jueves, 19 de junio de 2014

Cosas de juegos.


Como para casi todos los niños de mi generación, la guerra para mi, sólo era un juego. Jugar con palos que simulaban ser fusiles, espadas o puñales, era mi diversión preferida. Aquella era una guerra de mentira, un juego maniqueo donde los buenos eran invencibles, cubiertos de sangre ajena e investidos de un valor propio que los convertía en héroes, y donde los malos eran unos seres abyectos, cobardes por definición, que huían en desbandada en plena batalla para no morir en ella.
Imitábamos las imágenes de la guerra de Vietnam que poblaban los telediarios de aquellos años o repetíamos hasta la saciedad lo que leíamos en Hazañas Bélicas, el cómic para niños, de moda por entonces, que nos contaba las heroicidades de los soldados aliados en la II Guerra Mundial.
En un país y una época donde el ir de uniforme era algo habitual y quien lo llevaba, poderoso y temido. ¿Qué niño no iba a querer ser de los que mandan?
Nadie nos enseñó que esa guerra de mentirijilla era un reflejo de aquella otra guerra, la de verdad. Y que en esas guerras de verdad las heroicidades no tenían cabida. Que lo que producían esas guerras era dolor, destrucción, odio y muerte.
Éramos niños y jugábamos a la guerra. Nadie nos hizo pensar en aquellos otros niños que morían en las otras, en las que la sangre no era de pega y el fuego quemaba de verdad. Llegábamos a casa sucios y derrengados, sudorosos y llenos de barro, a veces con la ropa rota, y en muchos casos con auténticos morados de las caídas, o de los golpes de aquellas espadas de mentira.
 Y además, éramos felices en nuestra inconsciencia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Antes jugábamos a la guerra, a polis y ladrones, a los vaqueros y los indios... Siempre reflejábamos la dicotomía vital del bien contra el mal. Aunque como usted dice, era algo maniqueo y "el mal" no resultara siempre tan maligno y "el bien" lo representara personajes no tan buenos en realidad.
Gracias por ponerle palabras tan bellas a nuestra infancia en blanco y negro.
Miguel Beltrán.

Jorge Muzam dijo...

Un abrazo afectuoso, querido amigo. Tal como tú, gustaba de jugar a esa guerra tierna que no hacía daño a nadie.