miércoles, 22 de octubre de 2014

El figurante.


A veces la nostalgia dejaba de ser ese territorio conocido, ese sofá cómodo con la huella de su trasero, y se convertía en una senda espinosa y oscura que debía recorrer a tientas con el temor continuo de tropezar a cada paso. 
Eran momentos en los que sabía que si quería sobrevivir a ese estado de  tristeza inexplicable, sí, pero que lo sumía en una profunda postración anímica de la que, ni podía, ni sabía, y mientras más pasara el tiempo, menos quería salir, la única medicina válida era huir. ¿Pero de quién y a dónde? ¿Dónde encontrar ese aire no viciado por recuerdos ni plagado de imágenes de un pasado que tal vez no fuera mejor pero que, ante la realidad tan hiriente de un presente odioso y odiado, se le antojaba el recuerdo dulce de la feliz Arcadia?
Siempre quiso ser el protagonista de eso que los demás llamaban la vida, su vida, pero nunca logró pasar de ser un espectador de la de los demás. Un mero comparsa de relleno en una obra de teatro en la que se sentía el figurante que permanecía sentado casi en sombras, detrás de la última mesa, mientras en el centro del escenario, bajo la potente luz de los focos y centrando todas las miradas, Don Juan Tenorio y Don Luis Mejías se retaban por el amor de Doña Inés.
Tanto tiempo sentado, tanto tiempo siendo espectador de la vida ajena, que se olvidó de vivir la suya propia.
Y ahora ya no sabía cómo hacerlo.

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