jueves, 12 de junio de 2014

Anclados.


Son el club de los que han perdido el paso.
Al menos yo los llamo así. Son un grupo de hombres que pasan de los cincuenta años, algunos incluso parecen estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Todos se dedicaron al mundo de la intermediación inmobiliaria cuando éste estaba plagado de amas de casa o de personajes como ellos, sin oficio ni beneficio, que con una agenda y un teléfono móvil, y ninguna preparación o formación profesional, ganaban tres, cuatro, cinco o seis mil euros cada mes por los que no tributaron jamás. Eso cuando no daban un pequeño pelotazo y se embolsillaban una comisión de doce o quince mil euros. Todos vivieron en la cresta de una ola, dejándose llevar a dónde la marea fuera, sin darse cuenta de que, cuanto más alta es una ola, con más fuerza bate las rocas de la costa al romper en ella. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: cuando la marejada de dinero fácil se convirtió en un tsunami de ruina y caos financiero, ellos se dieron de bruces con la dura roca de la realidad. Ésa que siempre está ahí, en tierra firme, y que sigue ahí después de miles de olas, altas, medianas y bajas, que rompen contra ella desde siempre.
Pero los componentes de este club de los que han perdido el paso del desfile de la vida, se niegan a reconocer esa realidad y sus propias miserias. Ellos siguen ahí, haciendo tertulia en la cafetería de la Casa del Mar, tomando un café que les dura una hora y un vaso de agua que tardan otra media hora en beber. Vistiendo ropa que una vez estuvo de moda y calzando zapatos que vivieron mejores épocas y anduvieron por los enmoquetados despachos de los notarios y por los suelos de mármol de algunos despachos financieros. Viven como lo que son y como lo que, en el fondo, siempre fueron: como mentirosos e intrusos. Fingiendo ser lo que hace años que la realidad demostró que no eran: profesionales de un sector complejo y con necesidades específicas de ciertas aptitudes de las que ellos carecen completamente. 
A veces, los escucho desde la mesa de al lado. Son una media docena, de los que cuatro son fijos en esa tertulia anclada en un pasado que, tal vez, fue glorioso para ellos alguna vez. Mienten continuamente. ¿Cómo van a decir la verdad? ¿Cómo van a hablar sobre la realidad de su vida cotidiana? ¿Cómo van a reconocer delante de los otros que hace tiempo que sus únicos ingresos provienen del paro o de las ayudas sociales y que, en realidad, en esas carpetas de tapas gastadas y gomas cedidas, no llevan esos grandes proyectos inmobiliarios o esos contratos de reserva de los que continuamente están hablando? Aquí, el primero que reconozca la verdad en público, o será expulsado de este tan poco selecto club, o directamente acabará con el mismo a golpe de realidad desnuda y dura.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué elegía al fracaso y a sus personajes.
Ácido artículo, pero real sin dudas.