jueves, 3 de abril de 2014

Un día de mala suerte


El 9 de octubre cambió mi vida. Y lo hizo de una manera tan radical, que aún hoy, seis meses después, no he logrado adaptarme a ella.
Todo se debió a una casualidad. A un hecho meramente fortuito. Si no hubiera estado sentado en esa cafetería, si no me hubiera aburrido tanto leyendo aquel periódico resobado, si hubiera puesto la oreja para escuchar la conversación de la mesa de al lado, probablemente nada de lo que ocurrió después hubiera sucedido y mi vida hubiera seguido el curso plácido y monótono de siempre. Pero no. Está visto que ese día todo estaba conjurado para que mi vida, tal y como yo la había vivido hasta entonces, diera un giro y cambiara de una manera absoluta.
Tal vez fue el inusual ajetreo de ir y venir de las camareras y el encargado entre la barra y la mesa, y viceversa, lo que me llamó la atención. O quizá fuera el tono nervioso de la conversación que mantenían las clientas con ellos. No sé. Pero el caso es que, de pronto, sin saber cómo, en la cafetería sólo quedamos ellas, el personal y yo.
Y un silencio extraño e incómodo que se veía subrayado por El Chojín que cantaba Únete a mi Bando en un CD en la cocina.
De repente una mano se posó en mi hombro dándome un susto de muerte. Tanto, que el café que estaba tomando acabó en mi camisa del salto que pegué.
Me giré furioso y asustado, dispuesto a cagarme en la madre del responsable de aquel desaguisado hasta que mi mirada se tropezó con dos enormes policías, que salieron de la nada, con caras de pocos amigos. O más bien de muchos enemigos. Y muy susceptibles, carajo. Eso, o no son capaces de entender que cuando te cae una taza de café encima, lo normal es que manotees para limpiarte, porque el café caliente quema. ¿O no?
Pero el más bajo de de los dos entendió que le estaba atacando. Y me aflojó un castañetazo de esos que hacen época. De los que hacen época y te aflojan los empastes al mismo tiempo, vaya.
Sin embargo el otro, el más alto, no fue tan impulsivo. Ese esperó que estuviera ya en el suelo, boqueando en busca de un poco de aire, para patearme bien los riñones. 
Sin duda hacían un buen equipo. Estaban muy compenetrados  los dos. Eran como bailarinas. O mejor, como bailadores de flamenco. Sólo que a mi me daba la impresión de que el zapateado me lo estaban bailando en el lomo. Luego vino la misericordiosa oscuridad del desmayo.
Y aquí estoy ahora, seis meses más tarde; en una cárcel a espera de juicio. Acusado de violar a no sé cuántas mujeres. Y todo lo que hay contra mí es la identificación de esas dos chicas que estaban desayunando en la mesa de al lado el 9 de octubre pasado. Eso, claro, y todas las que, después de que mi imagen se viera en  los telediarios, dijeron reconocerme. Aunque unas dijeron que estaba más gordo, otras que más flaco, unas que me recordaban más alto y hasta una dijo que yo tenía pecas. ¡Pecas, y eso que soy moreno! Casi mulato.
Además, King y Kong, los dos policías-roperos que me detuvieron 
(yo los llamo así), pusieron en su informe que me resistí violentamente y que traté de huir, por lo que tuvieron que usar la fuerza "de manera proporcionada" ante mi reacción agresiva. Lo que corroboraron todos los testigos presentes.
Estoy jodido.
Porque el autentico violador, si es que existe, que ya lo empiezo a dudar, jamás ha dejado ningún rastro biológico, y de él sólo tienen los testimonios de las mujeres violadas. Y por lo que mi abogado me ha contado, estas descripciones son tan generales que cualquiera podría encajar en ellas.
"Si al menos no te hubieras resistido tan violentamente al arresto, hombre, pero así me lo pones muy difícil, la verdad."
Es entonces cuando lo miro y me dan ganas de aplastarle esa cabeza repeinada y engominada. Pero mejor no. Al fin y al cabo, me han dicho que él es el único que está de mi parte.
Estoy bien jodido...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece que tomarse a broma un problema tan serio como es el de una violación no es de recibo. Se ha pasado usted. Con historias como estas se les da cuartelillo a los depredadores sexuales.
Asqueroso.

Encarna Morin dijo...

Un texto muy bien escrito. Muy logrado el suspense y el realismo. Me he puesto en la piel del narrador hasta llegar a confundirme con él.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo con Anónimo quien, anónimamente, ha reflejado plenamiente mi opinión. ¿Cómo se le ocurre tomarse a broma un problema tan serio como es la violación y atreverse A ESCRIBIR SOBRE ALGO QUE LO ROZA? Es una locura. Haga el favor de volver a escribir de vacas obedientes, cosas tiernas y unicornios rosa.

Fdo: Anónimo (2)

Jesús Chamali dijo...

En mi blog se puede opinar con libertad. De hecho, ni se me pasa por la cabeza cualquier tipo de censura a los mismos, ni previa ni post publicación. Pero sí que exijo el mismo respeto, yo no impongo ideas "oficiales" o temas "adecuados" o no según la política o la moral del que lo quiera leer. Pero tampoco acepto que nadie, y menos escudado en la cobardía de la máscara del anonimato, me diga sobre lo que puedo o debo escribir.
Mi privilegio, al menos en este blog, que es mío, es escribir lo que me plazca.
El suyo, como lector o lectora, es leerlo y comentarlo si le place hacerlo, ya sea en tono elogioso o crítico, eso allá usted. Pero hágame dos favores: no me diga lo que tengo que escribir, y si no es de su agrado lo que escribo, deje de leerme.
Le recuerdo que no es obligatorio..