domingo, 20 de abril de 2014

Motivando.


La culpa la tuvo aquella mariposa. El sol de la tarde hacía brillar los colores de sus alas de tal manera que yo, con siete años, jamás había visto antes. Era imposible que no me quedara embobado mirando para ella o que siguiera prestando atención a la aburrida clase de gramática.
-¡Ibrahim Chamali!
Aquel fue un grito de doble efecto: logró que me olvidara de la mariposa y me puso de pie al instante. La voz del padre Mariano era para nosotros, los alumnos de 2º de EGB del Colegio Claret, algo así como el sonido atronador que anunciaba el castigo, ya fuera divino o humano, lo mismo daba. Imponía, créanme.
-A ver, dígame: ¿qué estaba explicando cuando usted decidió que eso no era de su interés?
El padre Mariano fue el peor profesor de todos aquellos que me torturaron a lo largo de mi vida escolar. Y fueron muchos. Pero éste además se creía investido de una autoridad divina y siempre nos lo recordaba justo después de aplicarnos el castigo que él considerara adecuado a nuestra culpa. 
Y por si fuera poco, parecía tener ojos en la espalda, porque era capaz de saber quién estaba mirando hacia la pizarra y quién no, sin necesidad de volverse. Creo que eso y andar en el silencio más absoluto, eran sus únicos méritos académicos.
-¿Y bien?
Mi cara debió responder por mi, porque el tirón de pelos que me dio en la patilla derecha, me puso de puntillas e hizo que se me saltaran las lágrimas.
-Recuerde, Ibrahim. Le castigo por su bien. Y lo hago investido de la autoridad del maestro y como sacerdote.
Me senté con la cara ardiendo, un mechón de pelo menos, los ojos con lagrimones y la mirada aterrorizada de los otros 32 niños posada en mí, mientras el padre Mariano se dirigía de nuevo a la pizarra soplándose mis pelos de entre sus dedos sentenciando: 
-¡Jamás será usted nada útil en esta vida con esa actitud! ¡Qué pena, con lo excelentes estudiantes que fueron sus hermanos! Rece, rece por no ser usted la decepción de su familia...
Tuve que escuchar aquella frase de sus labios cada vez que me pilló despistado en clase a lo largo de todos los años que estuve en ese colegio, cosa que, reconozco, me pasó con alguna frecuencia. 
¡No cabe duda de que el padre Mariano sabía cómo motivar a un niño!

3 comentarios:

Esteban Rodriguez G. dijo...

Un encanto de profesor, motivador nato. Ya ves aún así no impidió que te expresaras con brillantez que lo haces en tu RINCÓN. Abrazos.

Anónimo dijo...

Es terrible comprender como, por un mal docente, sea o no sacerdote, monja o seglar, se pueda frustrar la vida y el futuro de una persona.
Me pregunto cuántos malos maestros han hecho malos estudiantes en esta vida. Sólo con que hubiera dedicado un poco más de tiempo...

Manolo Martínez

Anónimo dijo...

¡Pues vaya ojo que tuvo su maestro! Yo estudié en un colegio de monjas y recuerdo en mis pesadillas a sor susana, una monja de las de antes, que si es verdad que hay un infierno, ella tienen un asiento reservado alli.
No quiero seguir dandole más bombo a su persona. No lo merece. Supongop que ya estará muerta.
Me alegro que usted haya superado su mala experiencia.
Mari Carmen, Las Palmas.