lunes, 20 de octubre de 2014

Personajes de mi barrio.


Todos lo conocemos como Manolito el de las luces. Si pasas por mi barrio lo puedes ver sentado en un banquito de piedra junto a la iglesia, con su camisa de cuadros abotonada hasta el cuello, da igual que sea verano o invierno, y con la cabeza cubierta por su gorra roja de visera.
Manolito tiene una edad indefinible. Tal vez le ayude esa cara de niño grande sin malicia que siempre ha tenido. Al menos yo lo recuerdo siempre así. O tal vez sea que simplemente es feliz. Aunque a nosotros, a los que nos hacemos llamar normales, nos cueste entender que esa felicidad radique en comer cada día, vestir limpio, llevar esa gorra roja de visera, y estar un montón de horas cada mañana sentado en ese banco avisando a los coches que pasan de que se han olvidado apagar las luces al salir del túnel que está en la entrada de mi barrio, camino hacia Arucas. Para él es como un deber sagrado. Una especie de sacerdocio al que se dedica con todas sus fuerzas y que le arranca una sonrisa de satisfacción del deber cumplido cada vez que un vehículo apaga las luces y toca el claxon para darle las gracias.
Nosotros, los del barrio, dejamos muchas veces las luces encendidas a intención sólo para que Manolito pueda avisarnos y así hacerlo feliz durante ese breve espacio de tiempo que se tarda en pasar delante de él.
Hoy he estado un buen rato mirándolo. Realmente es feliz. Y me pregunto si la felicidad estriba en eso: en encontrar algo que te llene y hacerlo con esa ilusión a diario. No me he podido resistir, he ido a casa, he cogido el coche y he dado una vuelta para poder pasar delante de él con las luces encendidas. Me avisó, las apagué, él fue feliz y yo me volví a mi casa un poco menos apenado.

2 comentarios:

SABINA dijo...

Sois buenas gente, las que dejais las luces encendidas.

Jesús Chamali dijo...

Nos hacen buena gente las miradas cariñosas de los amigos, Alba.
Besos y muchos cariños.