viernes, 21 de noviembre de 2014

La cocina de Tonita.


Hoy mi barrio tiene más aire de pueblo que nunca, con sus calles estrechas desiertas a media mañana, con el ladrillo solitario y triste de algún perro perdido que busca en vano quien le alivie esa soledad, y con el cacareo de algún gallo despistado que, ante la poca luz  y el mucho frío que nos han dejado estos días de tormenta, no sabe bien si es hora de cantar o de dormir.
Ni siquiera escucho el trajín de los calderos y el canturreo de coplas que me suele acompañar desde la ventana de la cocina de mi vecina de enfrente cuando, a solas en mi despacho, leo, escribo, o simplemente permanezco en silencio y relajado con los ojos cerrados. A veces, cierro el libro que tengo delante o dejo la pluma y la libreta donde escribo lo que se me va ocurriendo y me quedo absorto mirando los lomos de los libros que cubren las paredes del cuarto mientras empiezo a salivar con el aroma que sale de su cocina, un aroma a guiso rico. El olor de la auténtica comida casera, de la de antes, de la que ella, abuela y bisabuela, prepara con tanta alegría y amor, que es imposible que no huela a gloria bendita. 
No puede haber mejor poesía ni mejor manera de demostrar amor que cocinar así, cantando, disfrutando con el proceso y con la idea de ver felices a los nuestros al saborear lo que hacemos con nuestras manos.
Pero hoy no. 
Hoy, a pesar del frío y la lluvia he abierto mi ventana de par en par para oler y escuchar los ruidos y aromas de su cocina, pero  permaneció en silencio y con la luz apagada.
Tal vez ella, como el perro perdido que sigue ladrando lastimeramente, como el gallo despistado que sigue cantando tímidamente de vez en cuando mientras decide si callar del todo o arrancarse definitivamente, o como yo mismo, náufrago en mi propio mar de melancolía, estemos desorientados en este extraño otoño y estemos buceando en simas interiores donde normalmente solo nos atrevemos a mojar los pies.
O simplemente ocurra que ante la belleza oscura de esta mañana fría y lluviosa, ni a ella le apetezca cocinar ni a mi escribir, tan solo disfrutar de este momento.

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