de sentir. Al menos no como la gente la percibe en mi. En otras ventanas veo, o tal vez sea mejor decir que intuyo, las caras de viejos amigos, de antiguos compañeros, de alguna novia de juventud, de esas que duraban menos que la pasión que levantaban.
Hoy he vuelto a quedarme absorto en medio de la calle.
La gente pasaba a mi alrededor, la lluvia caía, el tráfico era un caos, pero allí estábamos ella y yo.
Ella aparcada cerca de la esquina, yo sentado en este banco de piedra cada vez más mojado por la lluvia. En un momento dado giré la cabeza para comprobar si era verdad que nadie más que yo la veía. Me parece imposible. Me he acercado lentamente. Todos sus pasajeros me miran a través de sus ventanas. Mis padres lo hacen con algo parecido a una sonrisa en los labios. 
De repente me di cuenta de algo que hasta hoy no había visto: nadie conducía esta guagua. 
Y entonces, todo se aclaró de una manera casi lógica. Toda la lógica que puede darse en este tipo de situación. Como si de una revelación se tratara, entendí por qué últimamente la veía cada vez más a menudo.
La guagua del averno viene en busca de su chófer.

1 comentario:

Séfora Malián dijo...

¡Qué relato más triste y tan cargado de melancolía!
No he podido dejar de pensar en toda esas personas que hoy ya no están a mi lado y que tanto hicieron por mi a lo largo de la vida.
No sé si al final me he quedado más tranquila o con un nudo en la garganta, pero le aseguro, Chamali, que indiferente no me ha dejado.