martes, 11 de marzo de 2014

Un café con Lorena.


Siempre he mantenido una actitud estoica, casi displicente ante el hecho de mi propia muerte. Me aterra más no poder vivir con dignidad que el hecho en sí de morir. Además, siempre supuse que quien se aferrase tanto a esta vida es porque tenía más que perder que ganar si la abandonaba y desde luego ese no es mi caso. Quien nada tiene, nada pierde; quien nada pierde, nada teme. Así de sencillo.
Pero Lorena me ha desajustado esos patrones.
Lorena va a morir.
Lo hará muy pronto, desgraciadamente. El cáncer se ha cebado con ella y los pronósticos más optimistas de sus médicos le brindan como máximo una esperanza de dos meses. Aunque ella está convencida de que le mienten y de que en realidad le queda menos tiempo. ¿Quién sabe? Tal vez no ande muy desencaminada.
He de reconocer que lo lleva con más dignidad y entereza de lo que creo yo sería capaz. Morirme no me importa. Saber que mi fecha de caducidad está fijada y tan cercana, francamente, no sé si podría con ello. Pero Lorena lo lleva bien. O al menos eso transmite, que la procesión, como el cáncer, la llevará por dentro. 
El lunes nos tomamos un café. Quiere despedirse de sus amigos y quiere hacerlo mientras aún sea ella y no una piltrafa humana, como ella misma afirma, inconsciente por los calmantes y atada a una cama y a un montón de aparatos ruidosos. Decididamente no quiere vernos cuando esté así y sobretodo no quiere que la veamos en ese estado.
Hablamos de muchas cosas. Recordamos vivencias, anécdotas compartidas, viejas historias que, he de reconocer, ya casi estaban desdibujadas en la nebulosa de mi memoria. Nos reímos y nos dimos ánimos mutuamente. Le pregunté si veía a la muerte como esa liberación de esta vida tan agridulce que nos había tocado vivir a ambos, como siempre comentábamos. Reconozco que cuando me dijo que, al contrario, cada día que arañaba a la muerte, ahora que la tenía soplando en el cogote, era como un inmenso regalo que no sabía como agradecer. Que ahora que se iba, cada nuevo día descubría mil motivos para darle gracias a la vida.

-¿Pero si ella y tú, bueno, ella y nosotros, nos tratamos pero no como para irnos de copas juntos? ¿No recuerdas que siempre lo decíamos ante esa última copa o ese último café que nos tomábamos con la pereza de acabar esa conversación que jamás terminábamos?
-Sí, pero ahora que ya sé que me echan del colegio es cuando me doy cuenta de lo que me perdía no estudiando, ¿lo pillas?

Lorena y yo ya no nos volveremos a ver. Esta fue una auténtica despedida, y ambos lo sabemos. Jamás podremos acabar esa interminable conversación que manteníamos a medias durante tantos años.
Sólo siento haberme ido sin contestarle que sí, que lo pillaba, que de verdad entendí lo que quiso decirme.
Sólo espero que ahora que sé que lees esto, amiga, te des por enterada.

1 comentario:

Lou dijo...

Quien nada tiene, nada pierde; quien nada pierde, nada teme. Así de sencillo.
Esas palabras son tan certera, que no hay que temer cuando uno sabe que la vida la vivimos con dignidad, la aceptación por parte de nuestra mortalidad es increíble, tenemos mucho tiempo?, si en realidad lo tenemos cuando sabemos aprovechar los instante y no nos sentimos como un barco a la deriva...Lorena...vive su día a día y puede que tenga mucho más tiempo de lo que pensamos, quién sabe? somos lo que creamos nuestra propia realidad.