sábado, 7 de junio de 2014

Antes.


Antes nos veíamos más a menudo. Antes, cuando éramos jóvenes y alocados, y creíamos que el futuro sería siempre patrimonio nuestro, que la vida jamás dejaría de ser esa maravillosa aventura llena de diversión y emociones. Eso era antes. Cuando los días siempre tenían un cielo azul y las noches siempre estaban llenas de vino y rosas, de sexo desenfrenado que disfrazábamos de amor apasionado para no infringir las reglas de una sociedad que decíamos venir a cambiar. Claro que eso ocurría antes. Cuando nuestros únicos miedos eran engordar, quedarnos calvos o envejecer sin cumplir las metas. Antes. Luego llegó la vida y todo cambió. Dejamos de vernos tan seguido. Llegó el matrimonio, con él los hijos, las responsabilidades y alguna irresponsabilidad también. Llegó el divorcio, nos repartimos los despojos del naufragio de los sueños, envejecimos, engordamos, y hasta muchos perdimos el pelo. Dejamos de vernos, punto.
Y luego, al cabo de los años, volvieron las llamadas.
Siempre del mismo amigo. Siempre con el mismo mensaje. ¿Cómo estás? ¡Qué barbaridad, el tiempo que hace que no hablamos! ¡Parece mentira, cómo somos! Oye, que Carlos, o Angelito, o Miguel, ha fallecido. Sí, ¡qué palo, tío! ¿Nos vemos todos a las 10 en el Tanatorio? Sólo cambiaba el nombre en cada ocasión. Sólo cambiaba la frecuencia de la llamada, cada vez mayor. Eso, y que todos cada vez éramos menos.
Esta semana, por mi cumpleaños, sonó el teléfono. Pero no, esta vez no eras tú. Esta vez fue tu nombre el que iba en el mensaje.
Todos morimos, ya lo sé. Lo hemos hablado mil veces ante mil copas en esas noches eternas de eterno insomnio. ¡Ya dormiremos cuando estemos muertos, joder! Decíamos brindando por la vida. Una vida que ambos sabíamos que se nos escapaba de entre los dedos, pero que nunca quisimos atrapar más allá de lo que dura esta copa, carajo, que mañana, sí es que existe, ya veremos cómo nos levantamos. Si es que nos levantamos. Mil veces juramos no rendirnos. ¿O fueron mil y una? No sé. Pocas fueron, amigo. Confieso que pierdo la memoria cuando bebo. Quizás por eso ese día no fui al tanatorio a las 10, porque preferí beber en tu memoria hasta perder yo la mía. Porque no quiero recordar. Pero sobre todo, porque no quiero pensar, como pensé cuando colgué el teléfono después de escuchar tu nombre pronunciado por esa otra voz que me emplazaba para despedirte, amigo, que ya quedamos pocos de aquel grupo de locos ilusos que una vez creímos que nos comeríamos el mundo sin despeinarnos, y que por necesidad el próximo en partir será uno de nosotros tres.
Y sabes, amigo, que a mi se me da muy mal dar noticias.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Durísimo relato, señor autor.