lunes, 24 de noviembre de 2014

Y la memoria se hizo carne...


             Hoy te volví a ver. Fue por casualidad, pero eras tú. Estoy seguro de ello. No en vano llevo treinta y cinco años con tus ojos y tu sonrisa clavados en mi alma. Hoy no sonreías, pero esos ojos tuyos los hubiera reconocido en medio de cualquier multitud. Y hoy no nos rodeaba ninguna multitud, si acaso media docena de personas que, entre adormiladas y aburridas, despachaban su desayuno en aquella terraza. Eras tú. Estoy seguro. Y eso que hace veinte años que nos vimos por última vez. Aquel día yo luchaba contra el dolor que me producía que tú, mi primer gran amor, mi primera pasión, me usaras como confidente y no como amante. Sufría, sí, ¿no lo notabas? Era imposible no verlo. Era un milagro no darse cuenta de que, mientras tú me contabas tus cuitas de amor con él, yo palidecía y las manos me temblaban. Me temblaban tanto que tenía que esconderlas en los bolsillos del pantalón. ¿De verdad no lo viste?
             Veinte años pensándote, recreándote, de alguna manera hasta idealizándote, haciendo cualquier cosa que mantuviera vivo en mí tu recuerdo. Claro que te confieso que no fue un gran esfuerzo. Veinte años. Dice el tango que veinte años no es nada, pero, ¿sabes?, es mentira. El tiempo te ha tratado mejor a ti a que a mi. Desde luego que ya no eres esa chica joven y alocada que yo conocí, pero te has convertido en una mujer con porte elegante y aún conservas esa sensualidad que siempre ha tenido cada gesto tuyo. Lo pude comprobar hoy al verte comer tu bocadillito de jamón a la catalana, y hasta el gesto de remover el azúcar de tu café, así, pausadamente, casi con desdén, desbordaba sensualidad. Sí, eras tú. 
             Me lo pensé mientras te observaba de lejos pero al final no pude contener el impulso y me senté en la misma terraza en la que tú estabas. Nos separaban cuatro metros, nada más. Cuatro metros y veinte años. Me miraste pero no me reconociste. O tal vez simplemente es que ya no me recuerdas. ¿A santo de qué lo ibas a hacer? El enamorado era yo, no tú.  En un momento dado nuestras miradas se quedaron enganchadas. Lo cierto es que creí que me ibas a saludar en ese momento, pero sólo pusiste un gesto de fastidio y seguiste comiendo. Tus ojos seguían azules y hermosos, pero ya no parecían de cielo sino de hielo. Pagué y me fui sin terminar mi café. Los mitos no deben hacerse carne nunca, así siempre podrán mantenerse vivos en nuestros recuerdos. Te miré cuando me iba, mientras la escalera mecánica me acercaba a la puerta. Fue entonces cuando me di cuenta de que, tal vez, a pesar de todo, finalmente, aquella no fueras tú.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Cuánto amor y romanticismo en este relato! Es extraño en usted, Chamali.

Anna Defilló.